21 set. 2016

¿Juan Marsé fué pregonero de la Mercè?




Este texto apareció en este mismo blog en 2012. Por entonces yo todavía no era capaz de intuir hacia dónde nos iba a llevar el asunto del soberanismo catalán (luego "procesismo") pero ya me olía mal. Escribí un elogio de Marsé porqué le debo mucho a Marsé en mi formación como amante de las letras, lector y finalmente autor de algunas novelitas. Siento por él algo parecido a lo que siento por Javier Pérez Andújar: sus palabras son palabras inteligentes, bien escritas, palabras que cuentan y que dicen, que te acompañan y te enseñan y te aprenden. Palabras que suenan ahí, a mi lado. Sus textos cuentan cual es mi país y cual es mi historia.

Yo vengo de una familia que perdió la guerra. Y con ella perdió vidas, patrimonio, casas, negocios. Yo perdí la guerra y la ganaron ellos. Mi familia fue una familia pobre por varios motivos, uno de los cuales es la guerra que ganaron los señoritos que ahora están en el gobierno de Cataluña y en el de España. Esos que ahora me cuentan qué es la democracia y qué es Cataluña. El asunto de los catalanes pobres es algo que hay que escribir algún día.

Yo no soy de esos. Jo no sóc dels vostres.

Ecribí ese texto (el que sigue más abajo del asterisco) releyendo "Últimas tardes con Teresa", que es, quizás, la mejor novela sobre la Barcelona de la postguerra. Con permiso de Carmen Laforet y su "Nada". Nada se ha escrito en catalán que nos explique mejor. Por el momento. Mis referencias literarias están escritas en castellano, y eso es algo que puede ser casual o no. A mi me parece que no.

Y hoy, viendo el lío que montan los del proceso soberanista a propósito del pregón de las fiestas de la Mercè a cargo de mi admirado Javier Pérez, creo que es un buen día para reeditar mi homenaje a Marsé y preguntarme como puede ser que Marsé no fuese jamás pregonero. ¿Se lo propusieron y lo rechazó?

*  

Domingo, la una y pico del mediodía. El aire se calienta bajo los nubarrones, entre las nubes y el suelo cansado y polvoriento. Juan Marsé llega al calor sofocante el merendero metido en el maletero de un coche y luego lo deposito con más o menos cuidado encima de una mesa de hormigón, pintada de verde césped. A escasos metros, las barbacoas arden. Churrasco, costillas, matambre, llonganissa, pollo, conejo, pinchos morunos: la carne se cuece deprisa, en pequeños infiernos de alquiler por horas y llena el aire de olor acre, de humo blanco que se pega a la ropa y al pelo.

Hay griterío, botellas de champán barato que estallan, latas de cerveza del Lidl rodando por el suelo. Mocosos que celebran su tercer cumpleaños vestidos con camisetas de futboleros de hace cuatro años. Aquí, un poco más abajo, suena el cd de un Volkswagen Golf con las puertas abiertas, que se confunde con el rumor de la radio en el chiringuito de los helados. El encargado se afana en recoger parrillas, pasarles un cepillo de púas metálicas y alquilarlo de nuevo: parrilla más leña más alquiler de la mesa son quince euros y la tarde es tuya, de arriba a abajo. Creo que aún no lo había dicho: Juan Marsé y yo estamos en el merendero de Les Planes.


Contemplo a Juan Marsé tumbado encima de la mesa, justo al lado de la botella de vino. Las imágenes a veces se mezclan en el sopor, la luz excesiva de junio, el rumor de las cigarras. Mi madre nos traía, a mi hermano y a mi, de pequeños. Creo que era por las tardes, seguramente los sábados o cualquier día de la semana, si era verano. Me pregunto por dónde andaría mi padre. ¿Trabajando? Me sucede a menudo: tengo muchos recuerdos en que estamos los tres, y él no está. La verdad es que en el recuerdo no consta que le echara de menos. Ni yo ni mi hermano, aunque no sé qué pensaría ella. Bueno, todo eso ya pasó.


Sentado en Les Planes me doy cuenta de que ese hombre me explica muy bien qué demonios es Barcelona, y que sin él la imagen sería incompleta. Me refiero a sus libros, claro está. Y lo que me gusta, sobretodo, es esa mala leche literaturizada que desprende. La mirada sobre la ciudad desde la altura del Monte Carmelo en Últimas tardes con Teresa es oscura, desarraigada. La ciudad está cerca pero lejos. Los señoritos se fueron de sus casitas con jardín en cuánto vieron acercarse las oleadas de barracas que estropeaban sus tardes de veraneo.

