18 de set. 2017

Sara y la democracia


Un aula de primaria, con 27 niños y niñas. Los hay hijos de marroquíes, de catalanes, de andaluces. Los hay gitanos, los hay latinoamericanos. Afortunadamente, hoy, un aula de una escuela, en mi país, es uno de los más bellos (y más complejos) ejemplos de convivencia. Es eso que algunos llaman "diversidad", aunque no sepan muy bien de qué hablan. Hay quien nombra a la diversidad como quien nombra "verde", como algo objetivable. O quién la nombra como quien nombra a la "alegría", sin saber.
Un día, en la charla de la mañana, Sara pide la palabra y cuenta que le parece mal salir al patio a las 11 y media y hacer solo media hora de patio. Sara tiene sus razones, y creo que debo escucharlas. Para eso estamos. Le pido a Sara que desarrolle mejor su queja y que exponga su propuesta, porqué intuyo que lleva una propuesta pensada.
Pero entonces Sara, que digo yo que debe llevar mucho tiempo meditando el asunto, dice:
-Las 11 y media es muy tarde, y media hora de patio es muy poco. Somos niños y necesitamos salir al aire libre y necesitamos jugar. Es nuestro derecho. He decidido que saldré al patio a las 10 y media y haré una hora de patio.
-Bueno, Sara -le respondo- Vamos a hablar de eso.
-No tengo nada que hablar. Saldré al patio a las 10 y media si o si, y haré una hora de patio.
Intento contarle a Sara que eso no es tan fácil, ya que los horarios del patio están pensados para todos los niños de la escuela, ya que el patio es pequeño y no cabemos todos, y debemos repartirnos por turnos para poder jugar con espacio, con tranquilidad, sin embrollos. Ella, enfurruñada, vuelve a levantar la mano para intervenir de nuevo. Sara es muy lista, incluso astuta.
-Los derechos universales de la infancia... -y me recita algunos, bien aprendidos de memoria, de corazón.
De nuevo me esfuerzo en contarle a Sara que lo que ella reivindica es un deseo, pero que nuestros deseos no contienen siempre un derecho. Hay deseos que son legítimos, y naturales, pero no todos conllevan un derecho fundamental. Incluso hay derechos que no implican la obligación de ser satisfechos por parte de la institución. Le pongo un ejemplo: en la Constitución se habla del derecho a la vivienda. Pero el estado no está obligado a darnos un chalé a cada uno. Le hablo del posible derecho a ser feliz, por ejemplo, para ponerle ejemplos de derechos...
-Vamos a votarlo -me espeta Sara- Vamos a votar a qué hora salimos al patio y cuánto tiempo nos pasamos en él. Tu siempre dices que hay que votar para decidir cosas, así que vamos a votar.

Caigo en la cuenta de que Sara me está acorralando, y de que ya es demasiado tarde, porqué he cometido un error: he accedido a discutir en sus términos, he caído en su trampa. Como dije, Sara no solo es lista: también es astuta. De modo que todos mis argumentos, a partir de ahora, van a ser margaritas a los cerdos. Aún así, sabiendo eso, le suelto otro argumento, bonifacio que es uno:
-Mira, Sara, no podemos votar nosotros un cambio de horario porqué ese cambio de nuestro horario de patio afectaría a toda la escuela, a todos los niños y niñas de todas las otras clases.
-Tengo derecho a votar. Me lo ha dicho mi padre -me interrumpe ella- Tenemos derecho a votar.

Al cabo de unos minutos me doy cuenta de que solo está hablando Sara. Intento promover más opiniones. Algunos, poco a poco, con timidez, exponen otros puntos de vista. Hay niños que creen que la distribución de los horarios del cole es buena, hay niños que opinan que hay que organizarse con orden, y que tener normas para todos es bueno, ya que, al fin y al cabo, des de P3 hasta Sexto todos hacemos patio por igual y está bien ser tratados todos por igual. Alguno dice que no nos podemos quejar, ya que en esta clase tenemos más profes de refuerzo que en otras porqué somos muchos y de países distintos, y que en nuestros estantes de los juegos tenemos más juegos que los mayores, porqué los mayores no necesitan jugar tanto. Hay niños que no se atreven a opinar: son amigos de Sara pero a la vez les cae bien el maestro y se sienten perdidos en un territorio difícil, en donde sus emociones y sus sentimientos van a exponerse demasiado y, al fin y al cabo, no veían ningún conflicto en los horarios escolares. Nunca habían pensado en ello. La clase es un espacio acogedor, deben pensar, y también nos lo pasamos bien aquí. Quizás estaría bien tener más tiempo de patio, claro, pero intuyen que los bienes comunes hay que repartirlos. A uno se le ocurre pedir que pongan una piscina en el patio y todos nos reímos. Ese comentario, como agua de mayo, le quita hierro al asunto. Nos ponemos a imaginar: ¿qué más podríamos tener, aparte de una piscina?

