22 d’ag. 2017

La paella

a la memoria de Terenci Moix, en homenaje a su grandiosa novela "El sexe dels àngels"

Resultat d'imatges de el angel exterminador

El cocinero solo cocina los domingos, y de entre todos los domingos del año, solo algunos domingos. Y cuando lo hace, solo cocina paella. Es su especialidad, le salen de rechupete. ¿El secreto? Doble ración de gambas, de las mejores, recién sacadas del mar.
-¿Te has fijado en que el pescador es charnego? Yo pensaba que por aquí no había...
-Una plaga, ya ves -responde ella, que contempla fascinada al cocinero.
Se trata de comerse un buen arroz con marisco pero también de echarse unas risas. Y es por eso que el cocinero, que en la vida laboral viste de uniforme, ha optado por una bromita. Lleva la gorra de plato, el cinturón con todos los aperos de cuero (porra incluída) y un tanga escueto, con la bandera estrellada por delante. Nada más.
-¿Has visto? Tengo la estelada más grande del pueblo. ¿Quieres ver como ondea?
Todos se ríen. Unos más que otros, porqué entre los invitados hay gente seria, de misa y carnet de la Lliga Democràtica Regionalista de Cataluña, el lustroso Liderecat.

Hay señores y señoras, entre los invitados. Es decir, gente muy moral. Todo el mundo sabe que don Javier lleva años acostándose con la asistenta filipina y que se recorre todos los prostíbulos de la comarca, pero todos se callan porqué don Javier da muchos dineros a la causa y además mantiene a una cobla sardanista entera y patrocina el Premi de Poesia Patriòtica Vila de l'Empordà. También se calla su mujer, quien a cambio del silencio y el respeto, se encama con el jardinero más joven y fornido de la cuadrilla de trabajadores que le cuidan la mansión. Todos saben que el chico es murciano, y casi todas saben de su buena dotación.

Está el presidente de l'Òrgan Cultural, tipo serio y como enfadado de normal pero hoy no suelta la botella de ratafía, de una marca olotina que ya producía ratafía para las tropas carlistas. Y un tal López anda medio escondido por atrás, espiando a las señoras con faldas cortitas o escotes profundos. López, el que antaño fue agitador de cervecerías y hoy líder de la Agrupació Nacional de Costellades, hombre influyente pero oscuro, tristón, se encuentra algo desubicado entre tantas glorias del pedigrí que no tiene. Ayer liberal y hoy carlista, López es un tipo listo y poco inteligente, y por eso ha percibido que el poder autonómico está en manos carlistas y ha sabido caerse de pie en el nuevo escenario. López sueña con ser ministro de algo o, en su defecto, comisario polìtico de cualquier cosa.

Y también está Meritxell Bestreta i Carenes, una escritora que lleva años conspirando para que le den el Premi d'Honor de les Dèries Catalanes. Como la Bestreta ha venido a por lo suyo, se mantiene seria y sobria, y no ceja en torturar al primer incauto que se le preste con la lista de sus 193 novelas publicadas por la editorial Mantell de Montserrat, algunas de las cuales superan en catalanidad y perspicacia a las de la gran Mercè Rododèndrom. Cuando la escritora no consigue interlocutor, acecha una gamba descuidada y la engulle con la solvencia que le concede su dentadura postiza, que la ha rehabilitado como cazadora-recolectora. Su marido, antaño secretario de ayuntamiento franquista, anda por ahí, y aunque sea a cuatro patas sigue dándoselas de experto catador de vinos incluso cuando ya está desacreditado por completo. Pronto se le oirá roncar a la sombra de un palmito español mientras repite, en brazos de Morfeo: si no hubiese sido por mi sacrificio, la secretaría del ayuntamiento franquista hubiera recaído en manos de uno peor que yo, porqué yo, por lo menos, soy muy catalán, pero que muy.