Me divierto enormemente con esa novela, y con sus rincones discretamente ocultos. La descripción de Oriol Serrat, el padre de Teresa es apabullante:
guardaba todavía restos de una belleza viril que estuvo de moda en los años treinta, una especie de versión catalana y débil de Warner Baxter. Un aire incierto de alférez provisional flotaba a veces en su rostro y le incluía por méritos estrictamente estéticos en este benemérito montón de pulcros y anónimos maduros, todos iguales, que se diría han querido eternizar su juvenil adhesión a la victoria con el fino, coqueto, bien cuidado y curiosamente recortado bigote ibérico.
-Juan, Juan... -le murmuro- A ti no te odian los catalanitos por escribir en castellano. No te tragan porqué les pusiste un espejo ante su cara y les dijiste lo que son: señoritos ridículos y encima eso: adheridos a la victoria de su caudillo.

Juan no responde. Un hilo de aire, cargado de olores cárnicos y de fuego, le levanta la portada y pasa una páginas dulcemente.
Cuando ya subían por la carretera del Carmelo, Teresa miró la mano vendada del chico y volvió a preguntar:
-¿Te duele?
Estas vez, el Pijoaparte no pudo contenerse:
-Sí, ahora empieza.
Me acuerdo de una frase de Juan en un texto en donde se describe a sí mismo. También como si no pudiera contenerse muestra un rastro de dolor antiguo.
Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera y un relámpago negro en el corazón y en la memoria.
Ahora, a lo mejor, me pondría a divagar sobre el dolor y las letras, sobre si es posible escribir sin haber sufrido y todas esas cosas. Me tumbo en la banqueta de piedra del merendero y miro las nubes grises que desfilan atropelladas y refulgentes, cargadas de agua turbia y electricidad. Me gustaría no haber nacido en Cataluña, me viene a la mente.


Me siento bien aquí, sintiendo esa tristeza enorme y también esa feliz levedad. Sin hacer nada, malgastando todo ese enjambre de vísceras y neuronas, sinapsis, azares, casualidades, errores y aciertos de pura churra que me han traído hasta aquí. Pienso en los miles de millones años de evolución de la vida en la tierra, de evolución de la especie humana. Todo para llegar a un tipo tumbado en un merendero, contemplando el paso de las nubes. Creo que quién fuese nos puso aquí sólo para contarlo. De modo que, a fin de cuentas, quizás soy el hombre más feliz y más completo del planeta: yacente y con un libro al lado.

Para los amantes de la música es una suerte haber nacido después de Bach. Para los de la literatura catalana, después de Juan Marsé y de Javier Pérez Andújar.

19 set. 2016

El bufó i el boicot

Resultat d'imatges de toni alba festes merce


De fet, m'hagués agradat molt més no saber que existeix un bufó que organitza boicots (remunerats) a un escriptor. És un dels problemes que té viure a l'anomenada "societat de la informació". Perquè mentre que l'obra de Javier Pérez Andújar m'emociona i m'acompanya, la del bufó la trobo prescindible.

El bufó és un clown, un pallasso. El terme se sol aplicar als pallassos que entretenien els monarques i els senyors feudals en temps medievals. Deriva del terme "buffon", francès. Shakespeare va usar aquesta figura en diversos textos, perquè és un personatge que dóna molt de joc: el bufó es podia permetre dir les veritats a la cara de l'amo, cantar-li la canya. Sempre que ho fes en clau còmica. En "Rigoletto", a l'òpera basada en un text de Victor Hugo, és un bufó geperut però digne, i acaba molt malament. En Falstaff també és un bufó que acaba força malauradament, i té menys dignitat que en Rigoletto.

En versió catalana, el bufó és una altra mena de servidor del poder. Hom diria que es tracta d'una perversió del terme, ja que el bufó concret al qual em refereixo i que m'ha dut a escriure està lliurat a complaure l'amo i a riure-li les gràcies. En la seva voluntat de servei al poderós hi esmerça totes les energies. Ho dic encara perplexe, després de veure l'argument d'una astracanada que la premsa explica aquests dies: hi ha un bufó català que ha organitzat un boicot a un escriptor, també català. El motiu del boicot és força previsible: el bufó és un gran sobiranista i l'escriptor, no. El bufó treballa a Tv3 i no vol perdre la feina, i per això se les empesca totes. Demostra una vegada i una altra la seva indestructible afecció al règim, amb una convicció i una militància tan emblemàtica i tan exagerada que hom dubta de la sinceritat o de l'equilibri mental del bufó. Però suposo que aquest bufó català coneix bé l'amo, i sap que a l'amo li agrada ser servit així, servilment. I, sobretot, ser adulat.