Una zona de sofás y sombrillas, para sentarnos a desayunar. Un circuito de bicicletas con bicicletas para todos. Un jardín con flores, y con flores variadas, para que todo el año haya flores. Que vengan mariposas de colores a nuestro jardín. Gatos que jueguen a cazar mariposas pero que no las cacen. Un tobogán que vaya del balcón de mi casa hasta la puerta del cole, para llegar resbalando cada día por la mañana. Un puesto de bocadillos gratis. Intento que Sara se apunte a soñar su mundo ideal, pero Sara sigue enfurruñada. ¡Y yo que pensaba que, con eso, Sara comprendería la diferencia entre el deseo y el derecho, y que comprendería que votar no siempre puede resolver los conflictos...!

Termina el día y no he convencido a Sara. Y percibo que los niños andan cada vez más divididos, más enfrentados entre ellos. Me voy triste para casa, meditabundo. Hay algo que no he hecho bien, me pregunto qué es y no lo descubro. Pienso en los que se callan, en los que se suman a eslóganes fáciles, en los que acatan con demasiada facilidad.

Por la noche me digo que debo creer en el poder de la palabra y del diálogo, que debo mantenerme fiel en creer en eso, en el diálogo, porqué no le veo otra salida. Discutir, hablar, hablar hasta el infinito, exponer, exponerse, mostrar dudas, temores, deseos. Y respetarlo todo para poder integrarles a todos en un diálogo en que convivan razones y emociones, las normas y las objeciones a las normas. Somos solo 27 niños y niñas, más yo. Debo conseguirlo. De otro modo, no le veo esperanza alguna. No ya para esos 27, si no para la humanidad entera.

15 de set. 2017

Bienvenidos al Sector Montserrat


Algunas imágenes del Sector Montserrat

Estas calles, y los bloques que se levantan entre ellas, forman el Sector Montserrat. La palabra "Sector" es casi un mote, un alias, como el "Alergias". Un "Sector" indica una comunidad de vecinos que no atisban la categoría de barrio, un sector es la clase baja de los barrios. En mi ciudad, el Sector Montserrat es un grupo de viviendas ("viviendas" mejor que "casas") que pertenecen al barrio de Vilardell, que es entidad de mayor envergadura, con nombre de barrio y hasta dispone de fiesta mayor, en septiembre. Intuyo que ese Vilardell hace mención a un antigua masía, barrida por el viento y engullida en el polvo de la historia. Intuyo que eso fue Can Vilardell, pero perdió el "Can", tal como se pierden los perros por las noches.

Lo he preguntado por el barrio y nadie me ha ha sabido dar noticias de Can Vilardell. Apenas si pronuncian Vilardell como la prosodia catalana exige. En el Sector Montserrat se habla (por orden de mayor a menor número de hablantes): árabe, castellano. Los niños conocen el catalán, porqué es la lengua de las aulas de la escuela. Casi todos son magrebíes, aunque sobrevive una minúscula comunidad gitana y hay una presencia testimonial de familias latinoamericanas.

Los bloques se construyeron hace muchos años, cuando, después de las riadas que se llevaron vidas de pobres, chabolas y viejos talleres, hubo que realojar a los supervivientes. El generalísimo ordenó construir esos bloques, y constructores muy catalanes y muy avispados (perdón por la redundancia) levantaron pisos exiguos y apresurados, apresurados esos constructores, catalanes todos, por cobrar el dinero. Coge el dinero y corre. Corre para la Cerdaña o el Ampurdán. Y el dinero, para Andorra. Como el Muy Inefable.