Hay dos periodistas de Teleprincipat, un hombre y una mujer. Compiten entre ellos, a ver cual se muestra más ambiguo y bisexual, más accesible, ya que nunca se sabe y el periodismo está muy precario, muy jodido. El director del canal regional, un tal Fanchís, está en su casa muy cabreado por no haber sido invitado. Para consolarse, se piratea "Las barretinaires calentes amb xiruques", mito del porno catalanista. También están rabiando en sus casas respectivas Carles Campechano (su apellido les incomoda a los organizadores) y el pobre Surull, aquejado por un sarpullido que le afea el rostro y se lo atortuga un poco más. Cada vez me parezco más a Franco, verge santa de Montserrat! -vocifera solo, en el excusado.

De repente se produce un silencio y luego estallan los vítores y los aplausos. Acaba de llegar la anfitriona, María P. Rodola Querodolaràs, la dueña de la mansión en cuyo jardín se cuece la paella. Lo de llegar tarde a su propia fiesta lo hace por causa de su instinto de protagonismo demoledor. Algunos miran de soslayo hacia el jardín con ironía, para ver si también se ha incorporado al trabajo aquel jardinero tan apuesto que casi todas conocen. La señora es hija de la antigua saga de caciques locales que impuso su ley de fuego y hierro en el pueblo, y su abuelo es quien hizo quemar el local de la cooperativa de pescadores del pueblo para no perder negocio. Ella se desplaza entre un coro de agasajeadores y suelta frases algo ambiguas, como si estuviese algo obnubilada por alguna visión. De pronto, alguien lanza el grito que luego todos corean:
-¡In-incle- inclemènci-a!
Viéndoles asi nadie diría que aquí están los representantes actuales de la burguesía más rancia de Europa. Luis Buñuel soñó algo así pero esta gente no son de mucho Buñuel, que era baturro como esos que nos quieren quitar los tesoros de Sijena a nosotros, que somos más ricos y tenemos más estudios.

Justo entonces, el teléfono de Prudentmont vibra en su bolsillo. Lee el mensaje: la NASA advierte a las autoridades provinciales de que un meteorito de grandes dimensiones impactará en la península ibérica en menos de tres horas. Prudentmont, que obvia el trato vejatorio de autoridad "provincial" con que se le dirige la Agencia espacial,  deja el ukelele que andaba afinando a su vera y les comunica a todos que lo de la independencia ya es un hecho, porqué el universo les ha escuchado y ha conspirado para complacer su propósito secesionista. Eso le pasa por leer demasiado a Claudio Coelho (a propuesta de su santa esposa).

Algunos, de estrangis, empalidecen y a su vez elaboran planes de fuga. La dueña de la mansión y su jardinero más contumaz le roban la barca de pesca al pescador charnego y ponen proa hacia Córcega, una isla llena de independentistas.

(Continuará) 

21 d’ag. 2017

Tener o no tener (miedo)

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Los niños no le temen a la muerte. Quizás porqué la vida, de pequeños, no es un hecho del todo consciente. La muerte es poco más que el término de un juego. Hacerse el muerto, jugar a guerras y jugar a caerse muerto un ratito y luego te levantas. Yahya pregunta: ¿ya puedo estar vivo otra vez? cuando se ha cansado de yacer en el suelo del patio del cole. Aprenderán el drama y se harán conscientes de él más adelante. Y cuando sean conscientes del drama generarán apego al drama, apego a la vida.

Nietszche dijo que amamos al otro no por apego al otro si no por apego al amor. Lo de los mayores es eso, apego a conceptos tales como la libertad, la seguridad, el bienestar, la vida.

El filósofo Marx decía que el origen de la humanidad está en el hambre. Que el hambre nos irguió sobre dos patas, para tener las manos libres para poder agarrar la comida y que toda la historia es nuestra lucha contra el hambre. El miedo también está en el origen de todo: el miedo enseñó un montón de cosas a los humanos primigenios. Les enseñó a guarecerse de los males, a buscar refugio. Aprendieron de qué animales debían alejarse. Todos hemos experimentado miedos. Miedos infantiles y miedos adultos. Miedo a quedarse en el paro, a que nos abandone la pareja, al resultado de la resonancia magnética. Y por eso queremos trabajar, cuidamos de nuestros seres queridos, nos cuidamos. Sin miedo no hay nada. Tener miedo es sensato. Me gustan las películas de miedo, aunque la que más miedo me da es "El ladrón de bicicletas", lo confieso. "El ladrón de bicicletas" es la peor pesadilla filmada jamás. Según mi punto de vista, claro.

