17 d’oct. 2017

Jordi & Jordi en Soto del Real

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La Juez de la Audiencia ha puesto a los dos Jordis en el talego. Me los imagino esta tarde, charlando animosos en el patio soleado del presidio junto a Jordi Pujol Jr. y Sandro Rosell. Cuidado, juez, porqué de ahí puede surgir una mafia de aúpa. He visto muchas pelis que tratan de eso, y se de que hablo.

Lo advierto: no voy a juzgar a una juez, siendo yo un pobre Juan Nadie que, a estas alturas, todavía no es capaz de juzgar si es mejor el Gazpacho Alvalle que el Gazpacho Hacendado, o del revés. Pero mucho me temo que la decisión de enchironar a los dos Jordis la vamos a pagar cara los catalanes. Bueno, la mitad de los catalanes. La mitad B de los catalanes, los catalanes de serie B (debería habituarme a nombrarnos así). O sea: los que no queremos la independencia. Me temo mucho que nosotros pagaremos el pato, porqué esos dos Jordis saldrán del talego algún día y cuando lo hagan saldrán en volandas, y les harán homenajes y les pondrán coche oficial y secretaria y programa propio en Tv3 y muchas más cosas que no digo, y quién sabe si a uno de los dos patanes, con el subidón, no se le va ocurrir presentarse para cargo público y -eso se lo digo yo, entre nosotros-: a los catalanes igual les da por votarles, porqué haber pasado por Soto del Real viste mucho, viste de mártir patrio y en Cataluña los mártires patrios se llevan, por más burros que sean.

Sin juzgar a la juez, me temo que voy a sufrir a los dos Jordis. Eso si no es que se matan entre ellos por celos o algo, en una reyerta patibularia, porqué ya se sabe que el ambiente en las cárceles degenera el espíritu y envilece el alma, que es la esperanza que me queda: la ficción. Esos dos petimetres saldrán endiosados por la turba, eso a ver quién lo evita. Y eso será una desgracia gorda, porqué los dos Jordis deberían pagar por lo que nos han hecho pero deberían pagar ante la opinión pública y la prensa mejor que ante los carceleros de Soto del Real.

La historia de los dos tipos es, en realidad, como un cuento de Nikolai Gogol. (Estoy pensando en "Las almas muertas"). Nadie sabe como llegaron adonde han llegado. Representan sendas organizaciones privadas con unos pocos miles de socios (y socios rancios de los rancios de veras, un porcentaje de los cuales está probablemente difunto, no se extrañe nadie: el socio muerto es una figura habitual en las organizaciones patrióticas catalanas), pero se reúnen cada día con el Molt Puigdemont y se les ve en todos los saraos, como aquellos falsos príncipes rusos que, de codazo en codazo, de polvete en polvete y de timo en timo, llegaban hasta los banquetes del zar y además le echaban los tejos a la zarina, a la hora de los chupitos de vodka. (De ratafía, en el caso que nos ocupa). Es decir: a esos tipejos nadie les ha votado (salvo sus socios) pero ahí están, comiéndole la oreja al presidente y al vice, a sus secretarias, a la presentadora de Tv3, a la directora de Catalunya Ràdio, al Pare Abat de Montserrat.

A lo que iba: alguien debería contarnos como es eso que dos entidades tan menores son tan influyentes. ¡Tienen más socios el Barça y el Club Super 3, pero a esos no les invitan a sus banquetes! Y luego lo otro: ¿como que dos entidades como la ANC y Òmnium Cultural reciben tal catarata de millones de euros en subvenciones?. Subvenciones ¿para qué? ¿a cambio de qué?.