L'amo podria ser el senyor Puigdemont, fill de pastissers osonencs i carlins. O el seu sòssies Artur Mas. O Jordi Pujol i Soley, o el senyor Espar i Ticó. O qualsevol dels molts senyorets que han mantingut el país genuflexe i culé, adorant el mite de la caseta i l'hortet. L'amo es perd en la tenebra del temps però ens sotmet agenollats i obedients. El país és de l'amo i els seus còmics també són seus. Per això són els còmics del país, per això són a Tv3.

Abans he dit "el bufó ha organitzat un boicot" però això no és ben bé cert. Cal matisar-ho i analitzar la seqüència. El bufó va proposar anar a xiular l'escriptor, que ha de fer de pregoner en una festa major local. La idea del boicot és posterior i potser no n'és l'autor material, si no tan sols una mena d'autor intel·lectual. Però la cosa no acaba aquí. Finalment, el bufó ha trobat prou mecenes perquè li paguin un contra-pregó. I suposo que la gràcia de tot plegat estarà en fer números i veure a quins dels dos actes hi ha hagut més públic. Ciutadans o súbdits. En aquest país no ens en sortim de construir identitats a costa de recomptes de bons i dolents: des de petits ens fan triar entre el papa i la mama, el Barça i l'Espanyol, Coca-cola o Pepsi.

Quan jo era més jove ja existien els boicots. Quan una empresa acomiadava treballadors, es proposava al ciutadà boicotejar l'empresa, i el boicot consistia en no ser-ne client. Eren boicots organitzats des de baix, per sindicats o grups polítics generalment rebels. El que encara no havia vist mai és un boicot organitzat des de dalt, amb l'aquiescència del poder, el beneplàcit de la señorita de mierda Pilar Rahola i mecenejat per grups empresarials tan desagradables com els del petroli o els vins. (Un motiu més per comprar el vi a la bodega del barri).

Un boicot (a un escriptor!) organitzat des de dalt és un boicot que no fa gens de gràcia. És un boicot temible. Per més que sigui un bufó qui l'hagi induït, això del boicot per complaure els poderosos és terriblement lleig. I fa por: a Munich hi va haver un boicot contra els comerciants jueus. "No compris a les botigues dels jueus", deien. També era un boicot organitzat des de dalt, per grups afins al poder.

Deprés van decidir trencar-los els aparadors. Després, cremar-los les botigues.

Finalment, van decidir exterminar-los.

Als patis de les escoles hi ha nens petits que juguen a pegar-se i, generalment, el joc acaba a plantofades de veritat, amb plors i disgustos. Sabem més o menys com comencen les coses, però ni els millors endevins de la història no han sabut anticipar com acaben. La història, en canvi (l'experiència) ens adverteix d'aquesta mena de començaments enjogassats que acaben en desastre.

Expliquen que el bufó farà un numeret còmic en què apareixerà disfressat de reietó espanyol. Ja és ben estrany, el sentit de l'humor del sobiranisme català: o bé és completament absent o bé sembla un acte fallit dels que explicava Freud. Desitgen els sobiranistes catalans retre vassallatge a un rei-bufó? El seu sentit de l'independentisme és passar de ciutadans a súbdits, tot fent una conyeta catalana? Què en diria, en J.G. Frazer?

Algú dirà que no n'hi ha per tant, i que al capdavall l'independentisme és més folklore que no res. Però hi ha una colla de cosetes que no fan gens de gràcia, i la brometa del bufó i el seu boicot n'és una. Jo, de fet, també penso que l'independentisme és un joc que ningú no es pren seriosament (tret de les xicotes de la CUP, potser -i només potser). Però darrere la "revolució dels somriures" cada cop hi ha més somriures de hiena, potser perquè hi ha calers a guanyar o a perdre. I negocis, chanchullos, llocs de treball, oportunitats. És molt probable que, sense crisi ni Rajoy, aquest independentisme actual no hagués existit mai.

L'opotunisme del bufó complaent amb l'amo que proposa boicotejar un escriptor perquè no pensa com ell només hi afegeix una mica de merda. Potser no passa res o potser obre la caixa de Pandora.