Mi padre siempre tuvo miedos: en tiempos de Franco, de la policía. En democracia, de la pobreza. En los 80, de que sus hijos se perdiesen en la droga. Mi hermano y yo crecimos en tiempos de la heroína, que nos rondaba y abundaba en el barrio. La primera vez que vi los ojos de mi padre libres del miedo fue cuando yacía en la cama del centro de cuidados paliativos, cuando sabía -a pesar de la morfina- que no había esperanza alguna. Cuando la muerte se inclinaba sobre sus boca para besarle, mi padre volvió a ser como un niño, sin miedo a la muerte. Se había liberado de la esperanza que nos esclaviza.

[Es cierto que el miedo y la esperanza nos llevan a cometer actos extraños, como esas manifestaciones de afecto a la policía que leo estos días y que entusiasmarían a Michel Foucault, otro filósofo que admiro].

Quién no tiene miedo es solo quién es un niño o quien se ha alejado de la esperanza. Y esos chicos que la tele muestra con caras de malos son niños sin esperanza. Ni les han dejado crecer ni les permitieron el acceso a ninguna esperanza. Ni la familia, ni el pueblo, ni la escuela. Fueron huérfanos de conciencia y de apegos, hijos de la miseria. Y es eso -y no mucha policía muy eficaz- lo que les habría llevado a amar su vida y por extensión, la vida. Nadie habla de la religión, ese instrumento tan perverso como pervertido. Una misa por las víctimas en la Sagrada Familia ¿de veras?. Nos llenan las pantallas con policías y curas para infundir seguridad, para que perdamos el miedo. Y por eso mismo construyen eslóganes -más bien pueriles- para exorcizar el miedo. La verdad es que, a mi, los curas y los policías me dan bastante miedo. Mucho miedo. Pero ese es otro asunto.

Llevo varios días preguntándome porqué esos chavales no tenían miedo. No lo tenían en absoluto. Ni tenían esperanza alguna, como los que cruzan la puerta del infierno, según el Dante. Me lo pregunto y me lo vuelvo a preguntar. Y siento miedo, claro que siento miedo y no me avergüenzo de sentirlo. Y también siento mucho dolor. ¿Cómo se construye el amor a la vida y la esperanza en esos chavales? Creo que el día en que sepamos hacerlo tendremos menos asesinos, menos muertos, menos exhibiciones de una emotividad -lo siento- tirando a hipócrita. El día en que sepamos dejar crecer a esos chavales con esperanza incluso nos podremos permitir, quizás, tener menos policías. Debemos hablar del miedo y de la esperanza, los dos conceptos que los nihilistas rechazan. Y construir futuros con miedos compartidos, compartidos con esos chavales. No hay otra salida.

[O quizás sí hay una: poner un policía al lado de cada uno de nosotros, para que nos vigile. Y luego otro para que vigile al policía, y así hasta el infinito, como la estupidez y el universo.]

17 d’ag. 2017

Roberto Zucco en las Ramblas de Barcelona

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Pienso en Roberto Zucco cada vez que se produce un "atentado terrorista" como el de hoy, día 17 de agosto, en las Ramblas de Barcelona. Pienso en Zucco (Italia, 1962-1988) y me acuerdo de Mohamed Merah, quizás el pionero de un cierto tipo de acciones en un país europeo. Pero el caso Zucco todavía me parece el paradigma a tener en cuenta.

Sobre Roberto Zucco hay mucha documentación y además una gran obra de teatro de Bernard Marie Koltès, que tuvo una buena adaptación al cine. El veneciano Zucco mató a su padre y a su madre (como el Pierre Rivière que nos contó Michel Foucault) y luego se embarcó en una carrera enloquecida de asesinatos en serie, en una huída por las carreteras del norte de Italia y después por Francia. Cuando le detuvieron, y una vez ingresado en prisión, proclamó que su periplo asesino obedecía a una militancia anarquista por la rama nihilista. Esa actitud, su filiación explicada a posteriori, obtuvo mucha predicación entre los grupos nihilistas de Europa, y creo que de ahí rescató Koltès el asunto para su estremecedora y genial dramaturgia.

