15 de nov. 2017

Buenos días, soledad


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Querido amigo,

Creo que cuando nos reconocemos pobres y cobardes -humanos y nada más que pobres humanos- es cuando nos comprendemos; creo que me reconozco a mi en la fragilidad tuya.

Así yo, luego de varios años de tener pesadillas con Maricarmen Forcadell, de repente la siento casi casi próxima. En su cobardía y en su soledad. Incluso ese hombre, ese pobre Carles Puigdemont al que llegaron a llamarle Muy Honorable y hoy nada, me parece ahora un pobre hombre al que podría abrazarle con un abrazo de consuelo. Eres un pobre diablo, Carlitos. Como yo. Por fin. Por fin un atisbo de cobardía después de tanta valentía, después de tanto (y tan ridículo) "ni un paso atrás".

Buenos días a la soledad del cobarde, del dudoso, del agnóstico, del tibio, del equidistante. Buenos días, soledad del catalán que se creyó almogávar, guerrero celta, tártaro, aqueo en el sitio de Troya, soldado de Gengis Kahn, Luke Skywalker, Tortuga Ninja, Rosa Parks, Mandela. No eres más que un catalán, uno del montón, cobarde y laborioso, gris. Gente de orden. Quizás tu padre y/o tu abuelo aplaudieron a Franco en enero de 1939, por cobardía y por lo del orden. En la lista de los muertos que defendían Cataluña -lo que quedaba de la España republicana- en el Ebro, en noviembre del 38, hay pocos apellidos catalanes. Consúltalo por si acaso, pero ya lo sabes.

Buenos días, soledad. Bienvenidos a la cobardía y la soledad. Los más cerriles convierten la cobardía de Maricarmen Forcadell en gesto patriótico, en no se qué estrategia, en inteligencia, en quiebro astuto. No. Solo hay la cobardía. La que nos hermana, por fin, después de tanto desparpajo, de tanto Braveheart con barretina. Dicen: es humano que alguien se retracte ante un juez que le amenaza con 30 años de talego. Por supuesto que lo es: es lo que yo haría, y eso que yo jamás me las he dado de valiente. 30 años de talego son muchos. Maricarmen ha hecho lo normal. Me guardo una pregunta: si cuando Maricarmen se retracta es humana ¿qué era cuando juraba que "ni un paso atrás, no tenemos miedo"? Bueno, esa parte voy a obviarla: hacerse el gallito es bastante fácil. Más aún cuando tienes detrás a una multitud abanderada que grita sin cesar: "tírate por la ventana si tienes huevos".

La historia de Cataluña no es una historia de valientes. Lo sabes bien. La catalana no es una historia de hazañas bélicas. La cosa ya empezó muy mal con el rey Pedro, el padre de Jaime I, y su ridícula batalla perdida sin presentarse a ella, y siguió mal con multitud de ejemplos. Ahí está la cobardía legendaria de Rafael de Casanova, el cobarde metamorfoseado en héroe por una comunidad acomplejada: solo una comunidad acomplejada podría adorar la Sagrada Familia de Gaudí, ese horrendo monumento al complejo de inferioridad. Deberíamos haberle contado la historia de Cataluña a Jorge Luis (Borges), creo que habría escrito un buen relato sobre héroes, traidores y cobardes, ensoñaciones y debilidades. Por cierto: estoy por releer el Ernesto Sábato de "Sobre héroes y tumbas". Tu ya sabes.

Es cuando somos humanos que nos comprendemos. Creo que me repito, ¿verdad? En la retractación del cobarde, en el miedo ante un calabozo demasiado profundo, demasiado pavoroso. En el miedo a la pobreza que rezuma Artur Mas por cada poro de su piel cuidada, el que llevó vida de rico des de la cuna, en el terror (incomprendido) de Santiago Vila, aprendiz de Macron ibérico, cuando cierran las luces de la segunda galería y de repente parece vagamente humano a pesar de su lacerante ultraliberalismo autoritario, en el pánico medio oculto o mal disimulado en Puigdemont cuando concede que "hay otras vías para Cataluña aparte de la independencia", viéndose solo y humano, terriblemente humano ante el frío brutal que se abate sobre Bruselas, en donde el invierno avanza sin la clemencia mediterránea, solo ante la ola de olvido que se levanta, oscura e inclemente, presta a abatirle. Se me ocurrió pensar en las tropas de Felipe II en Flandes, en los soldados rasos que iban acojonados a la guerra en tan triste lugar.