Dicen que eso es un gueto. Aunque al tanto con la palabra "gueto", porqué hace poco escuché una tertulia radiofónica en una emisora de obediencia catalanista en la que el grupo de tertulianos, todos tan locuaces como agudos, cultos y patriotas, dijeron que eso del "gueto" no es para tanto, ya que también hay guetos de ricos, como Pedralbes, o guetos de pijos, como Gràcia. Eso sí me da gracia: "guetos" de ricos. Cuando alguien se ha comprometido solemnemente a destruir lo que queda de la lucha de clases termina por soltar cosas como esa, como que hay "guetos" de ricos. Y los ricos también lloran, podrían añadir. Alguien debería explicarles a esos esforzados tertulianos del músculo patriota la diferencia que hay entre dos fenómenos: cuando muchos ricos quieren vivir en un barrio, como Pedralbes o Gràcia, lo que pasa en el barrio es que suben los precios de los pisos. Cuando muchos pobres migrantes van a vivir a un barrio del cual los autóctonos, algo menos pobres, se van, eso sí es un gueto. Y los precios bajan.

Ese sector Montserrat es el sector en el que hay una escuela, una escuelita, y en esa escuelita es donde trabajo. Me siento cómodo y bien aquí. Esos niños me recuerdan al niño que fui, pobre y algo desgarbado. Niños y niñas que tienen cuatro cosas. A veces tienen tres, pero jamás cinco. Y las tres o cuatro cosas que tienen las cuidan con celo, aunque a veces uno usa el lápiz a modo de proyectil norcoreano, cuando le cabrean demasiado. Para la mayor parte de esos niños, el sector Montserrat es el mundo. Casi nunca salen de él. Hay varios, los más afortunados, que se van, en verano, al pueblo de sus padres, en Marruecos. Para esos, el sector Montserrat es Europa. El sector Montserrat es la concreción del mundo desarrollado y moderno, el mundo rico, Cataluña. A escasos metros del grupo de viviendas del sector Montserrat está la Riera de las Arenas, que solo lleva agua una vez cada 40 años y cuando eso sucede, el agua se lleva a los pobres. Y entonces los constructores catalanes y avispados se frotan las manos. "Vaya por Dios", exclaman muy compungidos "¡Qué horrible desgracia, pobre gente... habrá que construir de nuevo!".

Ibrahim tiene 7 años y no sabe nada de toda esa historia. Y es prematuro contársela. Pero algún día la va a conocer, porqué Ibrahim, además de ser un chaval despierto es preguntón, y abre esos ojazos moros de aceituna mora para escudriñarlo todo. Ibrahim sabrá lo que yo se y sabrá mucho más que yo, y vamos a ver qué conclusiones sacará del asunto. Por el momento, Ibrahim es como una crisálide.

Espero que cuando Ibrahim desarrolle sus alas y eche a volar no se choque con los bloques del sector Montserrat ni con los de ningún otro sector, que no se choque con la estupidez ni contra la astucia de esos algunos catalanes que, de tan listos como son, han cerrado el círculo de la listeza y han vuelto a ignorantes.

para Ibrahim

11 de set. 2017

El silencio y la cobardía

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Hoy, ahora, cuando escribo estas líneas, hoy, digo, es día 11 de septiembre del año 2017. Des de hoy y hasta después del día 2 de octubre por lo menos, en este blog no voy a expresar ninguna idea política ni ideológica sobre el independentismo catalán, ni sobre nacionalismo de ninguna nación, ni sobre banderas de ninguna clase. Tampoco lo voy a hacer en la página de facebook.

Por fortuna, quienes sentimos cierto espíritu crítico y quienes gustamos del análisis del mundo a nuestro alrededor tenemos muchos asuntos interesantes de los que tratar. Asuntos en los que pensar. En mi caso, literatura, educación, cine, paisajes, ciudadanía, historia. Esos por lo menos. Así que, callarme durante unas semanas en uno de esos asuntos no es, en verdad, nada trágico.

Hoy, antes de ponerme a escribir, he repasado los artículos del blog y descubro que el primer texto referente al nacionalismo catalán lo escribí en 2010. Son siete años ya. Siete años de mostrar mis ideas a quien quiera leerlas, siete años de debate, de pensamiento más o menos elaborado y a veces precipitado. La desesperación o su atisbo, ahora lo leo, siempre ha estado ahí.

Las multitudes con banderas desfilando por las calles dan mucho miedo. Los que desfilan con banderas lo saben. Yo se que ellos saben que me dan miedo. Todos sabemos que jugamos al miedo. Asustar al otro, al otro que es el enemigo. Convertir al otro en un enemigo asustado. Ese es el juego. Eso me asusta y me desespera. Porqué no había pensado jamás en que eso pudiese suceder en el siglo XXI.