Muchos años más tarde, en 2012, apareció un hombre que se llamaba Mohamed Merah en la prensa, que quizás algunos recuerdan. Merah terminó acribillado por la policía francesa, y muerto definitvamente por un tiro en la cabeza. Antes de eso se lió a tiros por la región de Midi-Pyrénées, cerca de su natal Toulouse. Merah coleccionaba un largo historial de pequeños delitos de hurto y de robo.

En el capítulo final de su vida, Merah protagonizó una serie de actos en Francia muy parecidos a lo que luego hemos visto y que han sido asociados al perfil del "lobo solitario" de filiación islámica violenta. El uso del coche, el desafío suicida, la exhibición de la locura, el desprecio por la vida -tanto la propia como la ajena-. La mayoría de los "atentados terroristas" (las comillas son muy deliberadas) tienen poco de eso y mucho de ataque de rabia desatada, locura ultraviolenta. Y ese tipo de arrebatos tienen mucho que ver con la salud mental y muy poco con el "terrorismo", que implica un cierto nivel de militancia y de sometimiento a una organización, elementos que no se pueden rastrear en esos casos que tanto nos afectan hoy.

La prensa francesa encontró en la biografía póstuma de Merah pruebas irrefutables de una "radicalización islámica", un concepto que hoy nos empieza a parecer algo así como un leitmotiv de la prensa y de los órganos de información policiales. Eso es posible, por supuesto: quién escribe no se pretende experto en terrorismo, tal como si se pretenden infinidad de tertulianos.

Pero yo siempre pienso en Zucco -y luego en Merah-, porque intuyo que hay algo de ellos en cada atentado con coches y furgonetas de los que nos afligen (y nos matan) en las ciudades mediáticas de Europa. Dicho de otro modo: no se puede hablar de esos hechos sin tener en cuenta la psicopatología social. Hay algo muy enfermo en nuestra sociedad, y esa enfermedad puede estallar a través de personas psicológicamente débiles, con historial biográfico terriblemente desgraciado.

No me gusta usar toda la artillería cuando hay muertos en una calle de mi ciudad, pero uno tampoco puede soslayar ciertos fenómenos: los miles de muertos en el Mediterráneo cuando intentan llegar a Europa, el pésimo futuro que se les ofrece a los inmigrantes africanos (incluso en su segunda y tercera generación), la nula capacidad de acogida de unas sociedades europeas golpeadas por la pobreza derivada de la crisis financiera, el clima agresivo y xenófobo que crece en nuestra cultura. Vivimos en un mundo cuya hostilidad crece: solo hay que ver lo que pasa en Virginia o las propuestas que exhiben los nacionalismos en auge. ¿Qué equilibrio mental y qué aprecio por la convivencia se puede esperar en los más débiles de un mundo con  las algaradas de Trump o el desprecio arrogante por el diálogo de funcionarios tan oscuros y mediocres como Puigdemont?

Nadie tiene la fórmula para volver a la cordura. Yo tampoco. Des de mi ignorancia casi infinita, diría que deberíamos buscar otros lenguajes y valorar el diálogo por encima de cualquier opción. Sin despreciar el respeto por las leyes de nuestras democracias, se debería promover un espacio de acogida y de escucha atenta del otro, del distinto. Aceptar que estamos enfermos como colectivo. El desequilibrio provoca la muerte. Hoy han sido los paseantes de la Rambla, ya sean turistas o autóctonos. Mañana puedo ser yo. ¿De veras queremos un mundo de fractura y de muerte?

16 d’ag. 2017

Un señor de Sabadell y un mandala


Hay en Sabadell un señor que ostenta (ostenta, sí, más que lleva) un apellido cuyo significado es el del más alto jerarca de un monasterio.

Este señor de Sabadell, alto dignatario de dos o más entidades que velan por la salvación de la lengua y la patria catalanas, se hace llamar "historiador local". Eso me gusta. El "historiador local" es una figura de tono entrañable porqué incluye la humildad: el historiador local es la persona que recoge los hechos de la microhistoria, sin la cual muchos fenómenos de la gran historia no se entienden. Su trabajo es oscuro, aplicado, silencioso, a menudo poco valorado. No le llevan a los grandes eventos de los historiadores de la Universidad y debe luchar contra viento y marea para que su ayuntamiento o una cuestación popular le permitan publicar sus estudios.

Este señor acaba de redactar un informe (encargado por una concejal -republicana, dice ella-) en el que recomienda eliminar algunos nombres del callejero de Sabadell. Los nombres que se deben eliminar, según el señor de Sabadell, son muchos. Destacan los del poeta Antonio Machado, Mariano José de Larra, el general Riego. Ya puestos, también Quevedo, Góngora. Todos ellos deben ser barridos por su escoba provista de lupa. La acusación es tremenda: se trata de individuos españolistas que odiaban a Cataluña. En su informe, el señor de Sabadell incluye agudas reflexiones historicistas y afirma que la presencia de esos autores en el nomenclátor de Sabadell demuestran que Cataluña es una colonia de España.

El informe del señor de Sabadell ha levantado más carcajadas que iras, como es normal entre la gente normal. Reconozco que yo, a menudo, también recurro a la carcajada ante la cosa patriota catalana. En otras ocasiones me deprimo o me asusto, pero la carcajada también me asoma. El otro día uno decía que, ante la demanda de nuevos nombres de calle para rellenar a los caídos, podríamos recurrir a los Pujol (padre, madre superiora y sus siete vástagos suman nueve y así, con poco esfuerzo, ya tenemos casi una decena de calles renombradas en el estricto censo de la catalanidad más pura).

El informe del señor de Sabadell aparece pocos días más tarde del cartel de la CUP en que una señora barre a los indeseables de Cataluña y los hecha al mar. Hay algo naïf y al mismo tiempo bravucón en los dos hechos. Pero también hay algo agresivo y violento, algo feo agazapado detrás del imaginario nacionalista.

Antonio Machado escribió: "Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón". Menos mal que don Antonio reposa en su tumba del exilio, en Colliure, donde su corazón se heló para siempre. Porqué, si su corazón palpitase todavía, se lo helaría de nuevo el informe del señor de Sabadell que se ha erigido en representante de una de las dos Españas -aunque el piense que su España no lo es porqué su patria chica es una colonia colonizada.

Llegará un día en que otros historiadores estudiarán el rebrote nacionalista catalán de estos últimos años, y yo me atrevo a sugerirles, a esos historiadores futuros, que se dejen asesorar por algún psiquiatra lacaniano, que les vendrá bien. ¿Porqué el nacionalismo favorece, abona y permite florecer lo peor de cada casa?

Ante ese despliegue de informes y carteles en que se pretende echar al mar y borrar de las calles a los que no cumplen con un patrón de catalanidad suficiente, yo me he puesto a hacer mandalas en lo alto de una montaña. Dicen que hay que predicar con el ejemplo. Hacer mandalas es de avestruz y de cobarde, ya lo se, hacer mandalas es proclamar la cobardía, igual que lo es decirse pacifista. Es incluso ridículo hacer mandalas cuando hay escobas gigantes que se agitan como banderas estrelladas en el horizonte y en los balcones, escobas como espadas.

Por más mediocre y cobarde que sea construir mandalas enmedio de la barbarie, creo que no está mal tomar esa actitud. El mundo es de todos, al fin y al cabo: de Antonio Machado y del señor de Sabadell, y no queda otra que convivir. O, en caso contrario, ver quién echa primero al mar a quién, lo cual no me parece muy civilizado. Si, en el mundo también debemos estar los cobardes que construímos mandalas en el monte y de paso le digo al poeta Machado: como yo soy nacido en Cataluña -como el señor de Sabadell- te pido disculpas en nombre de los nacidos en Cataluña. Que sepa, don Antonio, que yo amo su poesía y que he venido a rendirle homenaje ante su tumba de Colliure varias veces, ante la que leí, en voz alta, el poema de su infancia en un patio de Sevilla.

14 d’ag. 2017

Pujol según Casavella


"El día del Watusi" es de esa clase de novelas imposible de reseñar. Novela río, con torrentes, embalses, afluentes, delta incluído. Se podría reseñar, sin embargo, a partir de una idea de Borges: me imagino una reseña tan extensa como el propio libro, una reseña de 900 páginas para comentar una novela de 900 páginas, como el mapa del mundo a escala 1:1 que se sugiere en "Funes, el memorioso".