[Cuentan que Vila se pasó las horas nocturnas del presidio mirando las manecillas de su reloj y sin pegar ojo, y digo yo que las manecillas de su peluco deben ser fosforescentes además de carísimas, aunque la fosforescencia sea poco elegante y por lo tanto inapropiada en tan selecta muñeca].

Todos nos comprendemos ahora, en la cobardía. Nos empezamos a comprender. Unos dicen que lo de la independencia solo era una broma, pero ya sabes no era una broma: un acto es de broma cuando nos reímos los dos, pero en tu acto solo te reíste tu, que me llamaste facha y españolista por no reírme contigo. Ahora si te entiendo, sin embargo: cuando te veo abatido. Tanto como yo. Tan triste y solo como yo. ¿Era para nada, todo eso? ¿Eran para nada los cinco años de épica y camisetas amarillas a 15 euros, y las embajadas? ¿Era para nada todo el discurso de las urnas? ¿Era para nada que me mandaste a votar en un referéndum imposible y ofrecí mi crisma para que me la rompieran a mayor gloria tuya?. Y las parrafadas sobre la dignidad, ¿qué eran?

Pues si, todo era para nada: como todo en la vida de los humanos.

A lo mejor a partir de ahora nos volvemos a entender y nos hablamos de nuevo. Sabiéndonos solos y cobardes. A lo mejor -ahora sí- a partir de aquí construimos algo entre todos.

9 de nov. 2017

El niño perdido en Bruselas

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A lo largo de los años, trabajando en la docencia, uno conoce a un montón de personas. Son personas (personitas, en mi caso, ya que trabajo en la educación primaria) que algún día pueden llegar a algo. Es más: uno siempre sueña en eso, en que alguno llegue a algo y que, en la fragua de ese algo su maestro haya tenido algo que ver. Uno siempre espera sembrar algo, dejar una huella. Es el sueño (legítimo pero tan egocéntrico como audaz) de los maestros.

Cuando uno trabaja en la docencia le sucede algo muy raro: eres cada año un año más viejo pero las personitas tienen siempre la misma edad. Ese fenómeno, mal llevado, podría conducir a trastornos severos y a caer en la conspiranoia o en la depresión aguda.

Hoy he leído los recuerdos que, de Carles Puigdemont, tiene un antiguo profesor suyo. Dice de él: que era un alumno discreto, buena persona y gris. Que no le sorprendió que Carles dejase la carrera sin terminar y que, sin embargo, si le sorprendió mucho que llegase a alcalde de pueblo. Ni falta que hace contar cuánto se sorprendió, el profesor, cuando supo que Carles llegó a la más alta cota de poder político de su región, esa dolorosa Cataluña que, cuando se pregunta si es nación, se responde por bulerías y ahora por bruselerías.

Veo al antiguo alumno gris paseándose por Bruselas a medida que el otoño se trasviste de invierno, y le veo cada vez más pequeño: eso lo hace el frío. Lo se porqué Carles y yo tenemos casi la misma edad y me conozco lo que hace la llegada del frío en el cuerpo, en esa edad. Cada vez me resulta más fácil imaginarlo jovencito, despreocupado, buena persona, como cuando iba a las clases de filología. No resulta nada complicado descubrir el titubeo apenas oculto en el cuerpo dentro del capote negro, la sonrisa medio rota, la chispa que periclita en su mirada, el cansancio en cada frase que pronuncia, con una fe en la solemnidad y la rimbombancia cada día más ajada, más dañada. No resulta nada dificil ver al niño que fue, ver al jovencito aquel, el que debía esforzarse en las notas escolares, testarudo, quizás con secretas veleidades de poeta. Si: estoy seguro de que Carles quiso ser poeta nacional antes de querer ser autoridad regional.

Un periodista que conoció a Carles, recién llegado a Gerona des de su pueblecito, cuenta lo que recuerda de él: que era un joven solitario, y le recuerda precisamente así, solo y acodado en la barra de un local que estaba de moda por entonces, el Boomerang. En sus discursos hay un intento de lírica bien domesticado y, de esa lírica, Carles deja rastros leves, indicios solo perceptibles para un arqueólogo del lirismo catalán. Eso se lo aplaudo, porqué tanto él como yo sabemos que el lirismo es pecado. Más aún cuando se aplica al patriotismo, ya que en ese caso uno puede caer en un ridículo ñoño e insufrible. Hay un poeta triste dentro del niño que quería ser filológo y se perdió en un laberinto de poder, leyes, abogados, periodistas astutos. El niño que quiso ser poeta es cada día más visible tras ese abrigo, tras la mueca que delata el frío que se abate en esas latitudes oscuras del norte nuboso en donde no existe el concepto de "tarde soleada" ni de "mañana reluciente".

Hubo un poeta catalán que también practicó un exilio raro en Bruselas, Josep Carner. Hace casi cien años de eso. Creo que Carner quiso ser político pero fue poeta. El destino es así de caprichoso (caprichoso: eufemismo de "cabrón"). Y luego está Buenaventura Durruti, ese si que fue lo que quiso ser: revolucionario de vida rutilante, breve, un estallido de fuego, relámpago sobre el agua quieta. A Durruti le mandaron a Bélgica castigado por delincuente, fué expatriado a Bélgica por la justicia de España. Una vez en Bruselas, Durruti, que se aburría mortalmente, decidió divertirse y se puso a hacer lo que mejor se le daba: atracar bancos. (Eso de Durruti no es una mis medias ficciones: lo cuenta muy bien Hans Magnus Enzensberger en "El corto verano de la anarquía", un ensayo fabuloso por lo documentado que está). A Durruti los belgas le echaron de Bélgica y le devolvieron a España, hartos los belgas de soportar las fechorías del asturianocatalán más liante que jamás conocieron. Una vez en España, Durruti lió la revolución que todo el mundo sabe. Durruti era un tipo que salía de abajo, de la miseria. Era un hombre curtido en el hambre, en la lucha diaria, una fuerza de la naturaleza salvaje, como los lobos o los volcanes, un tipo duro, que a los 30 ya había pisado cárceles y se había liado a tiros con la guardia civil por esos barrios de Dios. Carles no es Durruti: mírale bien y descubres esa fragilidad del niño al que le contaron la fantasía de Coelho: que el universo conspira a tu favor si lo crees de veras, con vehemencia. Le dijeron que debía creer que, si estás convencido de tener razón, los demás te van a reconocer tu razón e incluso te van a premiar por ello. Dios mío, creo que debieron contarle eso y él se lo creyó.

El niño de Bruselas empequeñece bajo el frío creciente e intuyo que piensa en la otra vida, la que no fué, la del poeta que deseó ser cuando todavía no le había picado ese escorpión del poder político, ese Saturno con el aguijón dorado y engañoso, disfrazado de palacio gótico y de hotel en la ciudad fría, triste, hostil e indiferente de la Europa, extraña y ambivalente, con ex-nazis y socialdemócratas que andan prestos por las calles que simulan ser París pero no son París, viento helado, nada, soledad, mejillones con papas fritas en un cucurucho de papel para calentarte las manos y te lo comes a regañadientes en la tristeza del cuarto de la pensión.

Mañana por la mañana, Carles se levantará y mirará de soslayo el pedazo de papel manchado de manteca que reposa en la butaca, lo que ayer fue cucurucho de mejillones y papas. Y cuando se plante ante el espejo, antes de disfrazarse otra vez --¡una vez más!-- de político heroico, se dirá: ¿Como habría sido mi vida si hubiese querido fracasar como poeta de una poesía que no escribí, en vez de querer fracasar como estadista de un estado que quizás no existe?


7 de nov. 2017

Carta a un independentista de clase media, medio baja

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Me hubiera gustado más poder empezar esta carta con una de aquellas fórmulas que solíamos usar antes: querido amigo, estimado amigo. Pero ¿para qué andarse con simulacros en los que ya no creemos y que, a esas alturas, suenan solo a tretas socarronas? Todo lo que antes nos unía ahora es fría ironía, pasto de un tiempo ciego dominado por locos.

Sin embargo, todavía se me ocurren cosas que contarte. Hoy, en el trabajo, se ha planteado la cuestión de hacer huelga o no hacerla, en defensa de unos políticos presos en una cárcel madrileña. Por primera vez en mucho tiempo he pronunciado un "no" sencillo pero claro. Y lo he argumentado así: estoy muy cansado, hastiado diría yo, de tener a una clase política que, en vez de trabajar para resolver problemas, los crea, y cuando los ha creado nos pide a los de abajo que les solucionemos los problemas que han creado.

Mientras escuchaba otros argumentos he oído palabras que se destacaban en el horizonte de las voces por ser más altas, más afiladas, más poderosas. País, libertad, democracia, derechos, humillación, intervención, dignidad. Y entonces he recordado las palabras que hablábamos entonces, hace años: justicia social, igualdad, cultura, arte, placer. Como han cambiado las palabras ¿verdad?

Puestos a recordar, me he acordado de la casa donde nací, allí en la callejuela de la Virgen del Pilar, en mitad de los 60. Era una callejuela más bien siniestra o, por lo menos, bastante triste. Diez o doce años más tarde, el hijo del vecino de enfrente, que tenía unos pocos años más que yo, murió por lo de la droga. Antes de hacerlo (lo de morirse a los 17) me había atracado a punta de navaja en el portal, ya que iba tan puesto que no se percató de que asaltaba al vecino.

En mi casa, por aquellos años, éramos bastante pobres. Quizás no miserables, pero sí pobres. Teníamos poco, y nunca me veo capaz de precisar si teníamos un poco menos o un poco más de lo que se considera "tener lo justo". Me inclino por lo primero, y pienso que, si lo dudo, es por el esfuerzo de mis padres en pintar el asunto como mejor podían, en su noble empeño por presentarles a sus hijos un mundo algo menos lúgubre de lo que, en realidad, era.

Eran los años finales del franquismo. Luego asistí al tránsito hacia la democracia. Era demasiado joven yo entonces, pero de haber sido algo mayor estoy seguro de que me habría apuntado a las movidas libertarias que florecían en Barcelona y luego, quizás, a las de Madrid. Aquello debió de ser la leche. Pero más allá de las fantasías sobre una juventud que no sucedió, recuerdo que construí una idea bastante sólida de cual era mi patria: mi patria era tener una buena escuela, un buen hospital, unos buenos servicios públicos en general. Poco a poco, muy lentamente, mi patria se construyó. No solo con lentitud, si no con tropiezos. Había unos tipos, en el norte, que metían bombas y pegaban tiros, esos pusieron un montón de problemas. Pero aún así, construímos un lugar para vivir todos. Me di cuenta de que, si existía algo que le puede dar contenido al "progreso", tiene que ser algo que se elabora con paciencia, entre todos, codo a codo, soslayando diferencias y construyendo afinidades, intereses compartidos.

Por todo eso, y por otras cosas que ahora no conviene sacar a colación, a mi, vuestra idea de la independencia me ha entristecido siempre. Debo reconocer que, en el principio de ese episodio, solo me sonreí y achaqué el independentismo a un capricho de las clases altas catalanas, deseosas de controlar mayores cuotas de poder y asustadas ante el florecimiento de un malestar creciente entre los pobres y los trabajadores. Siempre di por hecho que ningún trabajador, en su sano juicio, podía alistarse a la contrarevolución de los ricos. Me dirás que hay catalanes ricos que se oponen a la independencia y me nombrarás, por ejemplo, a Josep Oliu, y luego me dirás que hay muchos independentistas trabajadores y pobres. Me pondrás ejemplos de esos, también, sacados de entre tus vecinos o familiares, alguno de los cuales lleva tiempo en el paro.