Empecé hablando sobre algo que parecía pequeño por entonces, el "soberanismo", una palabra que apenas significaba nada concreto en 2010. El soberanismo parecía algo leve, incipiente. Una extensión del viejo victimismo pujolista. No intuí que eso era el huevo de una serpiente, aunque la serpiente puso el huevo muchos años atrás y nadie se dió cuenta. Lo cuento, para dejarlo bien claro: nunca he ocultado lo que pienso. Nunca me he callado. Y des del principo supe que exponer mis ideas políticas significaba asumir un riesgo. Exponer mis ideas me ha costado, por ejemplo, perder amistades de muchos años. Y eso es una pérdida sin paliativos: una pérdida. Si me hubiese callado, si jamás hubiese escrito nada al respecto del independentismo catalán, hoy no habría perdido esa amistad que para mi era importante. Las amistades no se pueden intercambiar, no se pueden recambiar. Como un brazo o una pierna, cuando alguien pierde, pierde.

Sin embargo, siento que ha llegado el momento de callarse. Por lo menos por un tiempo, del cual no se los plazos, la extensión. Podría ser para siempre o quizás por unas semanas, unos meses. Y lo hago, me callo. Percibo una tensión llevada demasiado lejos a mi alrededor y dudo que me sienta bien con tanta tensión tanto tiempo. Hay una voluntad de llevar el conflicto hasta donde haga falta, una voluntad de crear frentes irreconciliables, de enfrentar a catalanes contra catalanes. Y en ese enfrentamiento todos vamos a salir perdiendo. No habrá vencedores pero si habrá vencidos. Muchos.

Como algunos saben, además de mi labor cotidiana como docente, también escribo y publico. Novelas más que otra cosa. No muchas: a mis 52 años he publicado cinco de ellas, más varios cuentos en revistas, en una edición digital, en algunos compendios. Y luego están los artículos en este blog y en otro, más algunos en una revista virtual. Escribo en catalán y en castellano, ya que ambas lenguas me interesan y las amo, y aspiro a conocerlas y a dominarlas lo mejor que pueda. Para mi, haber nacido en un país bilingüe es de lo mejor que me ha pasado. Poder leer en versión original tanto a March como a Marsé, a Vargas Llosa y a Ruyra, a Zambrano y a Pujols, a Padura y a Pedrolo, a García Márquez como a Verdaguer es una fortuna de dimensiones cósmicas.

Mi posicionamiento público respecto al independentismo me ha situado en una posición paradójica: a la mayoría de los lectores catalanes les disgusta que no sea independentista y lo proclame, y por lo tanto muchos han dejado de leerme. Algunos lectores de los que me leen en castellano lamentan que no publique en catalán, ya que no saben o no quieren leer en catalán. Cualquier persona que escribe pretende, más que nada, ser leída. No se trata tan solo de una cuestión de egolatría: se trata de establecer puentes y comunicación con los demás, de construir. En la génesis del lenguaje humano (aquel lejano balbuceo de hace cientos de miles de años) solo había deseo de comunicar algo. Todavía no existían los idiomas ni las naciones, ni los idiomas nacionales. Como mucho, las tribus. Pero ante todo, existía el yo y el otro. Nada más. Y el deseo de contarle algo al otro.

Por eso ahora toca el silencio. No el silencio absoluto, pero si el silencio que la prudencia recomienda ante el asunto nacionalista. Nadie quiere perder cosas importantes: amigos, personas con quienes hablar. Pero quiero contarlo así, porqué no estoy dispuesto a ser tildado de cobarde sin más. Tras siete años poniendo por escrito mis ideas y mi posición ante el independentismo catalán, no quiero ser acusado de cobarde. Aunque no veo nada malo en la cobardía ni en el miedo, tan humanos y tan comprensibles como sus opuestos. O como el amor, la pena y la tristeza.

A día de hoy siento miedo y desesperación. Y mucha pena, sobretodo. Porqué me doy cuenta de que hay un ánimo muy generalizado de dinamitar puentes. Que todas las partes ansían a dinamita que hunde los puentes (con honrosas excpeciones, es cierto, pero a esas excepciones en donde sobrevive la esperanza del diálogo -milagrosamente- se las vapulea y se las maltrata, y se las acusa de tibieza y de cobardía, cuando no de traición). Todo es tan grave y tan lamentable que he decidido callarme. Creo que Stephan Zweig llegó a una conclusión parecida, poco antes del suicidio.

Al principio de todo ese embrollo alguien me aconsejó callarme. Lo recuerdo muy bien. Por tu propio bien, me dijo. Y yo le respondí que, de callarme, nada. Que no pensaba callarme por un principio moral, porqué creo que la ciudadanía se ejerce, sobretodo, expresando las ideas que uno tiene. Pero ha triunfado lo opuesto a esa idea de la ciudadanía y ahora siento miedo además de pena. Y por fin, muy apenado, descubro que debo callarme por mi propio bien, que es el único bien que posee quien, como yo, no tiene hacienda ni millones en ningún lado y vive de su trabajo y pretende escribir para ser leído. Leído por el máximo número de personas.

Parece una paradoja y lo es: para poder comunicarme debo callarme.

8 de set. 2017

En la mezquita

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Por primera vez en mi vida, entro en la mezquita de la ciudad en donde vivo, con mis compañeros de trabajo. Mustafá nos guía. Mustafá es un hombre suave de gestos y de palabras. Nos invita a quitarnos los zapatos y nos acompaña por la gran sala central del templo, que huele a aire fresco. Mustafá ha venido acompañado por su hijo, un niño que se muestra discreto y silencioso. Nos disponemos en círculo para escuchar a Mustafá

El niño se sienta en una silla, al fondo, en la parte escueta de penumbra de este espacio blanco, austero, casi minimalista. Por el tragaluz entra el sol que matizan los cristales esmerilados. Mustafá, su padre, nos está contando qué es una mezquita, como se eligen a les imanes, como se distribuyen los fieles en la oración, los pilares del islam, las tradiciones y un montón de cosas. Estamos sentados en círculo encima de la alfombra y descalzos. Estamos atentos a las palabras de Mustafá, que habla tal como hablan los hombres tranquilos, muy parecidos a los hombres que viven en paz, muy parecidos a los sabios.

Pronuncia muchas veces la palabra "espiritualidad" y ninguna "religión".

Mustafá se esfuerza en desarticular los bulos, los chismes que corren por el barrio. Es exquisitamente respetuoso con las leyes, con la Constitución. Pocas veces alguien me ha emocionado cuando habla de leyes generales. Aunque me doy cuenta de que, cuando habla de leyes, está hablando de cuando las leyes protegen a las personas, a todas por igual. Está bien que alguien nos cuente que es bueno vivir en un país democrático, con leyes y Constitución. La alfombra está tan limpia que se merece el adjetivo "impecable".

A veces, de soslayo, miro hacia la parte donde está sentado el hijo de Mustafá. El chaval debe tener unos 14 años y parece un niño tan tranquilo y tan paciente como su padre. Tiene la mirada de los niños que saben que se está muriendo el verano y deberán volver al cole. Quizás piensa en eso, en el verano de esa infancia que se acerca a su fin, que el verano y la infancia se parecen aunque eso le sea muy difícil explicarlo, por ahora. Más adelante. Me pregunto qué debe sentir el niño, porqué sabe que esa veintena de personas sentadas en la alfombra que escuchan a su padre son maestros de escuela, esas personas con las que muy pronto deberá volver a lidiar. Está ensimismado, como cualquier adolescente entre adultos.

A una señal de su padre, el niño se levanta y se encamina hacia una pieza que hay en el fondo y vuelve con una tetera y luego otra vez, ahora con un plato de pastelitos árabes, miel, sésamo, almendras. Mustafá cuenta que, cuando se van a Marruecos, en verano, allá les llaman "los españoles", y cuando vuelven en septiembre a esta ciudad, aquí les llaman (les llamamos, vaya) "los moros". Le pregunto como se siente su hijo en este asunto, cual es su identificación en ese dilema que no debe ser fácil a los 14. Mustafá, que es un hombre muy inteligente, me responde hablando del futuro. No voy a transcribir sus palabras si no el significado de ellas, y lo hago de forma resumida: "Yo le digo que su futuro está aquí".