13 set. 2016

Ser català és fatigós


¡Qué dificil es hacer el amor en un Simca 1000!
Cançó Popular


Quan era molt jove algú em va dir que per ser català calia exercir-ne a més a més de ser-ne. Em va sonar com una maledicció, els termes de la qual he tardat dècades en comprendre bé, en copsar quin terrible abast tenien.

Potser perquè intuïa el sentit calamitós de "ser català", des de fa molts anys vaig optar per una forma desdibuixada de catalanitat: sóc feliçment bilingüe (el futur de la llengua catalana no m'interessa gens) i tinc un zero en patriotisme, simpatitzo amb els botiflers del món i m'aturo a pixar al peu dels arbres que presenten tres branques, tant si són pins com fajos o plataners. Proclamo -si s'escau- que Vargas Llosa és més bon escriptor que Baltasar Porcel i que els meus novel·listes catalans predilectes són Juan Marsé i Javier Pérez Andújar. I que m'agrada més en Miguel Poveda que en Gerard Quintana. Tot això ho faig per si de cas, preventivament, per evitar que algú pensi que, a més a més de ser català, n'exerceixo.

El meu exercici de catalanitat nul·la, però, no m'estalvia de ser una mica de la verge del puny ni d'estimar el vi de Gandesa, ni d'emocionar-me quan passejo pels escenaris de la infantesa. Ni d'agafar solemnes emprenyades. Sobretot en els darrers anys. Abans només m'enfadava amb el clan Pujol i amb el Consorci per a la Normalització Lingüística. I ocasionalment amb Òmnium Cultural. En els darrers quatre anys -per arrodonir-, ser català em torna a fer anar de corcoll. Aviat no en tindré prou amb no exercir-ne: tal vegada ho hauré de deixar de ser si és que vull viure en pau. Però... com es deixa de ser català?

Mentre ho medito he decidit que cal prendre una primera determinació. Una determinació urgent: no informar-me més de què fan ni de què diuen els catalans. Parlo de la premsa catalana i dels seus òrgans oficials. Qui diu oficials diu subvencionats pel règim català.

Quan jo era petit em semblava que ser espanyol era penós. Especialment per setmana santa, quan els canals de TV retransmetien misses i només misses. Ara ho he reviscut, veient com els canals de la TV oficial (els públics!) retransmetien desfilades i només desfilades. I ho feien joiosament i participant-hi, sense cap ànim d'informar: tan sols propaganda

A través d'aquests òrgans m'he assabentat que un bon nombre de catalans, tips de problemes, han resolt que la millor manera de resoldre'ls és separant-se d'Espanya. No sé quin raonament hi ha al darrere, però jo diria que, de moment, voler-se independenditzar du una colla de problemes nous i no permet resoldre els vells. Es veu que diuen que Espanya és irreformable, i que és millor anar-se'n. Ningú no els deu haver explicat que anar-se'n és una forma de reformar-la. Potser la més difícil. Ningú no els els ha dit que dividir és com multiplicar però del revés: molt més complicat. Diuen que per fer una truita cal trencar els ous però s'obliden que de truites només se'n coneixen dues: la francesa i l'espanyola.

També he descobert que rere els motius per la independència hi ha una Catalunya mitificada que sorgeix de la ignorància o d'una lectura boletaire de "El senyor dels anells". Em sorprèn veure que hi ha un independentisme d'esquerres, que no recorda que el nacionalisme és una ressaca de romanticisme quan la burgesia s'empatxa de romanticisme. "Catalunya comtat gran", diu aquell himne esgarrifós. Qui vol el senyor Comte?

Tot això és fatigós. Volent ser optimista penso que allò que cansa no és ser del lloc on s'ha nascut si no sentir dir que se n'està orgullós. Allò que cansa és viure entre nacionalistes que es creuen més catalans que vós, que em volen explicar la història del revés i que pretenen solucions feixugues, mitològiques o d'un romanticisme ranci. I que fan desfilades amb símbols estranys i samarretes de cotó dolent, i que criden "a punt!" com minyons escoltes desesperats, els seguidors del Virolai Vivent.

M'agrada tant ser català com tenir dues orelles i un nas. És allò que m'ha tocat. Però tal com no faig banderes de tenir dues orelles, tampoc no en faig de ser català, que prou pena tenim en aquesta banda del sud d'Europa més aviat polsegosa i atrassada, quixotesca i beata.