En mil novecientos sesenta y pico, el escritor Terenci Moix ya se cachondeaba de los socios de Òmnium Cultural (en su novela "El sexo de los ángeles" aparece como "Òrgan Cultural") como un club decadente y polilloso de pseudointelectuales, escritores amateurs que por la mañana trabajan en La Caixa y por la tarde debaten el futuro de Cataluña, Minyons escoltes de la cultureta, tipejos católicos y ridículos, sainetescos. Todo el mundo sabe quién fundó Òmnium Cultural (y quien lo dirige todavía): la alta burguesía catalana afín a Franco, la que decidió intervenir en la cultura catalana para que no cayese en manos de la siniestra izquierda. Yo diría que repiten la jugada: por si acaso Cataluña se independiza, no vaya a ser que caiga en manos de la Colau y de la Cup, no vaya a ser que los rojos nos jodan el chiringuito secular.

Y luego está la Assemblea Nacional Catalana, que de asamblea no tiene nada y se parece más bien a la ANR, la Asociación Nacional del Rifle: un lobby fascistoide. ¡Qué miedo me dan las cosas que llevan el adjetivo "nacional" metido entre otras palabras...! ¿De dónde sale la ANC? ¿De dónde salió la pasta para montarla de la noche a la mañana? ¿Qué vergüenzas oculta ese montaje que huele a perro muerto?

Lo dicho, señora juez: yo no soy nadie para discutir, ni para apostillar ni para comentar una sentencia. Pero la decisión de enchironar a los dos Jordis podría oscurecer el debate sobre quiénes son y a quienes representan, y podría salirnos muy caro a los catalanes B.

Me temo lo peor.

16 d’oct. 2017

Orioles y ex-futuros presidentes

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Sant Josep Oriol obrando el milagro más admirado en Cataluña: convierte las rodajas de un rábano en monedas de oro.

Los catalanes, gente trabajadora y sumisa, estamos habituados (adiestrados incluso) a obedecer al señor de turno. Cuando el señor de turno era el señorito Pujol, aceptamos con resignación callada la conversión de la democracia autonómica en dinastía, y nos hicimos a la idea, estoicos los unos y agradecidos como mascotas los otros, que su hijo Oriol heredaría la presidencia regional. Oriol no es el más listo de los siete hermanos pero es el pequeño (hay algo de cuento de Grimm en el detalle). La gente (o el pueblo catalán, si es usted soberanista) se resignó, más o menos perpleja, al destino. Aunque costaba creer quién era el elegido para suplir al Padre de la Patria por lo inverosímil del personaje, yo empecé a pensar que solo había una forma de que Oriol Pujol no fuera mi presidente: exiliándome. O muriéndome, que es otro estilo de exilio. Pensaba así porqué la presidencia de Oriol parecía inexorable por completo. Cúmplase la voluntad del señor Pujol, dice el pueblo de Cataluña cuando es llamado a la urnas (tanto si lo son como si son tupperwares chinos).

A veces rezaba, de noche y en la soledad de mi cuarto, elevando mis súplicas para que algún fenómeno sobrenatural nos librara de Oriol Pujol: tal era mi desazón.

Casi no me lo pude creer cuando, en un día feliz (la felicidad se cuenta por instantes), descubrí que no era ningún ente transmundano quién me había liberado de Oriol: era un juez, sencillamente un juez, un ser humano como yo. Resulta que Oriol, buen discípulo de su padre, había empezado a hacer sus pinitos en el arte de trincar de la cosa pública y le pillaron. Se terminó la maldición.

Pero una vez detenido Oriol Pujol algo se estropeó en Cataluña y empezaron los problemas gordos. He ahí la venganza del padre. Ahora vais a sufrir de veras, nos dijo. Repetid todos conmigo: in-inde-independènci-a. Enmedio del barullo y ante mi pavor, en ese mal lance surgió otro futuro presidente que también se llama... ¡Oriol!. Busqué, presa de escalofríos horribles y empapado por sudores fríos, entre las páginas de Nostradamus por si el viejo brujo había dejado escrito algo al respecto. Temía encontrar una cuarteta oscura y perversa en que se reuniesen las palabra Catalonia, Oriolus, independentiae, pentitenciagite. No la hallé, pero atribuí el fracaso a mi estupidez.