Otra forma oportuna de hablar de "El día del Watusi" es no hablar, y dejarla hablar a ella. El otro día inicié un comentario, y hoy decido transportar una página hasta aquí, dejar que hable Casavella. Es una página escrita en 2002, debo prevenir de eso.

[Solo me permito un comentario breve: a día de hoy, escucho a catalanes que se ríen de Donald Trump, el empresario metido a presidente, el hombre desbocado y gran patriota, el megalómano narcisista. Esos catalanes se olvidan del reinado de Jordi Pujol, que duró 30 años y cuya sombra tenebrosa y pútrida todavía se pasea por nuestras calles. Pujol también era un empresario (un banquero) metido a político, también megalómano y narcisista y también gran patriota -de ese país de fantasía que se gestó en su delirio.]


Página 525, en la edición de Anagrama de 2016:

Alzaron la cabeza al unísono, dieron media vuelta y se felicitaron en cuanto llegó "un Mercedes tan bonito como el nuestro", por usar la jerga de Villa Considerable, y del automóvil se apeó un señor pequeño que daba consejos sin parar a un corro faldero que le perseguía y jaleaba cada una de sus intrincadas frases. El señor pequeño parecía un autómata con la velocidad exagerada por algún error mecánico. Esa aceleración gestual se hacía evidente en el rostro, minado por la excesiva diligencia de los músculos faciales. Un chófer, en tono más compasivo que satírico, dio con el parecido cierto de aquel rostro y un balón de reglamento desinflado. El señor bajito se vio en la necesidad de hablarle al mayordomo octogenario. Cerró los ojos un instante, los párpados contritos por el peso de sus obligaciones trascendentes, de sus visiones, para abrirlos enseguida con una mirada partícipe de una voluntad retórica con suficiente confianza en sí misma para rendir a lo que se pusiera por delante, fuera cual fuera su rango, daba lo mismo un alto dignatario que una pared que el mayordomo:
-Yo, creerme que hay que pagar, no me lo he creído nunca, amigo criado. Debo insistirle, no obstante, no obstante, que Cataluña no puede permitir un trato semejante en tan dolorosas circunstancias, circunstancias difíciles para todos, como ya anuncié en su día, hoy. Y sepa usted, le insisto, insisto en este punto que me parece de importancia para Cataluña, que a Cataluña le insulta el trato despectivo, secular, milenario, cósmico, infinito, que usted inflige a Cataluña. Dígale a quien corresponda que Cataluña se distingue no sólo por su sensatez, si no también por su empuje, su rabia, su coraje. Cataluña. Y dígale también que si Cataluña ha venido hoy aquí  ha sido por respeto y porque yo dirijo y no dirijo Banca Catalana y Cataluña. En la sombra y al sol, pero ante todo en la sombra, eso es verdad, hasta que los catalanes digan "Cataluña, Cataluña". Con astucia, Cataluña. Pero con buen juicio, Cataluña. Por eso ha venido Cataluña, aquí, no por amistad ni por compartir las ideas de ese hombre, que pese a haber nacido en Cataluña, y vivir en Cataluña con los beneficios del dinero de Cataluña, no amaba a Cataluña. ¿Me ha entendido?
El mayordomo huía hacia la mansión, una ruina modernista, aullando "¡Cataluña, Cataluña...!". Los mastines se revolcaban en el césped y ladraban "¡Cataluña, Cataluña...!". Libre la entrada, la comitiva del señor pequeño y persuasivo se fue aproximando al cementerio a buen paso bajo la sombra de los olmos y de la nube fonética "Cataluña, Cataluña, Cataluña...", y al cabo de un solo segundo reapareció entre los rieles del punto de fuga, el volumen de la conversación en aumento. "Cataluña, Cataluña, Cataluña". La comitiva subió al Mercedes y, cuando estaba a punto de arrancar, el señor bajito creyó necesario decirles a los guardias civiles "Cataluña, Cataluña, Cataluña...". Adiós, polvo de la cuneta.