Als independentistes els planyo, en realitat. I per això els dedico aquesta cançó magnífica d'en Pau Riba, en la versió de la Maria del Mar Bonet:

9 set. 2016

Forcadell i Puigdemont al laberint folklòric

Resultat d'imatges de carme forcadell puigdemont
Forcadell i Puigdemont al Palau, fent ostentació de la seva proverbial malaptesa en el vestuari

Qui m'ho havia de dir, que un dia li reconeixeria una certa dignitat a l'Artur Mas. Mas, que és el polític més malèvol a qui li hem pagat la nòmina, va sentir una mena de crida de la responsabilitat pública en comptades ocasions i per això no va anar a desfilar els 11 de setembre mentre feia de president. Un inesperat Pepet Grill li va xiular a l'orella que el representant públic té algunes servituds i que el càrrec l'obligava a mantenir-se al marge. I, cosa estranya, se'l va escoltar.

Però els anys han passat, i després de festejar la sortida de Mas ara toca lamentar que el nou president, previ augment del salari, hagi decidit que el president de tots fa de president d'uns quants i desfila pels carrers rere la bandera d'una minoria més aviat etnicista. Ídem per a Forcadell, que no acaba de comprendre qui li paga el sou ni perquè.

Es pot discutir molt sobre la qualitat de la democràcia a Espanya, tal com sobre la qualitat de la seva sanitat pública o del seu sistema d'educació pública, per exemple. Tot plegat presenta dèficits enormes i és molt probable que calgui defensar-ho amb totes les eines possibles i treballar-hi a fons. I també és obvi que cal superar l'Estat sorgit de la lamentable "transició". Però és la mateixa transició que va crear les autonomies i els càrrecs com ara aquest, de Presidenta del Parlament autonòmic. Qui no vulgui pols que no vagi a l'era.

Puigdemont justifica la presència a la manifestació del proper 11S amb els balbucejos osonencs i col·loquials habituals, i amb els quatre eslògans amb què sol presentar els seus arguments: som a la recta final, etc. És possible pensar que va a la mani per prevenir o per evitar l'imminent pam-pam al culet que li podria ventar la CUP, que aviat l'avaluarà en públic.

Però és Forcadell qui més parla de democràcia quan justifica la seva actitud, talment com si visqués en una dictadura llatinoamericana dels 70 i fos una lluitadora pels valors democràtics. Tot allò que explica és una estranya paradoxa: Forcadell no recorda que ocupa un càrrec públic, i que seu càrrec l'ha obtingut perquè el preveu una Constitució. Es pot acceptar el càrrec que t'ofereix un marc legal i alhora negar el mateix marc legal? Vet aquí una bona pregunta filosòfica. Dit d'una altra manera: Forcadell sap que ocupa un càrrec de l'Estat, que és Espanya. I a final de mes s'ingressa el sou sense fer escarafalls. Però quan l'estat està distret, diu que no cal obeir-lo, que cal desafiar-lo i jugar-se-la. Forcadell obliga els filòsofs a pensar: va a l'era i no vol pols. Accepta un càrrec de l'estat i no reconeix l'Estat.

A un nen de 6 anys li van dir que podia menjar pizza Carbonara del Dr. Oetker un cop per setmana. Va calcular que el mes té quatre setmanes i la primera setmana va exigir menjar pizza carbonara quatre dies seguits, que eren totes les del mes. La setmana següent, tot fent-se l'orni, va demanar la pizza de la setmana, la que la llei li permetia. Quan li ho van negar va reclamar la intervenció d'un tribunal internacional: el tribunal de la seva àvia, la que viu a Camprodon. Jugar amb les lleis és quelcom que aprenem a fer de petits. Que li ho preguntin al petit dels Pujol, que d'això en sabia un munt.

Si Forcadell renegués de l'Estat que menysprea, dimitiria i renegaria del càrrec i del sou. D'això se'n diu coherència. I del seu contrari se'n diu folklore. Folklore és allò que practiquen la Isabel Pantoja i José Ortega Cano, en d'altres disciplines. De vegades els folklòrics passen per la cangrí, cal dir-ho, perquè tenen una tendència indòmita a passar-se les lleis pel folre, com si la feina ja s'ho dugués.

L'actitud de Forcadell i de Puigdemont desprèn una insuportable fortor de folklore i de cara dura, a banda de què ens envien un missatge inesperat des de les altes esferes del poder autonòmic: no cal obeir les lleis. Fa uns anys, en Bonaventura Durruti ens va convidar a rebentar l'estat i les seves lleis. Però el pobre Durruti ho feia vestit de milicià de la FAI i jugant-se la pell, sense sospitar que el 2016 farien això mateix els representants d'un partit d'aquella burgesia que ell combatia (a trets, per cert).