Ahora, en el instante en que me nombras a los independentistas trabajadores y pobres, me sentiré más triste que nunca. Ahora me daré cuenta de que algo se ha roto, y de que lo que se ha roto es una pieza muy importante. Ahora descubriré que, para algunos de la clase media medio baja como yo, la patria es una bandera y un himno. Ya no es una buena escuela ni un buen hospital ni unos buenos servicios públicos. Ni la cultura ni el arte ni nada de todo aquello. Una bandera. Una frontera. Lo que se quiere construir no se pretende construir entre todos si no entre unos cuantos que no necesitan para nada a los demás puesto que se ellos se bastan con ellos mismos, con los suyos.

Y a continuación me dices, henchido de un orgullo sustituto de razón que, si no estoy a tu lado, estoy al lado de los fachas, de los "unionistas", de los partidarios de la dictadura, de los que aplauden la represión y las cloacas del estado, de los ultras, de no sé cuantas cosas más, todas terribles. Eso es lo peor que me ha pasado en muchos años. No me esperaba vivir algo así, a mi edad. He cumplido los 50 hace dos y todo eso me pilla con la energía levemente mermada. Esa merma es todavía incipiente, pero avanzará con toda seguridad, puesto que eso no tiene marcha atrás. Recuerdo una escena de "La mirada de Ulisses", aquella fabulosa cinta de Theo Angelopoulos (¿recuerdas como nos gustaba el cine del director griego?) en la que el protagonista, también cincuentón, ya solo tiene fuerzas para andar hacia la niebla que emana del río Bosna, en Sarajevo, blanca pero oscura, esa niebla que todo lo devora, de la que ya no se sale jamás.

Me siento triste y abatido porqué percibo el aliento del fracaso. De nuestro fracaso. Los problemas de los de arriba me traen al pairo, allá ellos con sus luchas por un poder que ni tu ni yo, jamás, llegaremos a oler. Me duele lo nuestro, la pérdida, que nos hayan separado por culpa de la idea de una patria fantasmagórica, que nos hayan dañado tanto con tan solo nombrar palabras vacías (libertad, país, preso político), y que con ellas hayan invocado la tormenta, el aguacero que se llevó las palabras anteriores. Ya sabes: cultura, placer, arte.

No me voy a extender, porqué no es bueno extenderse en el dolor y la pena. Voy a vivir mi duelo como debe vivirse un duelo: recluído, solo, tranquilo.

Me gustaría despedirme de ti con fórmulas bonitas, de esperanza y de sosiego y de confianza. Pero también iban a parecer falsas, vacías. Nos han vencido con cuatro palabras y con una bandera.

 No se me ocurre una derrota más amarga.


3 de nov. 2017

El exilio


Mi abuelo materno, Miquel Albert Barris, nacido en Figueres en 1901, se exilió de España en enero de 1939 y se fue a Francia, cerca de Montpélier. De no haberlo hecho así, le hubiesen fusilado las tropas franquistas que entraban por la Diagonal des del oeste mientras él salía por la Gran Vía, vía norte. Dice la leyenda familiar que consiguió huir gracias a que requisó (mangó) una motocicleta.

Miquel Albert fué el último comisario político de la prisión de Montjuïc en tiempos republicanos y comprendió, en enero de 1939, que debía largarse por piernas si quería mantenerse con vida. Hizo bien. No iba nada desencaminado, el abuelo: aunque joven e idealista, comprendió cual es la materia del sueño y cual es la materia de la realidad. Comprendió la diferencia que hay entre ambas construcciones.

Miquel Albert ejercía su cargo en virtud de la legalidad vigente en España, y por defender esa legalidad --con armas legales frente a las armas sediciosas-- tuvo que largarse, ya que los golpistas de entonces no se andaban con hostias. Una vez en el sur de Francia, el abuelo dió con sus huesos en uno de los campos en donde se hacinaban los refugiados españoles. Miquel, de salud frágil, no resistió el exilio mucho tiempo: murió en enero de 1941. Dicen que pulmonía, quizás pneumonía, probable tuberculosis. Miseria, en cualquier caso. Pena y miseria y el bacilo de Koch.

En Barcelona estaban su mujer y sus tres hijos. Sin sustento económico alguno. El mayor tenía 9 años. La menor (mi madre), 3. El exilio y la muerte del abuelo, fallecido de pena y de miseria a los 40 años, fue la nube que cubrió el sol a lo largo de de toda mi infancia.

El exilio de los perseguidos es eso. Al menos para mis glándulas entendederas, que lo entendieron de pequeñito.

Así, del mismo modo que pido inteligencia, moderación y respeto cuando se habla de "el pueblo catalán" como si fuese un sujeto singular (y que no me incluyan nunca más en él, por favor: hablen de diversidad, de complejidad, hablen de ciudadanía por lo que más quieran) también pido inteligencia y respeto cuando se habla de "exilio".

No todo vale, ni todo vale en cualquier circunstancia, por más favorable que sea. Cuidado con animar a los enfrentamientos que pueden derivar en guerras, porqué las guerras traen la mala muerte a los mismos a los que no les llega jamás la buena vida. Cuidado con hablar de lo que se desconoce, cuidado con nombrar el horror en vano porqué el horror se ceba con los de abajo.

Hay que respetar las palabras, preservar sus significados. No siempre un político preso es un preso político. (Si un día encarcelan a Messi por saltarse la ley tributaria, ¿será un deportista preso o un preso deportivo?).

Dice uno que la pintura terminó con el Giotto, y otro que la literatura se extinguió tras el Dante. Aunque lo comparto en parte, también creo que quizás sean exageraciones. Pero, por lo menos, respeten las palabras. Digan "exilio" cuando sea exilio y déjense de nombrarlo cuando es fraudulento. Nombren a las revoluciones y al desastre cuando sea inevitable nombrarles y solo si es inevitable. Déjense de simulacros y de simulaciones.

Respetar las palabras es el principio, porqué en el principio fue la palabra. Y es lo último que nos queda a los que no disponemos de la palabra cuando no es hacienda, cuando no es herencia, cuando es nuestra pobreza y cuando debemos defenderla día a día, minuto a minuto.

1 de nov. 2017

Cataluña es una república y los duendes existen

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Cuando era pequeño estaba convencido -con ilusión infantil- de la existencia de duendes, gnomos y hadas. Incluso afirmé haber visto una, en un jardín barcelonés, revoloteando al atardecer, con el sol dorado y bajo. Y una vez vi a un duendecillo, en el Montseny, que correteaba tras unas zarzas y se ocultó entre unas piedras envueltas en musgo.

Años más tarde tuve que admitirlo: no existía ninguno de aquellos seres y solo el poder de mi deseo pueril les hizo visibles. Descubrí que, en realidad, en los rincones del bosque solo había latas de coca-cola oxidadas, colillas y pedazos de papel higiénico. A partir de entonces pasé algunos años leyendo literatura fantástica, ese fue mi duelo y mi consuelo.

El otro día pensé en aquel momento de mi vida, cuando admití que los duendes solo viven en el mundo de la fantasía. Fue el día en que el president Puigdemont proclamó la República catalana y luego se largó a su pueblo sin promulgar ninguno de los cientos o miles de decretos que habrían sido necesarios (aduanas, puertos, seguridad, hacienda, etc). A las pocas horas, Puigdemont y sus consellers fueron destituídos. Los destituidos acataron el cese con sorprendente docilidad. Benet Salellas, diputado de la Cup, dio una rueda de prensa con un aspecto más desaliñado de lo que mandan los cánones de su organización y soltó, tan pancho: "No estábamos preparados". Y Santi Vila, exconseller, explicó con detalles que se habían equivocado en casi todo. Mientras tanto, los enviados del Gobierno español se encargaban de la administración catalana y dejaban la autonomía reducida, jibarizada, como la "Catalunya en miniatura" de los tiempos de Pujol el andorrano. Puigdemont se largó a su pueblo y se lió a vinos, y tanto debió de liarse que despertó en Bruselas con un resacón tremendo.