Vuelvo a mirar al niño que, tras llevarnos el te y las pastas, ha regresado a la penumbra en silencio. Yo me comportaba igual que él cuando mi padre llevaba aquellas visitas a casa, y venían unos hombres y mujeres bastante serios, y hablaban de política en voz más bien baja y yo me mostraba respetuoso, abrazado a mi ignorancia: no entendía ni un ápice de lo que hablaban aquella gente. Recuerdo que yo también tenía esa actitud solícita, las orejas abiertas mientras, sin embargo, pensaba en las niñas de la clase. A los 14, yo pensaba en Isabel Casamayor de la cual, poco más tarde, ya nunca jamás sabría nada. Con Isabel Casamayor nunca nos dimos ni un solo beso, no hubo nada de nada de nada. Pero me pasé todo un verano pensando en ella y ese tanto pensarla no tuvo ninguna consecuencia en la realidad del mundo ni en las verdades de la piel, pero entonces yo no sabía, todavía, de esas contradicciones.

Mientras le doy sorbos a ese té delicioso, me doy cuenta de que el niño ya no está. Se ha ido hacia otro lado, a sus asuntos.

Cuando salimos a la calle (¡plaza Cataluña!), una vez provistos de nuestros zapatos, descubro que las nubes, de un gris suave, nos protegen de la prepotencia del sol y la temperatura es bastante agradable, aunque sean las doce y media del mediodía. Pienso de nuevo en el niño. Por más adolescente que esté, estoy seguro de que confía ciegamente en nosotros, en los profesores y en el país en general. Y debe pensar en niñas pero a veces en qué le gustaría ser, en el futuro. Y yo pienso que me gustaría que le vaya bien, que lo consiga. Que un día, cuando yo sea un viejete, me encuentre al hijo de Mustafá convertido en médico del ambulatorio, enfermero del hospital, cartero que me lleva libros antiguos comprados en Iberlibro, fontanero que me arregla la ducha destartalada, taxista que me lleva a urgencias. Y que me cuente:
-¿Sabes? Yo besé a Isabel Casamayor y compartimos una noche de amor. De amor, como lo oyes.

5 de set. 2017

Una araña diabólica

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"La gran teranyina" (La gran telaraña) es uno de esos libros raros, por escasos y por sorprendentes, por inesperados: es un libro pero es como una lluvia de verano, refrescante y milagrosa, que no han anunciado en Tv3. No suele haber de eso en la producción catalana. Al principio, la primera vez que me hablaron de él, reaccioné con incredulidad. Pero no estaba fundamentado mi escepticismo: el libro existe y además no es patrioterista, ni tan solo patriótico. Aire fresco en forma de papel bien encuadernado.

Como cada vez entiendo menos qué carajo es Cataluña (muchas veces pienso que no existe, y que esa palabra sale de un rincón oscuro y postromántico de mi mente alterada por la demasiada lectura de Lovecraft), he dedicado el verano a leer libros que intentan contar qué demonios es Cataluña. Empecé por "El día del Watusi", continué por "El sexe dels àngels", del añorado Terenci, y luego vinieron "Las sombras se equivocaron de dueño. Las barracas de Can Valero Petit" y por fin "La gran teranyina. Els secrets del poder a Catalunya", que, lo crean o no, va por la cuarta edición. Es un caso paradigmático de boca-oreja en voz baja, asegurándose antes de mentarlo, de que no hay moros en la costa, como los libros clandestinos de antaño, como los tratados dinamiteros, los ensayos nihilistas o las obras del Marqués de Sade.

"La gran teranyina" aparece en un momento tan especial de la historia contemporánea de Cataluña que uno está por convertirse de una vez y adorar a Dios por haberlo permitido, por haberle dado al autor la fuerza y el coraje. Ah, Seigneur, donnez-moi la force et le courage... dijo Baudelaire. Y parece que Dios le dió al autor que se halla bajo el pseudónimo (pseudónimo algo dadaísta) de Roger Vinton la gracia divina y necesaria para elaborar el texto, y que asimismo le insufló coraje al editor -a quién le felicité hace unos días. Yo, que soy de talante pesimista, no esperaba nada parecido a eso en Cataluña, y mucho menos en esos tiempos tan desgraciados que vivimos, con patriotas, botiflers, bons catalans i demás monsergas burguesitas que tan solo pretenden borrar el viejo asunto, tan candente como pendiente, tan complejo y tan trágico, de las clases sociales.

Hace muchos años, en 2001, un par de periodistas escribieron (¡y publicaron!) un trabajo que precede a "La gran teranyina": se trata de "L'oasi català", texto que apuntaba maneras pero que -lo siento- queda ensombrecido por este que publica ahora Periscopi y que parece mucho más relevante.

Supongo que ya va siendo hora de que cuente de que trata.

Roger Vinton (el héroe que se protege bajo el pseudónimo como un Batman catalán) ha trazado un itinerario por las familias influyentes de Cataluña, las pocas familias que han movido los hilos en los últimos 200 años. Todas ellas entrelazadas por los lazos estrechos del matrimonio conveniente, o los más estrechos aún de los negocios, a menudo convergente. Esos hombres y mujeres (más de los primeros que de las segundas) que están en todas partes: en el Parlamento catalán y en las Cortes de Madrid, en los consejos de administración de las grandes empresas, en las alcaldías importantes, en la banca, en la judicatura, en la Generalitat, en la prensa. Y, como no podía ser de otra forma, en el Futbol Club Barcelona, en donde siempre tienen a su delegado que, muchas veces, es el presidente pero que a veces prefiere estar en la sombrita buena. Se trata, en realidad, de unas pocas familias, no se vayan a creer ustedes que se trata de la invasión de los ladrones de cuerpos. Pocas familias que se lo llevan todo para su casa, todo atado y bien atado. No estamos hablando de millones: estamos hablando de miles de millones y de algo más. Del poder. El poder en todas sus expresiones, con centenares de sirvientes aduladores por bien pagados que son periodistas, intelectuales de tertulieta, editores, diputados regionales o nacionales, poetas y cantautores, subvencionados de toda clase de profesional, profesores univrsitarios, cargos y carguitos, etc. El etcétera no se agota. ¿A qué no saben ustedes con qué familia está emparentado el gran David Madí, jefe de campaña de Artur Mas y asesor de varias multinacionales españolas, ante las cuales se jactaba de ser el próximo ministro de Industria y Energía de la Cataluña independiente?

Esas familias, muchas de las cuales empezaron su carrera multimillonaria en los tiempos de las colonias obreras de la cuenca del Llobregat y del Cardener (en el papel de dueños, tal como lo cuenta la aculturada dócil Silvia Alcántara en la insoportable novelita "Olor de colònia"), abrazaron el franquismo con ilusión y el franquismo les devolvió el abrazo con igual cariño. Luego abrazaron la democracia sin ningún pudor (algunos solo un poco o a medias, como el entrañable Alejo Vidal-Cuadras), y la democracia les premió a tutiplén. Muchas de esas familias ahora aplauden la independencia catalana. ¿Con qué objetivo, tanta conversión, tanto cambio de camisa? Pues con uno solo, el obvio: mantenerse en el poder. Cataluña c'est moi. Y si Cataluña no soy yo la Catalogne n'existe plus.

Así que ya lo sabe usted: si vota "si" en el referendo secesionista, votará usted por algunas de esas familias y les allanará el terreno. Y si vota "no", o no vota, también les allana el camino. No way out. Porqué las familias más catalanas de todas las familias catalanas se han repartido las posiciones en ambos terrenos de la contienda. Como lo han hecho siempre. ¿Siempre? No: solo casi siempre. Hubo una vez en la que estaban todos del mismo lado: cuando lo de Franco, porqué cuando lo de Franco todos estaban de la parte de Franco. Era la apuesta segura, claro. Y esa gente lo hace todo bien. No toleran la sorpresa, no permiten el error, no conocen la incertidumbre. Uno de los nietos de Cambó, el hombre que subvencionó la aventura golpista de Franco con una generosidad jamás vista en Cataluña, está en el Parlamento europeo y es eurodiputado por Convergència. No se rindan ante su primer apellido, busquen el Cambó en el segundo. Cataluña será de nuestra familia o no será, tal como el obispo Jaume Balmes dijo de la Cataluña cristiana.

Roger Vinton es un escritor hábil, que sabe mediar en un relato que podría ser tedioso, y añade pinceladas de relato novelado, se permite licencias y comentarios irónicos. Solo así se puede hablar de los Sanahuja y de los Molins, fundadores de Convergència pero antes los grandes constructores de los bloques para inmigrantes y charnegos que ahora se desploman, víctimas de la aluminosis. (El juez archivó el caso de la aluminosis, no se si se acordarán ustedes). ¿Cómo hablar, si no, de los Carulla, fundadores de Gallina Blanca -los cubitos de sopa más famosos del franquismo- y a la vez fundadores de Òmnium Cultural y mecenas de la sardana y de la cultura catalana bien entendida? ¿Como hablar de los Trías de Bes, de los Roca i Junyent -uno de los cuales redactor de la Constitución del 78 y hoy abogado infalible de la Infanta Cristina de Borbón?