De repente, todo el mundo repetía la nueva consigna: el futuro presidente se llama Oriol. Oriol Junqueras. Lo decían en voz baja, con respeto temeroso, como quién nombra a Lucifer o a Chtulhu. Algunos lo proclamaban como una victoria diabólica, como un triunfo de la famosa astucia catalana. Hasta que los periodistas, portavoces de la vieja resignación, empezaron a escribirlo: Oriol Junqueras, cada vez más cerca de la presidencia de Cataluña. Yo no salía de mi asombro. Por aquel tiempo me abandoné al esoterismo, la depresión y la televisión basura.

Sin embargo, el transcurrir de la historia me deparaba una nueva sorpresa. Porqué, de repente, la gente empezó a repetir que Oriol Junqueras ha pasado de futuro presidente a ex-futuro presidente, pero sin recalar en el lugar intermedio, en el puesto que es un sillón. Ya nadie cree que el segundo Oriol pueda ser presidente, tampoco: demasiado frágil y demasiado mentiroso, una mezcla muy mala. Leo en los periódicos comentarios cada vez más jocosos que no voy a repetir aquí, observaciones de mal gusto sobre el crecimiento de su perímetro des de que es vice-presidente, análisis malintencionados sobre la asimetría, especulaciones sobre la facilidad de su lágrima o su extraño misticismo cristiano, medio hereje, como albigés.

Es rara, Cataluña. Rara y mala. Adoran a un héroe que fué, en realidad, medio traidor y medio cobarde, ese Rafael que tiene estátua en una calle de Barcelona. Aplauden a un delincuente que se llevó miles de millones a Andorra, liquida a sus futuros presidentes y les transita de futuros a ex-futuros como en un extraño ritual polinésico y antiguo de los que relata J.G. Frazer en "La rama dorada" tras engordar al uno y silenciar al otro.

Vivo en un lugar muy raro que no me deja vivir tranquilo, de susto en susto, de enigma en enigma, de Oriol en Oriol, de insomnio en taquicardia. Las calles se han llenado de banderines como en una fiesta mayor de pesadilla provinciana, hay gente de mirada iluminada que abraza a los policías que les sacudieron un tiempo atrás... Y ahora, la última: ¡hay dos Jordis! Superados los Orioles, aparecen dos Jordis en el horizonte (o, lo que es lo mismo, en la pantalla de Tv3). Eso es un sinvivir de veras. A esos Jordis nadie les ha votado, y solo presiden dos organizaciones pequeñas, rancias y apolilladas. Pero ahí están cada día, en la tv que no miro jamás, exigiendo más y más, como si quisieran decir: ahora, una vez vencidos y cautivos los Orioles, nos toca a nosotros ser futuros...

Creo que debería volver a las páginas herrumbrosas de Nostradamus, pero esta vez con más paciencia y mayor detenimiento. Es imposible que el nigromante francés no haya dejado nada escrito sobre la maldición catalana.

14 d’oct. 2017

Solenoide, Mircea Cartarescu

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Pocos, poquísimos. Muy pocos autores han obrado lo que hace Mircea Cartarescu (Buscarest, 1956) con su escritura. La lectura de Cartarescu traslada al lector incauto por igual que al prevenido hacia un espacio desconocido, nuevo, horripilante, vacío, fascinante. Maravilloso. Eso se llama literatura, por si alguien lo había olvidado. Cuando la literatura es arte elaborado con palabras y nada más. Casi nada, vamos.

Leí a Cartarescu por primera vez en "Nostalgia" (Impedimenta, 2014).  La experiencia de leer "Nostalgia" es una de las experiencias que importan en la vida de uno. Una experiencia que atañe, que afecta. Uno siente la tentación de empezar así su curriculum vitae: bajo el nombre y la fecha de nacimiento, escribir "yo leí Nostalgia".