Ese día pensé en mis duendes perdidos cuando me di cuenta de la reacción que se daba entre la mayoría de los independentistas. Estaban en plena fase de negación. Incluso hay un medio de la prensa digital que alimenta la fantasía y cuenta, sin rubor alguno, que la República catalana avanza a buen ritmo y se auguran grandes hitos. El director de ese medio lleva algunos días escribiendo editoriales en los que, con alambicados argumentos, defiende un delirio bastante cómico en el cual el día es noche y la noche, día: lo que dirías que es un ridículo bochornoso es, según el articulista, una estrategia genial digna de aquel Doctor No versionado por Woody Allen.

Es habitual que, ante la llegada de una noticia muy mala, nos refugiemos en la negación. Que nos inventemos una realidad paralela. La realidad, además, es un concepto difícil de consensuar: los sueños ¿forman parte de la realidad o residen en otra categoría?

Siento pena por mis conciudadanos independentistas, porqué la realidad les está mostrando un paisaje de fracaso estrepitoso y unos líderes ridículos. No debería sentir pena por ellos después de esos años infernales que nos han dado, pero ya ves. Se empatiza facilmente con un humano azotado por ese furioso despertar, ese trágico final del sueño. Los suyos les han engañado durante cinco años, les han jurado que lo tenían todo preparado, que el plan era infalible y que si fallaba había un plan B, tanto o más infalible que el anterior. Les prometieron un país de ensueño y solo era un sueño. Les prometieron un proceso limpio, brillante, lleno de éxitos. Les prometieron la independencia y les dejan sin autonomía. Y prohibido reclamar, porqué todo es culpa del enemigo.

Sigo a algún independentista por las redes y convivo con alguno en el trabajo. Y me doy cuenta de la brutalidad de ese momento. Todavía esperan, convencidos de que eso no está sucediendo, de que el séptimo de caballería aparecerá cuando menos te lo esperas, quizás mientras duermes y así cuando te levantes, mañana, Cataluña será la república prometida y todos felices y perdices.

Le pregunté a uno si se había guardado los tickets de las prendas independentistas que le compraron cada año de esos cinco años a Carme Forcadell y sus chicos de la ANC, porqué igual ha llegado el momento de reclamar. Se lo tomó muy mal, mi broma no era fue nada oportuna. No está bien bromear con quién está en fase de negación y todavía no ha acatado la realidad -tal como el señor Trapero acató su cese, sin rechistar.

Me dan pena los independentistas porqué no veo a ninguno de esos líderes que les han engañado sin compasión alguna durante esos años dispuesto a dar la cara, a pedir perdón y a contar que no prepararon ninguna "infraestructura de estado", ninguna estrategia, nada.

Descubrir que los duendes no existen no significa aceptarlo de buenas a primeras. A la realidad se la comprende poco a poco, con paciencia y con crítica y con autocrítica. Hay que dejarle al tiempo que haga su labor terapéutica. Hay que vivir el duelo. Y después uno puede exigir responsabilidades: a los libros demasiado fantasiosos, a las películas de Disney, a los hermanos Grimm.

Pero en el fondo, hay que admitirlo: es uno mismo el que se presta al engaño, y en cada engaño hay algo de autoengaño.

Me pregunto si llegarán a ese punto. Si pedirán explicaciones a quienes les engañaron y se preguntarán porqué tenían tanta necesidad de vivir en el engaño. Me pregunto si pedirán perdón por haber arrastrado a la mitad de sus conciudadanos por ese largo, penoso y estéril páramo que no llevaba a ningún lado. En nombre de una patria que de repente se esfuma en una tarde de otoño y solo deja un suave olor a flores podridas.

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