El libro se cierra con unos árboles genealógicos fabulosos, en la lectura de los cuales uno se pierde y se fascina -yo he sufrido algo parecido a un trance hipnótico mucho más poderoso que el que me dispensó la mejor pasti de LSD que jamás ingerí. Revelación, se llama eso. Cuando uno cierra el libro tiende a pensar que ya está, que por fin entiende la historia de Cataluña de los últimos dos siglos. Lo malo es que también comprende que esas familias van a seguir ahí, por lo menos, durante los dos siglos próximos. Con referéndum o sin él. Gane quién gane, gana la familia. Como la banca, en el casino y en el Monopoly.

Cuando uno -yo, por ejemplo- se embarraca mentalmente intentando descifrar porqué Cataluña es tan cerril, tan endogámica, tan caciquil, tan conservadora, debe leer este libro, que responde a sus cuitas. Una de las primeras personas que me habló de "La gran teranyina" me dijo: "no es una novela, aunque lo parece; no es un libro de historia, aunque también lo parece: es un libro de consulta. Cuando pongas las noticias verás que siempre están ahí, descubrirás que alguno de ellos está ahí. Da lo mismo que se hable de política que de negocios, de la bolsa o de deportes, de cultura popular o de cine: siempre está ahí uno de ellos. Consulta el libro y lo verás". En efecto. Ahí están gentes de Convergència y del PSC, pero también gentes del PP. Y lo bueno es que todos esos están emparentados entre sí. No hay conspiranoias, no hay fantasmas: todo está bien documentado. Hay jueces y notarios, altos funcionarios del estado o de la autonomía, directores de periódicos, incluso bohemios.

Hay ilusos que a ese entramado le llaman "régimen del 78" porqué no comprenden o porqué son ingenuos deliciosos y sin mala intención. Consulta el libro y lo comprenderás.

Y es cierto. Libro de cabecera para entender a esa Cataluña tan eterna como diabólica que trasciende dictaduras y democracias, catalanismo y españolismo, y que demuestra que Cataluña es, efectivamente, algo transversal como transversales son sus familias preponderantes. Yo aconsejo releer el "Catalanes todos" de Javier Pérez Andújar después de la lectura de "La gran teranyina", porqué el texto de Javier Pérez Andújar se revela entonces con todo su brillo y demuestra cuán sabio es este hombre, cuanto le debemos los catalanes.

El libro cuenta la vieja anécdota (yo recuerdo haberla escuchado en boca de mi padre -solo en las grandes ocasiones, y cuando el vino corría abundante por la mesa) de que Miquel Roca y Narcís Serra se jugaron a los chinos cual de los dos se apuntaba a Convergència y cual al PSC. Mucho me temo que, a día de hoy, otros miembros de las familias insignes se están jugando a los chinos quién se apunta al prusés y quien lo rechaza, quién se expone a una inhabilitación y quién va a lo seguro, incluso se juegan a quien le toca federalista, o quien -el más inocente, sin duda- deberá apuntarse a ERC. Y mira lo que te digo: no vaya a ser que a alguno le toque Podemos. O la Cup, porqué a esos chicos hay que empezar a controlarles de una p... vez. Pues eso: eso es Cataluña.

Dejo para el final una observación muy buena de Andreu Barnils, el prologuista del libro. Dice Barnils (cito de memoria): que Roger Vinton sea un pseudónimo no dice nada de él, si no que dice mucho de nosotros. (Nosotros los catalanes, quiere decir Barnils).

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Postdata. En "El día del Watusi", un alto ejecutivo de la banca le habla al protagonista del libro de un periodista catalán en el que se retratan las familias más poderosas de Cataluña, y le cuenta que le ha dado un pastón al autor. "¿Para que no le nombren a usted?" pregunta el protagonista, en un achaque de ingenuidad. "Al revés", les responde el personaje oscuro "Le he pagado para que me nombren". No creo que nadie le haya pagado a Roger Vinton para aparecer ni para desaparecer en este libro, pero estoy convencido de que hay muchos tipos, en la Cataluña de hoy, que le habrían pagado a Vinton tanto para aparecer como para desaparecer.