Y, desde ahora: "yo leí Solenoide, la novela de Cartarescu". Escribo eso cuando apenas he leído un 10% del texto, pero no necesito leer más para saber lo que ya se. Hay libros que el lector, horrorizado a veces o maravillado si puede ser, se teme que se hayan escrito para él y solo para él. Una de las fantasías más recurrentes en el hombre moderno (el posterior al romanticismo) es creerse no solo que es único, si no que además es especial. Y que su vida tiene un fin, un sentido, un propósito, una razón de ser. Peligrosa fantasía, esa fantasía, ya que solo nos ha traído desgracias de toda clase. Pero sin embargo ahí está Cartarescu, con su escritura mágica e hipnótica, que parece hablarle al lector en el oído como diciéndole en un susurro que escalofría el alma y electriza el espinazo: te conozco.

Mircea Cartarescu tiene una indescifrable facilidad para trasportar al lector hacia su mundo, para llevarle de su mano des de lo concreto y compartido hasta lo onírico dentro de una misma frase sin apenas pestañear, y resulta que lo onírico es tan compartido como lo otro, para horror del que lee. ¿Puede alguien haber soñado mi propio sueño? ¿Mi sueño ya no es mi propio sueño? ¿Alguien sueña por mi? ¿Soy un personaje en el sueño de un novelista?

El concepto de "empírico" tiembla y palidece en la prosa de Cartarescu. La lectura de "Solenoide" es una caída hacia arriba o un ascenso hacia abajo, depende de como se contemple. Cuando el narrador de "Solenoide" formula su sospecha de que la vida es un sueño o algo más triste, más grave, más enloquecedor y sin embargo más cierto que cualquier historia que se haya podido inventar jamás, el lector ya está dispuesto al trabajo de hipnosis, ya está rendido y desarmado.

El protagonista de la novela es un maestro de primaria que ejerce su profesión en una escuela de la periferia. Los niños tienen piojos y el maestro se contagia. La metáfora es bonita. Pero de repente los piojos adquieren otro sentido, otra dimensión. El narrador compara los piojos con los humanos y se da cuenta de que somos muy parecidos: cabeza, extremidades, respiración, apego a la vida. En "R.E.M.", el cuento que es el cuerpo central de "Nostalgia", también hay un insecto y la idea de que la vida es un sueño pero quizás algo mucho peor: una realidad. Una realidad poco real, una realidad que continene multitud de elementos paranormales, inexplicables, muy extraños. Esqueletos gigantes enterrados bajo los bloques de la periferia, tan gigantes que uno puede andar por su interior, su enorme galería torácica, donde antes estuvo el corazón, los pulmones, etcétera.

Dice el protagonista de Solenoide: cuando empecé a trabajar como maestro de primaria en la periferia me dije a mi mismo que no sería por mucho tiempo, un año a lo sumo. Yo quería ser escritor y pensaba que eso iba a suceder, y que sucedería del mismo modo que uno respira aire o digiere los alimentos, sin la intermediación de la voluntad. Pero no fui escritor, fui maestro de primaria. Algo no funcionó. Pero no ha sido tan malo, al fin y al cabo: hubo buenos momentos. Hubo temporadas buenas, en las que no tuve piojos.

La Bucarest de Cartarescu es una ciudad vista des de la periferia o desde atrás del cristal de un tranvía en un día lluvioso, o desde la altura cenital e imposible del sueño. Es una ciudad que no ha crecido como las demás ciudades (hubo un antiguo núcleo original, luego crecieron más barrios, se construyeron bloques para albergar a la gente que vivía en chabolas, etc) si no que hubo un solo arquitecto genial que la planeó toda de golpe así tal como la ves ahora, con fachadas herrumbrosas y edificios que se caen, con casas en ruinas, con solares yermos, con bloques en avenidas enormes. ¿Y si la Barcelona que vemos hoy fuese como esa Bucarest, y toda la historiografía solo una pesadilla en forma de libros viejos y soñados?

Mircea Cartarescu es la celebración de la palabra, el reencuentro con la literatura. "Solenoide" lo estoy leyendo en la brillante traducción al catalán de Antònia Escandell para Edicions del Periscopi (bravo por citar la traductora en la cubierta), que ha trabajado con un idioma creíble y genuino a la par que contemporáneo, inspirador, un trabajo de orfebrería encomiable de veras, delicado, nada fácil, arte.

Me dijo un amigo mío que la literatura catalana se halla en un estado tan penoso y tan lamentable que lo mejor para ella sería quedarse callada por un periodo no inferior a quinientos años, durante los cuales deberíamos leer y nada más. Leer en silencio. Comparto esa idea en gran medida. Y leyendo a Cartarescu lo comprendo mejor. A decir verdad, los intelectuales más lúcidos del novecentismo catalán propusieron traducir y traducir y traducir, y así ilustrarnos, empezar a crear a partir de algo sólido. Son los traductores y no los autores los que han hecho algo considerable para la cultura catalana, y son ellos los que deberían tener esculturas en las plazas catalanas. Bueno, ya lo he dicho.

Más allá de mis juicios, mis prejuicios y mis manías, leer a Cartarescu es un bálsamo y una fuente de inquietud. ¡Una más! ¿Qué hay de real en la realidad?

¿Hay algo tangible en la vida?


12 d’oct. 2017

La chapuza catalana

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Como todos los martes por la tarde, quedamos en la taberna Los Hispanos a las seis. Es cierto que algunos no se anotan la cita porqué se pasan el día entero en el garito. O la semana, en los casos extremos. Ese día fuimos más de los habituales, porqué en la tele pasaban una función especial del Circo Catalán, que nos entretiene mucho desde hace algo más de un lustro. Yo llegué puntual y me pedí una caña nada más cruzar la puerta.
-¡Caña ahora mismo!

A los pocos minutos nos informaron por la tele de que la función se iba a retrasar una hora. Me temí lo peor y acerté. Esa demora sería nuestra perdición: en efecto, cuando apareció la estrella del circo, ese famoso Artista Solitario, ya estábamos todos borrachos. Demasiado rato sin saber qué hacer y con las cervezas tan a mano... Ese tío, el Artista, ese tío es gracioso, si, pero también es un fastidioso de narices.

La actuación del Artista, aunque retardada, fue mas breve de lo previsto. A decir verdad, se le agradece el detalle de lo breve. El Artista Solitario prometió una gira leve, de 18 meses y, aunque ya van 20, cansa. Así que aplaudimos la brevedad. Al final de su gira ha aprendido a ir al grano.

Las primeras impresiones, tras el patético soliloquio del artista, las de los más avezados al circo fueron: "¡Vaya chapuza!".

A partir de aquí se desencadenó el griterío en la barra, el desconcierto y la pesadumbre de muchos.

-No he entendido nada -se lamentó Pepe, el de la gasolinera- Que me aspen si he entendido algo.
-Está muy claro, José -le regañó Juan, que se niega a llamarle "Pepe" a Pepe- Lo ha dicho bien claro: Dios es uno pero son tres. Ya nos lo decían en el colegio, de pequeños.
-¡Otro simulacro! Dios mío ¡otro simulacro! -gritaba Paco, dando tumbos por entre las mesitas. Paco es más leído que el promedio y sabe palabras como "simulacro"- Esos catalanes son incapaces de hacer algo de veras.

Veo a Manuel enfurruñado en el fondo de la barra.
-¿Te sucede algo malo, hermano?
-Nada, nada, ya se me pasará. Es ese acento pueblerino del Artista, me deprime... Y ese traje que nunca le cae bien... -Manuel, huelga decirlo, es un obseso de la estética.
Entonces escuchamos un portazo. Se ha largado muy airado un cliente que viene solo a veces y no llega a parroquiano de veras. Sabemos que es de buena casa y muy admirador del Artista.
-¿Se ha cabreado con nosotros, Luisín? -le pregunta Pepe al camarero.
-No, se ha cabreado con el Artista. Por lo visto habrá dicho algo que no le ha gustado nada. Igual ha sido el chiste final, eso de "Soy Napoleón pero dejo en suspenso mi napoleonidad".
-Para mi que ha sido el chiste del diálogo lo que le ha mosqueado: no tiene sentido que pida diálogo el tipo que se cree superior a todos. Vamos a ver... ¿acaso Dios dialoga con los pecadores? -interrumpe Miguel, hasta ahora silencioso y taciturno, siempre haciendo gala de su nombre arcangélico.

-¡Voy a dejar de fumar! ¡Y de beber! -grita ahora Max, con lo cual deduzco que está demasiado borracho- ¡Lo que vendrá ahora lo quiero vivir! ¡No me lo quiero perder! ¡He recuperado las ganas de vivir!
-Vamos, Max, no jodas: ¿quieres morir sano después de haber vivido enfermo toda la vida? -le espeta Luisín mientras frota la barra con un chorrito de ginebra.
-No entiendo como ese circo gusta a tanta gente, de veras -medita Juan, en voz alta- Es aburrido, repetitivo, tedioso... Y además te puede joder la vida. Son cuatro payasos... Dijeron que el ochenta por ciento del pueblo quería ir a la función, pero cuando hicieron la función solo acudió el cuarenta por ciento...

Aquí nos callamos todos, porqué esas cuentas en porcentajes de Juan no las entendemos ni cuando estamos sobrios, que es mucho pedir la sobriedad. Juan siempre está en otra esfera cósmica y en su cabezota hay demasiados datos. A nosotros lo que nos gusta es el embrollo, el lío, la payasada del Artista, ese gesto de solemnidad que adopta cada vez que suelta un chascarrillo patriótico, ese dramatismo como de Agustina de Aragón, es eso lo que me encanta. Y el peinado, por supuesto, que es lo más gracioso des de Charlie Rivel.

-Una chapuza, una chapuza de función... -murmulla entonces Simón, que se ha largado a una mesita- Tanta espera para eso... Más nos habría cundido poner una buena película de esas que esconde Luisín en el almacén- Ya lo dijo Terenci Moix en los sesenta: en Cataluña no hay cultura, solo cultureta. Cultureta y nada más. En un país incapaz de tejer una verdadera cultura ¿qué se puede esperar? Hace 50 años Terenci Moix preguntó, cachondeándose: ¿cree usted que la cultureta catalana es una cultureta burguesa o cree usted que es la cultura preferida por la clase obrera mundial? Y bueno... todavía hay alguien, hoy, que se lo pregunta. Hay que ser burro, burro, burro.

Nos quedamos todos mudos. Nadie conoce a ese Terenci Moix que acaba de invocar Simón y la verdad, nadie se esperaba ese giro. Voy a pensar en la cultureta catalana antes de dormir. Será poco rato, porqué con tanta cerveza creo que me voy a quedar frito enseguida, como un angelito con la conciencia impoluta.

Cuando nos vamos, y mientras Luisín va apagando las luces en el conmutador, veo algo sinuoso en el fondo, en la mesa del rincón más oscuro. Como un aire que tilila. Es un fantasma. Distingo algo. Sí, es el Artista Solitario. O mejor dicho, su espectro. Está ahí el espectro del Artista, abatido ante una copa de coñac, con la botella de Fundador al lado. Cuando le miro él levanta su cabeza fantasmal y me musita, con tristeza enorme, con voz cavernaria en el fondo de la sala tabernaria:
-¿Sabe usted? Hubo un tiempo en el que me llamaban "Molt Honorable", a mi, ¡a mi! aunque viéndome así quizás usted no me crea. Es más: hubo un día en que yo, ¡yo! proclamé la República Independiente ante las cámaras. Si no lo quiere no se lo crea, pero yo le prometo solemnemente que lo hice, vaya si lo hice... Fue en una tarde de otoño, de un otoño muy cálido, en España...




9 d’oct. 2017

Frankenstein en la calle Aribau

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El monstruo anda por las calles. Le he visto varias veces. Varios días. Y lo que es peor: le he visto a plena luz del sol, ya que anda por la calle sin vergüenza y sin temor, sin ocultarse. Orgulloso. A veces se levanta y agarra una bandera, una bandera con una estrellita. A veces se agarra a otra. Y luego sale a caminar por las calles. Siempre calle abajo, siempre en dirección al puerto, al mar. Tal vez desea embarcar y largarse, tal vez desea ahogarse en la mar. Ojalá si fuese así, pero no es así.

Las dos banderas son casi la misma. Rojo y amarillo, en barras horizontales. Las dos banderas son casi la misma, solo se distinguen por los detalles, por la distribución del rojo y el amarillo. Pero la superficie total de rojo y de amarillo son la misma. Curioso enfrentamiento. Un amigo que sabe cosas de historia y también ha visto al monstruo me cuenta que "Cataluña" y "Castilla" son, en realidad, la misma palabra: tierra de castillos. De un latín evolucionado con dos variantes hermanas. Gente que ama los castillos y todo lo que representan: el señor conde, las murallas, las colmenas, la estrategia, la guerra.

El monstruo vocifera cuando anda agarrado a una bandera. Los cánticos que masculla siempre son agresivos, altivos. Vaya provisto de la bandera que sea, el monstruo siempre es un macho dominante desesperado por ejercer su dominio. Siempre aspira a llevar la bandera más grande, la de mástil más largo. Su bandera siempre expresa alguna carencia, siempre compensa un déficit, siempre exhibe un tormento interno, un complejo, una herida.

Hay quien habla de la Caja de Pandora. Pandora, la brujita de los cuentos mitológicos. Alguien dice que el monstruo estaba en la caja y le soltaron. Hay quién piensa que el nuevo Frankenstein ha salido de los despachos del poder. Quizás ambos llevan razón. Hay razones para creer a ambos. Solo deberíamos dilucidar en qué despacho pasó eso, en cual en concreto. No se puede descartar que haya sido en más de uno, no se puede soslayar que al monstruo le hayan pergeñado entre el despacho de allá y el de más allá. Al fin y al cabo, les obedece a los dos. Y los dos temen que deje de obedecerles un día, que llegue el día en que ya no le podrán controlar, que se les desmadre, como al bicho de la Shelley. O que se les despadre, porqué en el asunto hay mucho de padre, de patria y de patrón.

En los cuentos del tío Howard (es decir, Lovecraft) siempre hay un incauto, un descerebrado o uno que se creía muy listillo que va y rompe el sello que retenía a la bestia dormida en el fondo del pozo. Ese es el trasunto de muchos cuentos. Una vez roto el sello mágico, Cthulhu asciende a la superficie y se lía a devorarlo todo, a arrasar el mundo con su voracidad insaciable. Yonqui del poder y del ruido, la bestia lo destruye todo. Y es oportuno recordar que el primer devorado por el monstruo es nada más y nada menos que el listo que le invocó.

Frankenstein debería asustar más que a nadie a los señores de los despachos. Parece que, sin embargo, ellos no se inmutan todavía. Se han asustado los mayores, cuando han visto que el Banco de Ahorros y de Piedad se ha largado al primer berrido de la bestia. ¿Y mis ahorros? ¿Y mi pensión? -pregunta una anciana, descoyuntada. Tranquila, señora, enseguida volverá todo a la normalidad, le amonesta uno que vive en un despacho y tiene los ahorros en Liechtenstein, no se preocupe, señora, porqué su preocupación es agua en el vino de mi fiesta.

Me encierro en casa. Yo, que no tengo ahorros ni aquí ni en Liechtenstein ni en Andorra, se que hago bien en resguardarme, porqué ese bicho con sus banderas me arreará algún día si no lo ha hecho ya. Por ahora solo me duelen los oídos, ensordecidos, irritados por sus aullidos de macho en celo. Y los ojos, enrojecidos de tanta lista roja, de tanta lista gualda.