Ara vostè imagini's que porta el seu fill a l'escola pública del barri i que el mestre (que percep un sou públic d'aquest Estat) li endinya el curriculum escolar de Bòsnia perquè ha decidit desafiar les lleis d'aquí. Quan la directora del centre el reprèn, ell respòn que està fent un exercici d'alta democràcia i que l'empara un fantàstic dret a decidir (que em trec un conill del barret). Imagini's, també, que a final de mes el mestre s'ingressa el sou espanyol i no el bosni. Vostè pensaria que, al seu fill, li ha tocat un mestre barrut. O un catxondo aficionat al folklore que tan sols pretenia sortir a les notícies i anar fent bullir l'olla.

Aquest laberint està construït amb una mescla de vanitat, irresponsabilitat i molta cara dura. El més còmic és que l'han construït ells mateixos i, no obstant això, no en troben la sortida. De moment, desfilen.

6 set. 2016

L'attesa di Juliette Binoche


Resultat d'imatges de l'attesa filmaffinity

Fer-se gran com Juliette Binoche. Els qui som de per allà aprop de la seva anyada sentim això quan la veiem altre cop a la pantalla i com més gran és la pantalla, millor. Vull dir al cinema de veritat. Veure-la plorar a la pantalla gran, vet aquí el regal que ens fa la Juliette, que de jove treballava de caixera en un supermercat de París. L'estimo, en part, perquè la Juliette mai no ha deixat de ser l'actriu de classe obrera que fou. Una actriu per als pobres com al Code Inconnu d'en Haneke?

No tan sols l'estimo si no que sé plorar amb ella. Ho acabo de confirmar. A l'escena del clímax de "L'attesa", vista un dilluns al cinema Verdi, que és el dia de l'entrada a 4,9 euros. La processó dels natzarens encaputxats per les escales del poblet sicilià en el dia de l'entrada apta per als pobres. No hi ha cap nu més radical que el dels rostres en primer pla, i per això ella du el rostre descobert entre els encaputxats.

Convertida en una Mare de Déu incapaç de suportar la mort del fill, Binoche esdevé una mare de Crist creïble. Les referències cristianes són infinites i el film és una cinta mística, un apropament a la Passió que revisa i amplia els marges que ja havien qüestionat Tarkovsy o Pasolini. Un film barroc que m'ha fet pensar en Rembrandt i en l'Odd Nerdrum, el pintor noruec que pinta com Rembrandt al segle XXI. Vaig plorar al cinema per uns quants motius i uns d'ells són aquests.

La cinta arriba firmada per la direcció de Piero Messina i avalada pels precedents de "La gran bellesa" i "Joventut", que són les cintes on s'amaga el cinema del segle XXI quan el cinema vol ser art. Barroca, espessa, sublim, metafòrica: una mare de Déu embolicada en plàstics negres i sense rostre, de la qual només se sap que prega a un Déu cruel que, paradoxalment, és el seu fill. El fill que regna en un món cruel, indiferent, salvatge. Per això la Mare de Déu avança pel paisatge negre i estèril dels residus volcànics de Sicília. No hi ha pietat i el perdó depèn de nosaltres, però nosaltres estem abocats a jutjar-nos els uns als altres.

L'attesa és una cinta hipnòtica que cadascú pot veure i pot plorar com vulgui. Per més barroca que sigui diu coses de veritat. Que només ens tenim els uns als altres i que no obstant juguem i ens fem mal en el joc, i que l'amor és una cosa rara com un accident nocturn, que la vida també és un accident i que el reflexe del cel al llac és com el cel però no ben bé el mateix. Simulem la vida mentre la vida fuig, de nit, i només ens en queden rastres electrònics gravats al contestador del telèfon. I diu que el miracle és allò que esperem, tal com explica en Leonard Cohen a "Waiting for the Miracle to come", en una escena que sembla un video-clip on es resumeix la vida, tan rara. Tan fàcil però tan rara.

M'agrada molt la Juliette Binoche que fa de Mare de Déu maldestra i quasi pèrfida en la seva lluita inútil contra la idea de la mort del fill -que és la seva- mentre ofrena el xai marinat de vi negre i mediterrani i prova de recordar quan ella fou una dona desitjada, la recerca de l'Eros amagat en la figura del vell criat, una mena de Yahvé disminuït, peça trencadissa d'una trinitat que es descompòn.

No sé pas perquè, he pensat en una cançó d'en Vincent Delerm: