21 d’ag. 2017

Tener o no tener (miedo)

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Los niños no le temen a la muerte. Quizás porqué la vida, de pequeños, no es un hecho del todo consciente. La muerte es poco más que el término de un juego. Hacerse el muerto, jugar a guerras y jugar a caerse muerto un ratito y luego te levantas. Yahya pregunta: ¿ya puedo estar vivo otra vez? cuando se ha cansado de yacer en el suelo del patio del cole. Aprenderán el drama y se harán conscientes de él más adelante. Y cuando sean conscientes del drama generarán apego al drama, apego a la vida.

Nietszche dijo que amamos al otro no por apego al otro si no por apego al amor. Lo de los mayores es eso, apego a conceptos tales como la libertad, la seguridad, el bienestar, la vida.

El filósofo Marx decía que el origen de la humanidad está en el hambre. Que el hambre nos irguió sobre dos patas, para tener las manos libres para poder agarrar la comida y que toda la historia es nuestra lucha contra el hambre. El miedo también está en el origen de todo: el miedo enseñó un montón de cosas a los humanos primigenios. Les enseñó a guarecerse de los males, a buscar refugio. Aprendieron de qué animales debían alejarse. Todos hemos experimentado miedos. Miedos infantiles y miedos adultos. Miedo a quedarse en el paro, a que nos abandone la pareja, al resultado de la resonancia magnética. Y por eso queremos trabajar, cuidamos de nuestros seres queridos, nos cuidamos. Sin miedo no hay nada. Tener miedo es sensato. Me gustan las películas de miedo, aunque la que más miedo me da es "El ladrón de bicicletas", lo confieso. "El ladrón de bicicletas" es la peor pesadilla filmada jamás. Según mi punto de vista, claro.

Mi padre siempre tuvo miedos: en tiempos de Franco, de la policía. En democracia, de la pobreza. En los 80, de que sus hijos se perdiesen en la droga. Mi hermano y yo crecimos en tiempos de la heroína, que nos rondaba y abundaba en el barrio. La primera vez que vi los ojos de mi padre libres del miedo fue cuando yacía en la cama del centro de cuidados paliativos, cuando sabía -a pesar de la morfina- que no había esperanza alguna. Cuando la muerte se inclinaba sobre sus boca para besarle, mi padre volvió a ser como un niño, sin miedo a la muerte. Se había liberado de la esperanza que nos esclaviza.

[Es cierto que el miedo y la esperanza nos llevan a actos extraños, como esas manifestaciones de afecto a la policía que leo estos días y que entusiasmarían a Michel Foucault, otro filósofo que admiro].

Quién no tiene miedo es solo quién es un niño o quien se ha alejado de la esperanza. Y esos chicos que la tele muestra con caras de malos son niños sin esperanza. Ni les han dejado crecer ni les permitieron el acceso a ninguna esperanza. Ni la familia, ni el pueblo, ni la escuela. Fueron huérfanos de conciencia y de apegos, hijos de la miseria. Y es eso -y no mucha policía muy eficaz- lo que les habría llevado a amar su vida y por extensión, la vida. Nadie habla de la religión, ese instrumento tan perverso como pervertido. Una misa por las víctimas en la Sagrada Familia ¿de veras?. Nos llenan las pantallas con policías y curas para infundir seguridad, para que perdamos el miedo. Y por eso mismo construyen eslóganes -más bien pueriles- para exorcizar el miedo. La verdad es que, a mi, los curas y los policías me dan bastante miedo. Mucho miedo. Pero ese es otro asunto.

Llevo varios días preguntándome porqué esos chavales no tenían miedo. No lo tenían en absoluto. Ni tenían esperanza alguna, como los que cruzan la puerta del infierno, según el Dante. Me lo pregunto y me lo vuelvo a preguntar. Y siento miedo, claro que siento miedo y no me avergüenzo de sentirlo. Y también siento mucho dolor. ¿Cómo se construye el amor a la vida y la esperanza en esos chavales? Creo que el día en que sepamos hacerlo tendremos menos asesinos, menos muertos, menos exhibiciones de una emotividad -lo siento- tirando a hipócrita. El día en que sepamos dejar crecer a esos chavales con esperanza incluso nos podremos permitir, quizás, tener menos policías. Debemos hablar del miedo y de la esperanza, los dos conceptos que los nihilistas rechazan. Y construir futuros con miedos compartidos, compartidos con esos chavales. No hay otra salida.

[O quizás sí hay una: poner un policía al lado de cada uno de nosotros, para que nos vigile. Y luego otro para que vigile al policía, y así hasta el infinito, como la estupidez y el universo.]

17 d’ag. 2017

Roberto Zucco en las Ramblas de Barcelona

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Pienso en Roberto Zucco cada vez que se produce un "atentado terrorista" como el de hoy, día 17 de agosto, en las Ramblas de Barcelona. Pienso en Zucco (Italia, 1962-1988) y me acuerdo de Mohamed Merah, quizás el pionero de un cierto tipo de acciones en un país europeo. Pero el caso Zucco todavía me parece el paradigma a tener en cuenta.

Sobre Roberto Zucco hay mucha documentación y además una gran obra de teatro de Bernard Marie Koltès, que tuvo una buena adaptación al cine. El veneciano Zucco mató a su padre y a su madre (como el Pierre Rivière que nos contó Michel Foucault) y luego se embarcó en una carrera enloquecida de asesinatos en serie, en una huída por las carreteras del norte de Italia y después por Francia. Cuando le detuvieron, y una vez ingresado en prisión, proclamó que su periplo asesino obedecía a una militancia anarquista por la rama nihilista. Esa actitud, su filiación explicada a posteriori, obtuvo mucha predicación entre los grupos nihilistas de Europa, y creo que de ahí rescató Koltès el asunto para su estremecedora y genial dramaturgia.

Muchos años más tarde, en 2012, apareció un hombre que se llamaba Mohamed Merah en la prensa, que quizás algunos recuerdan. Merah terminó acribillado por la policía francesa, y muerto definitvamente por un tiro en la cabeza. Antes de eso se lió a tiros por la región de Midi-Pyrénées, cerca de su natal Toulouse. Merah coleccionaba un largo historial de pequeños delitos de hurto y de robo.

En el capítulo final de su vida, Merah protagonizó una serie de actos en Francia muy parecidos a lo que luego hemos visto y que han sido asociados al perfil del "lobo solitario" de filiación islámica violenta. El uso del coche, el desafío suicida, la exhibición de la locura, el desprecio por la vida -tanto la propia como la ajena-. La mayoría de los "atentados terroristas" (las comillas son muy deliberadas) tienen poco de eso y mucho de ataque de rabia desatada, locura ultraviolenta. Y ese tipo de arrebatos tienen mucho que ver con la salud mental y muy poco con el "terrorismo", que implica un cierto nivel de militancia y de sometimiento a una organización, elementos que no se pueden rastrear en esos casos que tanto nos afectan hoy.

La prensa francesa encontró en la biografía póstuma de Merah pruebas irrefutables de una "radicalización islámica", un concepto que hoy nos empieza a parecer algo así como un leitmotiv de la prensa y de los órganos de información policiales. Eso es posible, por supuesto: quién escribe no se pretende experto en terrorismo, tal como si se pretenden infinidad de tertulianos.

Pero yo siempre pienso en Zucco -y luego en Merah-, porque intuyo que hay algo de ellos en cada atentado con coches y furgonetas de los que nos afligen (y nos matan) en las ciudades mediáticas de Europa. Dicho de otro modo: no se puede hablar de esos hechos sin tener en cuenta la psicopatología social. Hay algo muy enfermo en nuestra sociedad, y esa enfermedad puede estallar a través de personas psicológicamente débiles, con historial biográfico terriblemente desgraciado.

No me gusta usar toda la artillería cuando hay muertos en una calle de mi ciudad, pero uno tampoco puede soslayar ciertos fenómenos: los miles de muertos en el Mediterráneo cuando intentan llegar a Europa, el pésimo futuro que se les ofrece a los inmigrantes africanos (incluso en su segunda y tercera generación), la nula capacidad de acogida de unas sociedades europeas golpeadas por la pobreza derivada de la crisis financiera, el clima agresivo y xenófobo que crece en nuestra cultura. Vivimos en un mundo cuya hostilidad crece: solo hay que ver lo que pasa en Virginia o las propuestas que exhiben los nacionalismos en auge. ¿Qué equilibrio mental y qué aprecio por la convivencia se puede esperar en los más débiles de un mundo con  las algaradas de Trump o el desprecio arrogante por el diálogo de funcionarios tan oscuros y mediocres como Puigdemont?

Nadie tiene la fórmula para volver a la cordura. Yo tampoco. Des de mi ignorancia casi infinita, diría que deberíamos buscar otros lenguajes y valorar el diálogo por encima de cualquier opción. Sin despreciar el respeto por las leyes de nuestras democracias, se debería promover un espacio de acogida y de escucha atenta del otro, del distinto. Aceptar que estamos enfermos como colectivo. El desequilibrio provoca la muerte. Hoy han sido los paseantes de la Rambla, ya sean turistas o autóctonos. Mañana puedo ser yo. ¿De veras queremos un mundo de fractura y de muerte?

16 d’ag. 2017

Un señor de Sabadell y un mandala


Hay en Sabadell un señor que ostenta (ostenta, sí, más que lleva) un apellido cuyo significado es el del más alto jerarca de un monasterio.

Este señor de Sabadell, alto dignatario de dos o más entidades que velan por la salvación de la lengua y la patria catalanas, se hace llamar "historiador local". Eso me gusta. El "historiador local" es una figura de tono entrañable porqué incluye la humildad: el historiador local es la persona que recoge los hechos de la microhistoria, sin la cual muchos fenómenos de la gran historia no se entienden. Su trabajo es oscuro, aplicado, silencioso, a menudo poco valorado. No le llevan a los grandes eventos de los historiadores de la Universidad y debe luchar contra viento y marea para que su ayuntamiento o una cuestación popular le permitan publicar sus estudios.

Este señor acaba de redactar un informe (encargado por una concejal -republicana, dice ella-) en el que recomienda eliminar algunos nombres del callejero de Sabadell. Los nombres que se deben eliminar, según el señor de Sabadell, son muchos. Destacan los del poeta Antonio Machado, Mariano José de Larra, el general Riego. Ya puestos, también Quevedo, Góngora. Todos ellos deben ser barridos por su escoba provista de lupa. La acusación es tremenda: se trata de individuos españolistas que odiaban a Cataluña. En su informe, el señor de Sabadell incluye agudas reflexiones historicistas y afirma que la presencia de esos autores en el nomenclátor de Sabadell demuestran que Cataluña es una colonia de España.

El informe del señor de Sabadell ha levantado más carcajadas que iras, como es normal entre la gente normal. Reconozco que yo, a menudo, también recurro a la carcajada ante la cosa patriota catalana. En otras ocasiones me deprimo o me asusto, pero la carcajada también me asoma. El otro día uno decía que, ante la demanda de nuevos nombres de calle para rellenar a los caídos, podríamos recurrir a los Pujol (padre, madre superiora y sus siete vástagos suman nueve y así, con poco esfuerzo, ya tenemos casi una decena de calles renombradas en el estricto censo de la catalanidad más pura).

El informe del señor de Sabadell aparece pocos días más tarde del cartel de la CUP en que una señora barre a los indeseables de Cataluña y los hecha al mar. Hay algo naïf y al mismo tiempo bravucón en los dos hechos. Pero también hay algo agresivo y violento, algo feo agazapado detrás del imaginario nacionalista.

Antonio Machado escribió: "Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón". Menos mal que don Antonio reposa en su tumba del exilio, en Colliure, donde su corazón se heló para siempre. Porqué, si su corazón palpitase todavía, se lo helaría de nuevo el informe del señor de Sabadell que se ha erigido en representante de una de las dos Españas -aunque el piense que su España no lo es porqué su patria chica es una colonia colonizada.

Llegará un día en que otros historiadores estudiarán el rebrote nacionalista catalán de estos últimos años, y yo me atrevo a sugerirles, a esos historiadores futuros, que se dejen asesorar por algún psiquiatra lacaniano, que les vendrá bien. ¿Porqué el nacionalismo favorece, abona y permite florecer lo peor de cada casa?

Ante ese despliegue de informes y carteles en que se pretende echar al mar y borrar de las calles a los que no cumplen con un patrón de catalanidad suficiente, yo me he puesto a hacer mandalas en lo alto de una montaña. Dicen que hay que predicar con el ejemplo. Hacer mandalas es de avestruz y de cobarde, ya lo se, hacer mandalas es proclamar la cobardía, igual que lo es decirse pacifista. Es incluso ridículo hacer mandalas cuando hay escobas gigantes que se agitan como banderas estrelladas en el horizonte y en los balcones, escobas como espadas.

Por más mediocre y cobarde que sea construir mandalas enmedio de la barbarie, creo que no está mal tomar esa actitud. El mundo es de todos, al fin y al cabo: de Antonio Machado y del señor de Sabadell, y no queda otra que convivir. O, en caso contrario, ver quién echa primero al mar a quién, lo cual no me parece muy civilizado. Si, en el mundo también debemos estar los cobardes que construímos mandalas en el monte y de paso le digo al poeta Machado: como yo soy nacido en Cataluña -como el señor de Sabadell- te pido disculpas en nombre de los nacidos en Cataluña. Que sepa, don Antonio, que yo amo su poesía y que he venido a rendirle homenaje ante su tumba de Colliure varias veces, ante la que leí, en voz alta, el poema de su infancia en un patio de Sevilla.

14 d’ag. 2017

Pujol según Casavella


"El día del Watusi" es de esa clase de novelas imposible de reseñar. Novela río, con torrentes, embalses, afluentes, delta incluído. Se podría reseñar, sin embargo, a partir de una idea de Borges: me imagino una reseña tan extensa como el propio libro, una reseña de 900 páginas para comentar una novela de 900 páginas, como el mapa del mundo a escala 1:1 que se sugiere en "Funes, el memorioso".

Otra forma oportuna de hablar de "El día del Watusi" es no hablar, y dejarla hablar a ella. El otro día inicié un comentario, y hoy decido transportar una página hasta aquí, dejar que hable Casavella. Es una página escrita en 2002, debo prevenir de eso.

[Solo me permito un comentario breve: a día de hoy, escucho a catalanes que se ríen de Donald Trump, el empresario metido a presidente, el hombre desbocado y gran patriota, el megalómano narcisista. Esos catalanes se olvidan del reinado de Jordi Pujol, que duró 30 años y cuya sombra tenebrosa y pútrida todavía se pasea por nuestras calles. Pujol también era un empresario (un banquero) metido a político, también megalómano y narcisista y también gran patriota -de ese país de fantasía que se gestó en su delirio.]


Página 525, en la edición de Anagrama de 2016:

Alzaron la cabeza al unísono, dieron media vuelta y se felicitaron en cuanto llegó "un Mercedes tan bonito como el nuestro", por usar la jerga de Villa Considerable, y del automóvil se apeó un señor pequeño que daba consejos sin parar a un corro faldero que le perseguía y jaleaba cada una de sus intrincadas frases. El señor pequeño parecía un autómata con la velocidad exagerada por algún error mecánico. Esa aceleración gestual se hacía evidente en el rostro, minado por la excesiva diligencia de los músculos faciales. Un chófer, en tono más compasivo que satírico, dio con el parecido cierto de aquel rostro y un balón de reglamento desinflado. El señor bajito se vio en la necesidad de hablarle al mayordomo octogenario. Cerró los ojos un instante, los párpados contritos por el peso de sus obligaciones trascendentes, de sus visiones, para abrirlos enseguida con una mirada partícipe de una voluntad retórica con suficiente confianza en sí misma para rendir a lo que se pusiera por delante, fuera cual fuera su rango, daba lo mismo un alto dignatario que una pared que el mayordomo:
-Yo, creerme que hay que pagar, no me lo he creído nunca, amigo criado. Debo insistirle, no obstante, no obstante, que Cataluña no puede permitir un trato semejante en tan dolorosas circunstancias, circunstancias difíciles para todos, como ya anuncié en su día, hoy. Y sepa usted, le insisto, insisto en este punto que me parece de importancia para Cataluña, que a Cataluña le insulta el trato despectivo, secular, milenario, cósmico, infinito, que usted inflige a Cataluña. Dígale a quien corresponda que Cataluña se distingue no sólo por su sensatez, si no también por su empuje, su rabia, su coraje. Cataluña. Y dígale también que si Cataluña ha venido hoy aquí  ha sido por respeto y porque yo dirijo y no dirijo Banca Catalana y Cataluña. En la sombra y al sol, pero ante todo en la sombra, eso es verdad, hasta que los catalanes digan "Cataluña, Cataluña". Con astucia, Cataluña. Pero con buen juicio, Cataluña. Por eso ha venido Cataluña, aquí, no por amistad ni por compartir las ideas de ese hombre, que pese a haber nacido en Cataluña, y vivir en Cataluña con los beneficios del dinero de Cataluña, no amaba a Cataluña. ¿Me ha entendido?
El mayordomo huía hacia la mansión, una ruina modernista, aullando "¡Cataluña, Cataluña...!". Los mastines se revolcaban en el césped y ladraban "¡Cataluña, Cataluña...!". Libre la entrada, la comitiva del señor pequeño y persuasivo se fue aproximando al cementerio a buen paso bajo la sombra de los olmos y de la nube fonética "Cataluña, Cataluña, Cataluña...", y al cabo de un solo segundo reapareció entre los rieles del punto de fuga, el volumen de la conversación en aumento. "Cataluña, Cataluña, Cataluña". La comitiva subió al Mercedes y, cuando estaba a punto de arrancar, el señor bajito creyó necesario decirles a los guardias civiles "Cataluña, Cataluña, Cataluña...". Adiós, polvo de la cuneta.  

8 d’ag. 2017

Revolución, el concepto

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Por lo que nos cuentan, en estos momentos hay dos revoluciones de ricos (de pijos, lo llaman algunos) en marcha. Una está en Venezuela y la otra en Cataluña. Incluso leo a uno que, henchido de patriotismo, celebra que la catalana haya sido anterior a la venezolana. Las patrias son así: siempre ganadoras, siempre pioneras en algo.

La revolución de los ricos liberales de Venezuela es una revolución en toda regla: con tiros, muertos, fuego en las calles, palizas, bloqueos internacionales, detenidos, etc. Allí hay incluso ricos que se juegan el pellejo, aunque como suele pasar prefieren que salgan los pringados a la calle, a batirse en su nombre.

Lo de Cataluña es otro asunto. Como cualquier fenómeno en versión catalana, nuestra revolución solo lo es un poquito. Una miqueta de revolució, però no molta. El carácter catalán, ese tret diferencial que junto a la sardana y la butifarra amb seques demuestra que somos una nación milenaria prefiere la mesura y siempre tiene en cuenta el asunto de la caja. La caja registradora y la cuenta en La Caixa. Hay que hacer la revolución, si, pero también hay que comer y con las cosas del comer y las del patrimonio no se juega.

Es por eso que en uno de los sectores más revolucionarios y aguerridos de la revolución catalana, esos chicos y chicas de la CUP, hay quien decide alquilar su apartamento en la costa a través de Airbnb. A 750 euros la semana, a ver si pica algún turista. No creo que el chaval de Premià al que le han pillado sea el único.

Lo de Premià (tanto monta el de Mar como el de Dalt) va a pasar a los anales de la historia de Cataluña, aparecerá cerca de Pilós, el Guifré, porqué Pilós empieza por P, como Premià y como Pujol, que tiene una casa por allá y creo que sus raíces familiares están por allá. Florenci, el abuelo de la deixa, creo que vivía en Premià. En el caso de Pujol, padre inspirador de la revolución de los ricos catalanes, la pequeñez de lo catalán se cuestiona. Porque si bien Pujol es de estatura pequeña no se le puede despreciar: el semental arremetió duro y es padre de siete pujolets (cinco pujolets y dos pujoletes).

Las gestas militares catalanas también suelen ser pequeñas, como entrañables, con algo de ruido y pocas nueces (y el ruido debe cesar a las 10 de la noche, para poder descansar y acudir mañana despiertos y alegres al trabajo). Al ejército de Napoleón lo detuvo un niño con su timbalet, él solito. Sus mayores estaban ocupados atendiendo a los clientes en el colmado familiar, que no cerró ni en caso de invasión francesa y además la invasión enemiga es una ocasión inmejorable para esquilmar al cliente y subirle los precios por las nubes.

La revolución de los catalanes ricos nació con el divertido eslógan de "la revolución de las sonrisas" y va camino de ser la revolución de las carcajadas. El otro día los currantes del aeropuerto de Barcelona se pusieron de huelga y se armaron unas colas tremendas en los vestíbulos de El Prat. A los voluntariosos comandos de jubilados de la ANC no se les ocurrió nada mejor que ir a sulfurar a los turistas atrapados en este país (¡vaya país en el que quedarte atrapado!) y a repartirles unas octavillas que piden el voto para el Sí (¿a los turistas?) y en donde se cuenta que la culpa de las colas es de España, porqué en la República catalana casi inminente des de hace 5 años no habrá colas. Eso si es una propuesta revolucionaria.

Dice un señor de la ANC, esa organización, que las urnas están guardadas en una embajada extranjera. Como en Barcelona no hay embajadas, uno no sabe qué pensar. Igual se refería a un consulado. Y muy probablemente se refería a un consulado honorario, que no es exactamente un consulado sino el piso de un cónsul honorario. El cónsul honorario suele ser un empresario con mucho dinero y con buenos contactos en el país que consuela, y con el que tiene montado bonitos negocios. De modo que... ¿hay 8000 urnas en un piso de Barcelona? Igual en vez de urnas son urnitas, que es más catalán. Igual, vete a saber, Echenique sabía de lo que hablaba cuando habló de "poner cajitas".

Nos quedan algo menos de sesenta diítas antes de la fechita del referendumito, toménselo con calma y buenos alimentos, pongan sus dineritos a buen recaudo y prepárense a ver la revolucioncita de los catalanes ricos. En directo por Tv3.

5 d’ag. 2017

El Watusi en 2017


La prosa de Francisco Casavella inspira e incluso ilumina. Pero no se puede imitar. Hay algo indefinible (o demasiado definible) que hace de Casavella uno de los grandes autores catalanes, y de "El día del Watusi" una de las mejores novelas sobre Barcelona. Déjense de plazas de Diamante y otras monsergas ñoñas. Si yo escribiese las guías turísticas de esta ciudad, incluiría "El día del Watusi" incluso a pesar de sus largas y magníficas casi 900 páginas.

Dice Javier Pérez Andújar en su aportación promocional de la contracubierta (edición de Anagrama de enero de 2016):
Lo que hace Casavella en su literatura heroica es desvelar un secreto, contar una Barcelona a la que se le ha negado toda existencia.
Pocas veces he leído una frase promocional con tanto sentido. Lo de Pérez Andújar es otro caso de iluminación, pero será para otro día. Con solo comentar la frase del escritor de San Adrián podría llenar tres o cuatro folios sobre literatura en Cataluña, sobre la historia ocultada de Barcelona, sobre el conflicto entre autóctonos y emigrantes y sobre como ese conflicto se traslada a la literatura.

Así, si Pérez Andújar muestra el conflicto en "Paseos con mi madre", Casavella lo deja en el fondo y lo invoca solo a veces, entre bromas, porqué la gravedad del asunto es demasiado grande, demasiado trágica. Es casi incomprensible que jamás hayan hablado de eso los escritores catalanes que escriben en catalán (y cada vez peor, quizás porqué soslayan la materia literaria más urgente que tenemos aquí). Eso también es otro asunto. Un día de esos. Quizás me espero a que se os pase la hinchazón del nervio nacionalista. Si es que se os pasa. Veremos si es más larga mi paciencia o mi vida.

En el primer capítulo del segundo libro, "Viento y joyas", Casavella abre la sección con una descripción magistral del barrio adonde han ido el protagonista (Fernando Atienza Picazo) y su madre, Flora. Una portería, un semisótano en donde la humedad juega a la geografía en las paredes podridas. Y describe así el barrio, en un párrafo de antología de las letras españolas. Y catalanas:
Aún no era septiembre y y habíamos ocupado la portería en la que iba a trabajar mi madre, un sótano próximo al gran templo que bautiza el barrio donde impone su sombra. Toda la ciudad, y no sólo las familias de comerciantes y empleados a los que ella iba a servir, comulgaba con un exagerado afecto por la quimera arquitectónica. Eran incesantes las cuestaciones populares para que el delirio creciera aún más. "¡Ya tenemos cinco torres! ¡Ya tenemos seis!", exclamaba la población con entusiasmo. Los domingos, gente preparada se cogía de la mano y, en cenefa circular, daba saltos frente al pórtico, mientras sonaban agudos instrumentos de viento y las palomas echaban a volar, disgustadas con el alboroto. El proyecto inacabado, un ejemplo de megalomanía transferido a un colectivo lleno de complejos, ganaba cada tanto en horror, y parecía alimentarse como un vampiro de la esencia de los edificios que le rodeaban: fábricas con tejado a dos aguas medio hundido, portalones modernistas que se me antojaban un misterio y apenas guardaban descampados, viviendas de inicios de siglo con fachadas del mismo gris mediocre.
Ahí está, en pocas líneas, la Barcelona de la que sí se puede hablar: la Sagrada Familia, la sardana y el sonido estridente de la cobla, la ciudad decadente y ese gris que es el de las fachadas y de la clase media catalana. Casavella se irá despachando con todos: clase media y clase alta, y esos catalanistas que han pasado de franquistas a demócratas convencidos, y que hoy son separatistas de toda la vida. Todo eso es el fondo, y cuando ese fondo asciende a la superficie del relato lo hace en tono cómico y a menudo sarcástico, esperpéntico. Quizás esa sea la mejor forma de abordar esa parte de la tragedia catalana que no sale en los libros.

Me dicen que hay un librera de Barcelona que se tatuó una W de Watusi en su piel. Y ahora, leyendo por fin la novela de Casavella no solo la entiendo. A mi me han venido ganas de comprarme un bote de espray (pintura negra) y estampar la W al lado de las coloristas pintadas de los secesionistas y de los partidarios de no se qué referéndum. Ya lo dice Casavella: el eslógan de aquél antiguo referéndum nos llegaba a través de una cancioncilla muy pegadiza: "Habla pueblo, habla". Al protagonista de "El día del Watusi", ese eslógan le sonaba a una invitación a la delación. Pues eso.

La lectura de "El día del Watusi" me divierte y me emociona, me entristece, a veces me deja aturdido y como fatigado. En otras, siento que podría permanecer leyendo hasta que salga el sol para caer rendido entonces, como en las antiguas noches de sexo que ya casi no recuerdo. Hay muy pocas novelas capaces de hacer todo eso. Y mientras uno lee también piensa en todas las preguntas que se van abriendo en la mente, la mayoría de las cuales o bien tienen respuestas demasiado obvias o bien nos cuestionan sobre una maldad antigua que no admite respuestas. Y también sobre la vida. Pienso mucho sobre la triste Cataluña y me pregunto a qué viene soslayar a Casavella (para hablar de mediocridades como la nombrada antes). En este triste país que ahora ha iniciado el aparato argumentativo para salvar a Pujol se manda al olvido a los autores que no podían haber salvado como país.

Y los lectores de Casavella nos sentimos como sombras que corretean por las calles, de noche, extraviados y estúpidos, supervivientes escasos de una masacre que jamás se escribirá en la historia. ¿Quién era el Watusi? ¿Era una encarnación del dios Dioniso?.




1 d’ag. 2017

En los desiertos, andar


Este desierto es pequeñito. Parece hecho a la medida humana, de modo que uno piensa que si es capaz de andar en línea recta podría salir de él en pocas horas.

Sin embargo, contiene la esencia del desierto. No hay caminos. O puede que todo el desierto sea un camino, solo que no se sabe hacia qué parte, hacia adonde. El desierto es engañoso: no es todo monotonía y esconde sorpresas. Como la vieja cabaña abandonada. ¿Se refugiaba aquí un pastor, cuando había pastores? ¿Hubo pastores? ¿Cuando desapareció el último pastor?

En el desierto también se ocultan esas lagunas pequeñas, hundidas, con aguas verdes y cangrejos rojos. Hay centenares de ellos rotos y devorados, en la ribera. Hay aves que les cazan y se calzan un banquete de cangrejos. Sin embargo, ahora no pasa nada.

Uno puede caminar y pensar en el silencio, porqué le han dicho que silencio y desierto son palabras que van de la mano, pero no es cierto. No se trata ta solo del zumbido, ocasional e inoportuno de los grandes coches extranjeros que zumban por las pistas señaladas. Se trata de lo otro. Ese rumor de fondo.

Hace algunos años me dignosticaron un acúfono. Eso significa que, en el oído izquierdo siempre escucho un pitido lejano, como si alguien, en un piso del bloque de enfrente tuviese un aparato eléctrico encendido, una radio sintonizada en el espacio vacío entre dos emisoras. Con el tiempo he aprendido a vivir con mi pitido. A veces ya ni lo percibo aunque se que siempre está ahí. ¡Para lo que hay que oir...! me dijeron una vez.

Este desierto de altas formaciones puntiagudas y de oscuras grietas es el resultado de una violencia casi inconcebible. De tierras que se hundieron, de mares que se desplazaron, de enormes fuerzas tectónicas cuya energía no podemos imaginar. Nosotros también salimos de una violencia gigantesca y atroz. En este país más o menos en paz en donde nos preocupamos de que los hombres no de despatarren demasiado en el asiento del metro, vivimos más o menos en una paz que procede de mucha violencia. Nos preceden un sinfín de guerras y de crímenes horrendos. Mis cuatro abuelos, por ejemplo, tuvieron que emigrar de sus pueblos de origen por distintas razones, pero el denominador común es el hambre. Hay hombres que condenan a otros hombres al hambre, y eso es otro tipo de violencia, sin brusquedades ni despilfarros bélicos, sin bombas y sin puñales ni banderas ni proclamas solemnes ni desfiles. La violencia del hambre tiene unos perdedores que enferman y mueren y unos ganadores, que escriben libros de historia. Los primeros piden pan, los segundos exigen urnas y leyes que les legitimen.

La garza real se alza ahora de entre los juncos de la laguna de las aguas verdes. Es un pájaro elegante, que se eleva como si lo vieses a cámara lenta y con una banda sonora de violoncelos. Es un ave soberbia, bellísima. Es ella la que destroza, cruel, a esos cangrejos rojos y suelta sus cuerpos mutilados en la ribera. Esa ave existe gracias a la mortaldad de otra especie, mucho más humilde, esos crustáceos asustadizos que nadan para atrás y se esconden entre las algas.

Mi abuela paterna llegó a Barcelona procedente de un pueblo mucho más al sur. Cuando ya tenía 90 años y la cabeza se le iba por un laberinto de recuerdos que bajaban como aludes, contó que su pueblo, de cabañas como las de "Cañas y barro" era tan pobre que la gente cazaba las ratas. Eso pasaba hace poco más de un siglo.

Siempre se sintió extranjera en Barcelona. Eso de hacer sentir extranjero al emigrante que huye del hambre también es una forma de violencia. En este caso, es la violencia de la que yo surjo. Yo, que ahora ando, ocioso, por el desierto.

28 de jul. 2017

El triste fin de Policarpo Puigdemont


Por lo visto, el señor Puigdemont ha decidido emplear el verano de 2017 en la tarea de convertirse en un Lluís Companys versión derechona. Derechona catalana, claro está. Quiere ser el último mártir de una patria improbable, de un país que jamás existió. Y, a ser posible, que se noten los genes carlistas más o menos disimulados tras la gesta. Ha puesto todo su empeño en ello. Bueno, digamos que por una vez aceptaremos un principio liberal y diremos que cada cual es libre de escoger la forma de hacer el rídículo (o el déspota ridículo) que más le convenga. Al fin y al cabo, la posibilidad de convertirse en un pequeño Tirano Banderas está al alcance de casi todos, incluídos los presidentes regionales como Puigdemont.

El señor Puigdemont, de todos modos, haría bien en tomarse algún descanso de vez en cuando, y dedicar una parte del tiempo a otros quehaceres. A relajarse. Eso lo digo en beneficio del común, pero también, incluso en el suyo propio. No hablo tan solo de la paella en Cadaqués, que debe estar al caer. Hablo de la lectura bajo una sombrilla o una vulgar sombrita. Si por lo que fuese cambia de idea y se inclina por el ocio en la literatura, que es una de las ocupaciones mayoritarias entre trabajadores (ya sé que leer es de pobres) le recomiendo una novela de Alfonso Henriques de Lima Barreto, el autor brasileño que escribió "El triste fin de Policarpo Quaresma", por allá en 1911. Lo acaba de publicar en catalán una editorial cuyo nombre no le ofenderá nada al señor Puigdemont: Adesiara (Martorell, 2017).

La novela cuenta los árduos trabajos y las desventuras de un funcionario brasileño gris y cincuentón (como usted, señor Puigdemont) que un buen día decide dedicarse en cuerpo y alma al servicio de la patria, asumiendo todos los riesgos y en estado de conciencia plena. Policarpo Quaresma ha llegado a una conclusión que le obliga a dar un paso al frente: ha descubierto que su patria es la más importante del mundo pero que eso debe mostrarlo sin ambages. Policarpo lleva muchos años leyendo tan solo literatura brasileña, comiendo solo comida brasileña y vistiendo ropas manufacturadas en Brasil. Y está aprendiendo a tocar la guitarra (como usted, de nuevo) para poder cantar las canciones más genuínas de la patria.

Policarpo jamás habla de otro tema: solo de la grandeza del país. De la supremacía cultural de la patria, de los principales hechos históricos patrios, grandes batallas, grandes derrotas, etc.

Policarpo no se detiene nunca en su labor redentora, y es así como un día descubre algo verdaderamente ignominioso: su país se expresa en la lengua de un país extanjero, de un país invasor. Debe hacer algo para paliarlo de inmediato y eleva esta propuesta al parlamento del país: deben abandonar la lengua portuguesa y proclamar que la lengua oficial de la patria es el guaraní. Porqué el guaraní no solo es la lengua verdadera de esta patria, si no también la lengua más bella.

Fiel a su empeño e irreductible el ademán (como usted otra vez) Policarpo Quaresma decide entregar su vida y su salud mental a convencer a todos que la razón está de su parte. Los argumentos son simples: él lleva toda la vida trabajando para la patria y los demás no. Él ha pensado mucho sobre el asunto. Muchísimo. De modo que si alguien osa llevarle la contraria la respuesta será simple y demoledora: usted no piensa tanto ni tan bien como yo.

La novela de Lima Barreto es una obra maestra de las letras brasileñas (¿o serán portuguesas?) y se inscribe, junto a la obra de Machado de Asís y la del infinito Eça de Queiroz entre los grandes textos que, en lengua brasileña-portuguesa nos explican de donde venimos los hombrecitos del siglo XXI.

Leída en Cataluña 100 años más tarde de haber sido escrito, "El triste fin de Policarpo Barreto" es un texto de actualidad. De rabiosa actualidad, como diría un periodista al uso. Ya que uno reconoce gran cantidad de las contundentes afirmaciones nacionalistas que proclama su protagonista: las estamos leyendo día tras día en la prensa, y las estamos escuchando día tras día en boca de los comensales de la paella de Cadaqués así como de otros varios políticos, periodistas (de Tv3 y de el Punt/Avui) y etcétera.

Una de las virtudes de la novela, aparte del estilo depurado, la ironía desternillante y la agudez en el retrato psicológico del hombre gris, es que el título nos anticipa el fin de la aventura y así el lector puede leer desasosegado. Lo digo porqué al señor Puigdemont no le imagino muy leído ni muy dado al placer civilizado de la lectura: si acaso decide no leer la novela de Lima Barreto, retenga su título.

Y lo repito, aún sin ninguna fe: le recomiendo al señor Puigdemont que se tranquilice y se siente a leer. Porqué entre que desarrolla con ímpetu su vocación martirológica y mientras no llega a su triste fin, ese hombre nos está poniendo la vida más difícil -si cabe- a los catalanes. Ya nos puso la vida bastante difícil su predecesor en el cargo, pero lo suyo supera lo imaginable en un interino. Nosotros los sufridores nos merecemos que eso termine pronto, que el señor Puigdemont acceda por fin a su triste fin cuanto antes. Pero creo que es de persona recomendarle pausa, paz espiritual, sosiego. Policarpo tuvo que ser ingresado en un sanatorio mental para calmar su bravura patriótica, y no tengo ni idea de en donde terminará ingresado usted.

Pero se que muchos de nosotros estamos al borde del hastío, de la desesperación, de la emigración. Cálmese y lea. Bajo una palmera o bajo el árbol que más le plazca. Hágalo por los ciudadanos de su patria que, aparte de ser mayoría, no queremos saber nada más de patrias y además nos merecemos vivir en paz y ocupándonos de nuestras cosas, que no so baladíes. Ya hemos sufrido bastante con la ristra de los patriotas iluminados precedentes en su cargo ¿no lo cree, señor Puigdemont?

17 de jul. 2017

Fermín 2017


Hasta ayer, justo hasta ayer, había vivido en un mundo de certezas apacibles. La dehesa, las hembras, las crías. La comida es abundante y el cobijo, digno. Los días se suceden plácidamente. Primavera, verano, otoño. Invierno y vuelta a empezar. De vez en cuando una tormenta imprevista, o una helada demasiado intensa. Pero eso es todo. Es fuerte, está bien pertrechado para afrontar las inclemencias del clima y, al fin y al cabo, en esas latitudes el clima es benigno.

Sabe que una vez al año aparece el señor y se lleva a unos cuantos adultos, siempre machos. Lo sabe pero no le preocupa, porqué a él no le han llevado nunca y eso le permite suponer que es algo que les sucede a los demás, jamás a él. La experiencia le ha enseñado que las cosas malas solo les pasan a los demás. Los que se llevaron quizás habían hecho algo malo, quién sabe, quizás habían cometido alguna falta, un desliz, quizás eran desobedientes con las normas, o díscolos.

No tiene sentido preocuparse por eso. A él no se lo han llevado jamás y además obedecer es fácil. Y luego hay otra cosa: el que se llevó a los machos es el mismo señor que provee de comida, de bebida y de techo. El señor se preocupa por su salud, vela para que no caigan enfermos, celebra con alegría el nacimiento de cada nuevo retoño, lamenta la muerte de los viejos y les llora. Y les llora con un sentimiento real, nada fingido. ¿Cómo podrías dudar de la bondad del señor?

Sin embargo, hoy, todo se ha roto. Las certezas se han evaporado con las primeras luces del alba. Se lo llevaron en un camión junto a otros de su quinta. Les dejaron en un patio estrecho. Los muros son altísimos. Algunos se han puesto nerviosos y le han contagiado la duda. Algo va mal. En una de las paredes hay un ventanuco por el que todo el día asoman rostros que miran. Hay algo inquietante en esas mirada. No hay duda: algo feo flota en el aire, pero ¿qué?. Un atisbo de muerte, se va dando cuenta de que debe ser eso. Eso es la antesala de la muerte, una antesala de hormigón y acero. Eso es lo que cuentan esos ojos que miran tras el cristal. Esos ojos contemplan al que va a morir, miran la muerte inminente del otro, como si le preguntasen algo grave. Quien te mira así debe estar interrogándose sobre su muerte, intenta descifrar algo oscuro, es una mirada de ida y vuelta. Cuando uno mira al que va a morir lo hace con una mirada única que solo sirve para mirar al reo condenado a muerte. ¿Cuándo me tocará a mi? ¿Como será?

Ahora ya es tarde para rebelarse contra el señor. El mundo se derrumba, solo queda la incerteza de saber cuando, como. Hoy o mañana, a espada o de un tiro en cabeza. El día en que vinieron a por él ya era tarde. Mañana liturgia y luego nada.

8 de jul. 2017

En la fortaleza de la muerte


El cerro domina la ciudad, que se empequeñece vista des de lo alto. Un rey ordenó la edificación del fuerte, en tiempos de las guerras carlinas. Uno no sabe si lo construyeron para defender la ciudad o para bombardearla en caso de necesidad. Aquel rey, bisabuelo del actual, hizo construir esta catedral militar, oscura y subterránea, ese templo de la muerte.

Las dimensiones del fuerte son tan fabulosas que incluso se adentran en la leyenda. Alguien cuenta que hay pasadizos subterráneos y secretos, y se sabe a ciencia cierta que excavaron cuatro plantas de galerías hacia abajo, hacia adentro del vientre de la tierra, pasillos con celdas, un laberinto lúgubre, la guarida del gusano.

Durante esa guerra interminable que estalló por enésima vez en 1936, la fortaleza se convirtió en prisión, y en ella albergaron a los prisioneros enfermos de tuberculosis. Con el avance de la guerra, alojaron allí a todo tipo de prisioneros, de modo que las miasmas contagiaron a todos y quienes ingresaron sanos devinieron enfermos y al fin la muerte los llevó a todos. A todos. En esa fortaleza se sucedió la fuga más masiva de la historia: 300 presos huyeron con lo puesto, algunos descalzos, en dirección a la frontera, que está cercana. Ni uno solo logró cruzarla, les cazaron a todos. A todos. La muerte que habitaba el fuerte se expandió en dirección al norte como un aliento de aire frío. El día en que subí al Fuerte de San Cristóbal, una niebla gris se abatió de repente en la cima y la ropa se empapó de humedad glacial. Era el 2 de julio, a cinco días del chupinazo que inaugura las fiestas abajo, en la ciudad de los vivos y los que recuerdan y los que olvidan, los que callan, los que prefieren el olvido. Cuentan que había monjas buenas que se compadecían de los presos, y cuentan que había médicos castrenses que experimentaban con los presos enfermos, con la misma frialdad en el corazón con la que hoy experimentan con ratones colorados.

Lo de experimentar con drogas en el cuerpo de los presos no se inventó en los campos nazis. Lo hicimos antes que los alemanes nosotros, los españolitos, embarrados en nuestra guerra civil de españolitos contra españolitos.

Un poco más abajo del fuerte, por la ladera del norte, hay un caminito de arcilla embarrada que desciende, resbaladizo, hasta el cementerio de las botellas, que no era un cementerio si no una fosa común. Allí dejaban los cuerpos de los muertos con una botellita al lado, en donde metían sus papeles. Es casi una deferencia. Se lo quitaron todo pero no el nombre. Aunque eso no lo hicieron con todos.

Perdido enmedio del bosque, algo más abajo, en un recodo de la carretera, está el monumento discreto que conmemora la fuga de los presos. Lo destrozaron entre los unos y los otros, da pena verlo.

El paseo por el fuerte de San Cristóbal es árduo, uno camina por entre la niebla y la tristeza que lo invade todo y siente un peso en los hombros, el peso de los muertos, el peso de todo ese dolor y de tanta muerte que quedó impune. El escalofrío ante la evidencia de la impunidad de los asesinos, que vivieron felices con su crimen a cuestas. Durante el paseo los ojos buscan el agujero por donde penetrar en el interior del fuerte pero hay algo que estremece la piel, quizás no quiero verlo, quizás no quiero saber nada de eso y a la vez me atrae, como el abismo atrae a quién se le asoma. Es el vértigo.

Y durante el paseo por la fortaleza de los muertos, también, los pies avanzan entre la hierba verde y fresca, tan mojada que me empapa los zapatos hasta los calcetines -a la vuelta voy a tener que comprar otros calcetines, porqué me estoy arriesgando a una pulmonía. Y uno descubre, maravillado, que sin embargo la vida no se para nunca, y saco fotos de bichos, babosas y mariposas ateridas de frío y empapadas, con las antenas y las alas goteando, y saltamontes, mariquitas, arañas minúsculas, y unos caracoles dorados tan veloces que se me escapan, aunque finalmente puedo fotografiar a uno porqué está muerto y solo es un caparazón brillante que da testimonio de una vida.

22 de juny 2017

La línea de la sombra



Hoy, la dirección de la escuela en donde he trabajado a lo largo de este curso me ha comunicado que no cuenta conmigo para el próximo. No ha sido una reunión tensa ni ha habido disgustos. Estaba cantado. Puestos a elegir, elijo cambiar, así que estamos de acuerdo y no hay objeciones ni despecho ni reproches. Cuando me marchaba para casa he recordado el primer día en este colegio. A primeros de septiembre también hacía un calor bochornoso. Mi primer recuerdo es la reflexión que me hice sobre el aspecto de búnker que presenta la arquitectura de la escuela. Como otras muchas. Muchísimas, por desgracia.

El centro está enclavado en el centro de un barrio con mucha inmigración, sobretodo magrebí. Aunque también hay niños y niñas de procedencia latina y alrededor de un 30% de autóctonos, todos castellanoparlantes. El barrio fué conocido años atrás por ser el epicentro de unos conflictos étnicos que dieron mucho que hablar en la prensa, y a día de hoy es uno de los colegios de primaria que se merecen el calificativo de "centro de alta complejidad" que otorga el estado. Por fortuna, si hay tensión étnica en el barrio está bastante dulcificada. No es fácil la convivencia entre humanos pero ahí estamos.

Soy maestro de primaria y mi condición laboral es la de "interino", como en la vida. El maestro interino es un trabajador de la educación que ejerce en calidad de grumete, contratado para una travesía y luego ya veremos. Eso tiene ventajas y desventajas que ahora no voy a precisar. Para vivirlo en paz solo hay que ser consciente de ello, y recordar que esa fué nuestra elección. En no querer ser funcionarios, elegimos la incertidumbre. O la incertidumbre nos eligió a nosotros, qué más da. Lo que me gusta de ésta profesión es todo lo que aprendo cada nuevo curso. Me lo enseñan ellos, esos niños y niñas que van a ser adultos dentro de un tiempo, que aprenden a serlo a veces incluso a pesar de sus maestros. Quizás alguno de ellos será mi médico del seguro dentro de unos años, o mi asistente social o mi cuidador de viejecitos. O el poli que me riñe, o el mangante que me atraca o el revisor del gas que me llama cada cinco años. O el tipo que malvive con su Pirmi y se la gasta en cañas sentado en un una terracita soleada. Y en cualquier caso los ciudadanos del futuro, el futuro de España está en sus manos. Pero, por ahora, en este presente contínuo del adulto, aprendo de su curiosidad, de su buena fe, de su confianza, de su inocencia, de su mala leche embrionaria, de su intuición.

Y de sus sentidos. Cuando encuentro una prenda de ropa extraviada, ellos la huelen y dicen: huele a Francisco. Y es de Francisco. Y si dicen huele a Salma, es de Salma. Eso me fascina y me pregunto: ¿cuándo se pierde esa facultad? ¿Porqué se pierde? ¿Qué otras facultades perdidas me pueden enseñar?

Es gratificante trabajar así, aunque sea a salto de mata y de escuela en escuela. Hay que aprender el significado real y profundo del término "desapego" y hay que trabajarlo en el aula: esos niños y niñas que he querido tanto durante este curso deberán vivir la pérdida de su maestro cuando vuelvan en septiembre y yo debo aprender a vivir mi propia pérdida, la de esas 25 personas de seis y siete años, con quienes tan bien lo hemos pasado juntos. Jugando, charlando, festejando e incluso aprendiendo como se dibuja el trazo de las letras o la descomposición de la decena. Eso no es nada fácil, pero la vida es así y esa va a ser mi última "lección". Aunque a mi el rollo magistral no me gusta nada.

El sujeto de la educación es el niño. No es el método ni es el maestro. No es nada más que el niño. Es el niño el protagonista de su aprendizaje, y yo he tenido el placer de acompañarles durante un curso en su viaje por el mundo. Quizás por esa perspectiva mía, tan privada como pensada pero también, quizás, tan personal, no he encajado bien en un colegio cuyo principal interés -después de cosechar buenos resultados académicos, hay que decirlo- es el asunto de la disciplina y el orden. Que los niños permanezcan sentados y en silencio, que solo hablen cuando el maestro les obsequia, arbitrariamente, con el derecho a hacerlo, y que cuando hablen lo hagan sobre el tema que toca. Parece muy difícil pedir todo eso a un ser humano de seis años. Incluso parece una pretensión contraria a la naturaleza, no solo a la del niño de seis años si no a la propia naturaleza humana. A mi no me parece que se deba respetar la idiosincracia del niño, si no la de la persona. Eso me parece "educación". Cuando la educación incluye la prevención, el respeto, la acogida incondicional del otro tal como es.

Cuando vi la silueta sobria de la escuela en la que he vivido un año pensé lo del búnker. Y ahora, cuando se termina, pienso que es un búnker. En muchos aspectos que no son arquitectónicos, si no de arquitectura mental. En cierto sentido lo he vivido como un fuerte, una posición avanzada en el linde del territorio enemigo: me duele que una escuela que podría ser un laboratorio de convivencia entre etnias y culturas actúe como un fortín numantino. Hay un día en que se celebra "el día de las lenguas maternas" y las familias de otras culturas entran en las aulas para explicar algunas cosas. Pero el resto, los 174 días restantes (el curso dura 175 días), son "los 174 días de la lengua catalana, que nunca es la materna". Hemos decorado los pasillos y las aulas, pero jamás hemos decorado esa fachada austera, murallesca, impenetrable. La fachada siempre muestra ese aspecto de empalizada. A lo largo del curso he pensado mucho en Foucault, pero también en la novela que más me ha gustado de Coetzee, "Esperando a los bárbaros".

Y sin embargo hoy no pienso ni en Foucault ni en Coetzee. Pienso en Malak, que empezó el curso sabiendo escribir apenas su nombre y lo terminó escribiendo un cuento casi dadaísta sobre ratones con nombres humanos que ocupa doce páginas, y pienso en Salma, que no hablaba con cristianos y ahora me cuenta su vida, y en Yahya, que lo suspende casi todo pero lo sabe todo, en Rosa, cuya vida es un via crucis y sin embargo se ríe y se ríe, en Omar, tan entusiasta que pretende ser astronauta, en Jan, que combate su déficit de atención con la valentía del héroe, en Francisco, que carga con las dificultades de la vida con una sonrisa, en Oscar, que se evade cual Philip K. Dick en sus mundos de fantasía, en Assía, que se despide de mi regalándome la receta de una tortilla marroquí y exquisita escrita de su puño y letra, en Marcos, que se ensaya de superviviente en un barrio complejo, en Daira, que sueña con princesas imposibles y buenas, en Steven, que sueña callado en los paisajes peruanos, en Maybelyn, que a veces me suelta una palabra en guaraní, y en la otra Malak, cuando me cuenta como es su casa en el pueblo de Marruecos, y en Rayan, que no se puede contener sus ganas de vivir, en Ada, que quiere saber como es el mundo, en Emily, ensoñada y bailonga, en Alfonso, que por fin se soltó y me dió su alegría infinita con esas carcajadas anchas, tan de negro africano, en Mohamed El Amin, que quiere saberlo todo de los meteoritos, y en la tercera Malak (perdóname el ordinal), que cuenta los pasteles fabulosos que hace su padre pastelero, en Douaae y sus silencios llenos de palabras y de anhelos, en Anás, tan discreto y tan listo, en Ismael, que me enseñó a ser paciente y confiado, en Marc Anthony, que me abraza cuando le reconozco su esfuerzo. Y en Dunya, que se preocupa y lucha para que todo salga bien, para que todos estén contentos, la que siempre pregunta: ¿a quién debo ayudar? (pero en realidad ya lo sabe).

A todos ellos no les deseo que sean felices, porqué eso es otro asunto. Espero que sean buenas personas y ciudadanos que sepan defender sus derechos. En el mundo más bien hostil que les espera. ¡Suerte y persistencia, muchachos!



Nota: El título del texto es una paráfrasis de una de las mejores novelas de mi admirado Joseph Conrad, "La línea de sombra" (The Shadow Line), novela sobre el tránsito de la edad joven a la adulta, el peso de las decisiones, la metáfora constante del viaje (siempre hacia lo incierto).

21 de juny 2017

Socialistas de Lérida y de Terrasa

Resultat d'imatges de angel ros

El alcalde de Lérida, Àngel Ros (PSC), ha comunicado que no prestará los locales municipales para el -llamémosle- referéndum de Puigdemont. El alcalde de Terrasa, Jordi Ballart (PSC), ha expresado que él no es nadie para impedir que la gente vote, de modo que, elípticamente, admite que cederá los locales para la consulta.

Creo que ambos alcaldes se precipitan o sobreactúan, ya que ese referéndum del que hablan no está convocado oficialmente: no hay ninguna disposición legal, ningún decreto que lo convoque de veras. En realidad, la fecha y la pregunta son parte de uno de esos actos tristes y solemnes cuya ejecución es la única ocupación de nuestros diputados de Junts pel Sï y la Cup. De modo que uno se puede preguntar: ¿son las palabras de Ros y de Ballart fragmentos de una zarzuela? Fíjense en que alcaldes tan soberanamente soberanistas como los de Berga o Vic no han dicho ni pío sobre el asunto: ¿será porqué ellos ya saben que no habrá referéndum?

Me llama la atención que los dos alcaldes, Ballart y Ros, pertenezcan al mismo partido (un partido que a veces se sitúa en la izquierda y otras en la socialdemocracia) y sin embargo mantengan actitudes opuestas frente al referéndum de Puigdemont, aunque entiendo y celebro la heterodoxia y eso que llaman "diversidad", e incluso entiendo mejor la pluriculturalidad que la interculturalidad. Izquierda y nacionalismo son términos excluyentes no solo por dogma, si no por sentido común. La lucha de clases y la lucha territorial se repelen, y no hay que ser Einstein para comprenderlo.

Por azares de la vida, he vivido en la Lérida de Ros y en la Terrasa de Ballart. Son dos estilos distintos, aunque a veces la diferencia está en lo formal, en la apariencia. Ros es un tipo con aspecto de tecnócrata gris, con un perfil de gestor esforzado más que de político. Pienso en un personaje de Gógol cuando veo a Àngel Ros: el protagonista de "El abrigo". Ros tiene un aire de registrador de la propiedad de provincias, o quizás de inspector de hacienda destinado a una zona inhóspita como castigo por su poca maña. En una campaña electoral, años atrás, aseguró tener ofertas de la empresa privada mucho más suculentas que el puesto de alcalde leridano. Lo soltó para demostrar -con un argumento indemostrable- que lo suyo es la inquebrantable "voluntad de servicio" al ciudadano. Recuerdo que asistí a un par de actos electorales de Ros porqué caí en su encerrona: el hombre se presentaba en una fiesta mayor de barrio y soltaba su discurso. En el centro, pronunció sus palabras en catalán y habló de valores cívicos, ciudadanía, cultura. En La Mariola -en donde yo trabajaba- lo hizo en buen castellano y habló de justicia social, de las conquistas del pueblo y etc. Sin embargo, la Mariola es un barrio de gitanos e inmigrantes con graves problemas de todo tipo: sociales, estructurales, de servicios, de seguridad... a los cuales el ayuntamiento socialista apenas ha aplicado bálsamos (y una brevísima política de subvenciones que se llamó "Ley de barrios" que Artur Mas se encargó de cepillarse nomás llegar al poder. Lo suyo era la gran política bussiness friendly.

A Ros no le silbaron en La Mariola, pero una señora del barrio que estaba a mi lado dijo: "Ahí está Marianico el corto". Pero los tiempos han cambiado y las personas están más hartas.Si hoy fuese allí Puigdemont no solo le lloverían silbidos: apuesto a que también habría tomates y huevos podridos apuntando hacia ese peinado de niñato de buena casa.

En las últimas elecciones, Ros perdió la mayoría absoluta en la que dormitaba plácidamente y pactó con Ciudadanos para formar gobierno. Años atrás hablaba mucho de Cataluña y del "catalanismo político", y si no me equivoco llegó a aproximarse al fantástico "derecho a decidir". Hoy se enfrenta al referéndum.

En Terrasa está Jordi Ballart, joven y algo más convincente, con una prosa que diría cercana a la del segundo Pedro Sánchez, el que descubrió una cosa llamada "izquierda". Ballart está lleno de buenos propósitos y lleva un par de años como alcalde y funambulista bastante competente, ya que también el PSC perdió la mayoría absoluta y pactó, in extremis, con... Convergència! A la vez (y por eso lo del funambulismo), Ballart lanza campañas de civismo buenrollista que uno diría inspiradas someramente en Podemos -o incluso en la Cup-. Podemos estuvo a pocos votos de arrebatarle la alcaldía -y presumo que se la quitará en la próxima contienda. Ballart afilió a Terrasa a los "municipios para la independencia" y lo hizo sin referendo alguno: espero que algún día deba dar cuentas de semejante estupidez.

Ballart hace sus mítines en catalán vallesano en el centro de Terrasa y en castellano (casi andaluz) en Can Boada. El mítin de Can Boada lo escuché entero y en directo: solo tuve que abrir la ventana y dejar que penetrase su voz algo impostada. Aquí también largó sobre luchas sociales y, en algún momento, puso la misma pasión euforizada en sus palabras que hubiese puesto en caso de dirigir su palabra a una acampada del 15M. Hubo una ocasión en que me preocupé por él: temí que le hubiera poseído el espíritu del Subcomandante Marcos (esos indios de Chiapas, con sus chamanes y su magia empática, son capaces de cualquier cosa). No hace falta contar que Can Boada registra una de las cifras más elevadas de paro de la comarca, y que en la plaza, los moros en chilaba estaban sentados en sus bancos de cada día y observándole de perfil y le prestaban la atención que se le presta a un documental de La 2 sobre especies exóticas de la selva de Madagascar.

Hay quien dice que la actitud de ambos alcaldes socialistas ante el asunto del referéndum de Puigdemont se explica mirando con quién ha pactado cada uno. Decididamente: Cataluña no es país de valientes. Pero yo me pregunto ¿se trata tan solo de estrategia de partido? ¿Se trata de mantener contento al socio que te permite seguir sentado en el trono? ¿De veras la dignidad personal ya no cuenta para nada?

Tanto Ros como Ballart proceden de esa parte del PSC que de vez en cuando usa el término "catalanismo" y que, según mi parecer, les ha perjudicado más que nada. Quiénes alguna vez confiamos en el socialismo catalán dejamos de hacerlo justamente por ese hilo musical "catalanista". Ese hilo musical que me lleva a recordar una y otra vez el párrafo de Juan Marsé en "Últimas tardes con Teresa":
¿Qué otra cosa podía esperarse de los jóvenes universitarios en aquel entonces si hasta los que decían servir a la verdadera causa cultural y democrática del país eran hombres que arrastrarían su adolescencia mítica hasta los cuarenta años? Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda.

19 de juny 2017

Llefiá

Resultat d'imatges de puigdemont en llefia

Debo explicar que no he vivido en Llefiá. Sin embargo, si he trabajo en algunos barrios catalanes muy parecidos a Llefiá. Mis mejores recuerdos como docente son los que tengo de Can Puiggener en Sabadell, de La Mariola en Lleida, de Ca n'Anglada en Terrassa y del 25 de setembre, en Rubí.

El paisaje es el mismo, para empezar. Bloques idénticos, ya que la arquitectura para pobres es la misma siempre, aquí y de Algeciras a Estambul. Pisos como panales de abejas obreras, como nichos. Espacios urbanos en donde usar el término "urbano" es fruto del cinismo. Hay en ellos un algo de no-lugar, esa frontera entre la ciudad y la nada. Y sin embargo tanta vida, y tan intensa. Y tan difícil. Son barrios con una historia compartida: construídos deprisa, deprisa, para alojar a los miles de emigrantes que acudían a Cataluña buscando una vida digna y se echaban en las fauces de la avaricia catalana. Franco les había expulsado de sus pueblos y los catalanes les ofrecían miseria a cambio de trabajar de sol a sol. A eso le llamaron "terra d'acollida". Más que cinismo, la acogida de los catalanes es maldad reconcentrada.

Por todo eso me sorprendió la visita relámpago (Blitzkrieg, en alemán) de Puigdemont en Llefiá, en donde por primera vez -que se sepa- fue abucheado. Tv3 no lo contó y no puede ser un olvido, ya que el canal de tv que pagamos los catalanes nos cuenta incluso en donde y con quién se come Puigdemont una paellita (en la bonita Cadaqués, en la mansión de Pilar Rahola).

Me interesé por el asunto que Tv3 pretendía soslayar y es así como descubrí el discurso que el señor Puigdemont leyó en Llefiá:
"Buenas tardes a todos, buenas tardes. ¿Me dejáis hablar? Y si no os gusta, silbáis después. Dejadme hablar. Estimada alcaldesa, querido presidente... Quiero que sepas que para mí es un verdadero honor haber podido aceptar tu invitación y estar a vuestro lado en lo que es un evento de los más importantes que se pueden hacer en un pueblo, porque veo espíritu de pueblo, que es las fiestas populares. ¿Qué es una fiesta popular? Una fiesta popular es cuando todos, todos, nos reunimos en el espacio público, hacemos un esfuerzo para construir una oferta lúdica que ponemos al servicio de todos y algo muy importante, que tú has señalado en tu discurso, que es que nos abrimos y nos gusta que la gente venga a vernos. Espero que disfrutéis mucho de la fiesta. Seguro que sí. Muchas gracias. Sabed que para mí es un verdadero honor estar en uno de los barrios más importantes de la zona metropolitana".
Bueno, eso... más que un discurso, un discursito. Mal redactado, miserable en el contenido y lamentable en la forma. Puigdemont no tenía su día, y el asesor que le preparó las "quatre ratlles", tampoco. ¿Qué pintaba Puigdemont en Llefiá? ¿Qué se podía esperar de un señorito que demoró su adolescencia hasta más allá de los cuarenta? Sin duda, su presencia en territorio comanche obedece a esa nueva táctica compartida por Tv3 y Òmnium que consiste en acercarse a los ciudadanos que no se sienten independentistas. Y acaso ni tan solo catalanes porqué lo de las patrias les importa un comino, como a mi. Tanto Òmnium como Tv3, que actúan coordinados, han empezado a elaborar un nuevo giro argumental y semántico: mientras Òmnium pasea por pueblos y ciudades su vergonzosa exposición "Lluites compartides", Tv3 nos planta un 30 minuts titulado -como por casualidad- "En lluita". El objetivo de ambas acciones es tergiversar la razón (y la historia) para simular que el independentismo está en el mismo flujo histórico de la resistencia obrera al franquismo, y que por lo tanto es un movimiento popular inspirado por la lucha hacia la libertad. Lo que pretenden es eso: borrar los últimos vestigios del conflicto de clases para quedarse tan solo con el que les interesa, que es el conflicto territorial. Que también surge de una clase social, pero por desgracia esa clase es la burguesía.

Mi hipótesis es que Puigdemont acudió a Llefiá inspirado por un cierto espíritu de Braveheart gironí, pero sobretodo obediente a la nueva táctica. Sin embargo, una parte del alma del president sabía que eso era un error. No se yo si Puigdemont se había preocupado de leer algo, de asesorarse un poco antes de irse para Badalona, de conocer la historia de ese barrio. Una historia que difiere bastante de la historia carlista y tradicionalista de la de su comarca de origen. Aunque en su querida (y a bien seguro añorada) Girona tiene un buen punto de referencia, que es el barrio de La Font de la Pólvora -y alguno otro. ¿Se iría a la Font de la Pólvora, ese señorito, a soltarles el rollo con traje y corbata?

El independentismo catalán se funda, por lo que respecta al imaginario, en unos referentes medievales y míticos que terminan con la guerra de sucesión española (sucesión y no secesión, lo repito por si acaso hay algún iluso en la sala) de hace 300 años, cuando Llefiá no existía ni tan solo en la mente de Dios ni en la del tatarabuelo de Pujol, ni en la del cementero Molins i en ninguna menta de los demás próceres catalanes del hormigón y la patria que construyeron ese barrio de bloques enmedio del barro, para luego dejarlo a su libre albedrío: no se puede ser más liberal. Llefíá no tuvo ni escuelas ni ambulatorios, y por no tener no tuvo ni aceras. Se construyó ("construir" es un verbo excesivo aplicado en Llefiá) para albergar a los charnegos que llegaban. Bloques de mierda, pisos de mierda. Eso es lo que, en neolenguaje catalanista se llamó luego "Cataluña, tierra de acogida". 
-Que es foti la xarnegada! -gritaban los señoritos de Convergència, en la puerta del hotel Majestic, cuando Pujol ganó las elecciones autonómicas de 1984.

Quizás ignoraban que la "xarnegada" ya estaba jodida de antemano, que lo estaba precisamente en Llefiá y en otros centenares de barrios en donde sigue igual de jodida pero ahora junto a las nuevas charnegadas, las que vienen de África, de América, de Asia y la Europa antes comunista: la terra d'acollida funciona igual que lo hizo entonces. Acogida en guetos deplorables.

Ahora viene lo bueno, lo que de verdad importa en este artículo. Lean todo lo anterior como un prólogo a lo que escribe sobre la vida en Llefiá M. Dolores Alcántara, profesora de filosofía que sí vivió en Llefiá. Creo que su relato dice todo lo que hay que decir. Y además lo dice bien dicho. Le agradezco a Alcántara su generosidad por cederme el texto. 
He vivido en Badalona de los cinco a los veintinueve años, en el barrio El Congreso, bajando de Llefiá hasta la carretera nacional y hacia la izquierda mirando al mar. Conozco bien Llefiá, o bastante bien. Un barrio en el que el urbanismo se ignoró y en el que construyeron pisos a medida que llegaba gente allá por el desarrollismo de los 60 y en el que se dignaron dar viviendas a los que vivían en chabolas donde ahora se encuentra el puente de Bac de Roda. por ejemplo. La gente se aprende el nombre del arquitecto, pero no conoce a nadie que saliera de alguna de aquellas chabolas para vivir en El Congreso o que llegara de algún lugar sin expectativas del sur de España y consiguiera un piso en Llefiá. Yo sí, mis mejores amigas de la infancia eran hijas de esa inmigración con la que convivíamos sin problemas. En casa me habían enseñado que nosotros estábamos allí por la guerra, por Franco. Ese hombre que marcaba nuestras vidas. También las de mis amigas de infancia. Una de ellas sigue en Llefiá, en su propia gestoría, y es la persona que sabe de mis pocos dineros tanto como yo. Llefiá fue un barrio duro e inseguro que recibió el impacto positivo de las políticas sociales en los años, muchos, en los que el municipio estuvo en manos del PSC después de que vencieran al PSUC cuando éste era comunista. Creo que tuvimos el primero o uno de los primeros alcaldes comunistas de la democracia en Cataluña. Los socialistas que habían salido, en parte, de las asociaciones de vecinos, en torno a las que se movía la inquietud política de los barrios periféricos de Badalona, se convirtieron con el paso de los años de estancia en el Consistorio en unos pijos que vivían en la zona alta, en Mas Ram, y que se corrompían como cualquier miembro del PP que se precie, especialmente de la comunidad de Madrid con Esperanza Aguirre. Llefiá, decía, era duro, y peligroso. Violaron a una de mis amigas en la puerta de su casa. Los robos eran habituales por la noche. La droga tenía uno de sus circuitos. Pero sobre todo hacía carrera la pobreza del que trabajaba para seguir trabajando. No había escuelas públicas ni instituto, ni ambulatorios ni supermercados, apenas tiendas. Ni un parque. Una de las calles más transitadas, de noble nombre, Juan Valera, se convertía en un barrizal al menor chaparrón. No me dejaban aventurarme sola, por si acaso, y un día que lo hice, lo supieron cuando me vieron entrar manchada de barro por encima de las rodillas. La gente se ilusionó con las mejoras del barrio, con sus fiestas populares, que nunca habían tenido. Los badalonins de tota la vida nos miraban por encima del hombro cuando nos asomábamos por su zona. Era tiempo de discotecas en la playa y de escarceos entre las barcas de pescadores. Hasta las discotecas estaban definidas por la clase social, o por el barrio de procedencia, que era lo mismo. Los socialistas, rematadamente pijos y originarios ya no de los barrios periféricos sino de la centralidad ombliguista de la clase media catalanista no hicieron más que poner parches sociales cuando la avalancha de inmigración comenzó a repoblar Llefiá y consolidar la delincuencia en otras lenguas, ininteligibles para los antiguos habitantes del barrio popular, el de Llefiá en este caso. Aterrizó García Albiol con su mensaje populista y xenófobo y se llevó al huerto los votos de un socialismo que no era social salvo si lo social era catalán, a modo de chantaje del nacionalismo para los que se pasaban la vida agitando los miembros sin descanso para mantenerse a flote. Antes de la Edad Oscura, todo brillaba en los mítines socialistas en la Plaza de las Palmeras, el centro social de Llefiá. No por nada la eligió Pablo Iglesias para su primer y único mitin, que yo sepa, en Badalona. Pero el miedo había sido hábilmente utilizado por el derechista y populista Albiol. No le va a redimir ser contrario al referéndum secesionista. Algunos no hemos perdido la brújula moral. Y cambió el signo del barrio. Cómo no quieren que piten a la alcaldesa de la CUP, que lo es gracias a lo que queda de ICV y la traición a los votantes socialistas que se pasaron a Podemos y se encontraron con una alcaldesa independentista y sosa a la que nadie conocía. Ahora que se pasea por las fiestas de los barrios, mi padre le niega el saludo pese a lo limitado de moverse en silla de ruedas. Lo primero que hizo la señora alcaldesa fue incorporar Badalona a la dichosa AMI sin siquiera preguntar. Teniendo en cuenta que el partido más votado, por segunda vez, fue el PP, se pueden imaginar lo que está la gente por la independencia en Badalona. La gente estaba indignada: los de Albiol y los que no, mis padres, por ejemplo. En Llefiá está muy claro que Cataluña es una mierda de tierra de acogida pues, como dice mi padre, quien te acoge, no te explota. Quien te acoge, no te oprime, digo yo, no te manipula, no te chantajea, no te vende la moto del progreso social y te cierra un ambulatorio o plantas de hospitales, o comedores escolares y te jode en los talleres de los centros cívicos obligándote a hacerlos en catalán por pura imposición arbitraria. No les devuelve al miedo y a la inseguridad en la calle. Ni les vende un fracaso escolar descomunal como cohesión social. Al fin y al cabo, los hijos de los pobres vuelven a las condiciones de la posguerra, pero con móvil, spinner y play. ¿Les han pitado? Tienen suerte de que no se hayan liado a pedradas. A ver si me entero a tiempo de la próxima y me apunto. Vivo a dos estaciones de metro.
Y si te enteras me avisas, María Dolores, que yo me apunto. Ya va siendo hora de que les demos la respuesta que se merecen y salgamos del silencio en que nos quieren educar.

15 de juny 2017

La hucha de Guardiola

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El señor Pep Guardiola fué jugador y luego entrenador del Barça, y hoy es un trabajador por cuenta de Abu Dhabi United Group for Development and Investment. Este señor ha sido llevado a Barcelona por la "Assamblea Nacional Catalana" para promover el referéndum secesionista catalán, en un acto (más bien fallido) celebrado en las escalinatas de Montjuïc. El hombrecito soltó un discursillo rellenado con los tópicos al uso por la ANC y por Òmnium Cultural sobre las bondades de una hipotética Cataluña independizada de España, manido con frases sobre la sacrosanta libertad y con los inevitables chistes sobre el "Estado español", un Estado que, según él, no permite votar a los catalanes. [Los catalanes votamos una vez al año, hagan cuentas].

A mi el fútbol solo me interesa cuando me molesta: cuando disparan cohetes a medianoche los fans de no sé qué equipo, cuando el noticiario se satura de eso... o, como ahora, como cuando un balompedista me suelta un rollo nacionalista y el canal de una tv pública se harta de repetírmelo.

Todo el periplo de Guardiola por Barcelona durante el fin de semana pasado tiene algo de ridículo y de trasnochado. Aunque el señor José Antich (otro Pep) diga en "El Nacional.cat" que Guardiola ha hecho mucho daño a España y a los no independentistas, a mi me parece todo lo contrario. Hay alguien que me resume el speach de Guardiola en Montjuïc de forma clara y sencilla: hacía mucho sol, y le daba de lleno en la cabeza. No suelo reírme de los chistes sobre calvos pero no por exceso de corrección política, si no porqué empecé a perder pelo en la cabeza a partir de los 25, más o menos, como Gil de Biedma. El recalentamiento del hipotálamo, de todos modos, podría explicar el desvarío argumental de Guardiola en Montjuïc.

Porqué todo es poco más que un despropósito: unos días antes de su aparición mayestática ante las fuentes de Montjuïc, Guardiola dijo que se sentía orgulloso de haber sido invitado por el Parlament(et) catalán. No: en realidad, le había invitado la ANC -que es una extraña asociación nada asamblearia-, y no la cámara de los diputados regionales. Me huelo que le llamó Carmencita Forcadell, la de las camisetas. Y eso debe explicar su confusión. Como la señora Forcadell preside el Parlamentet y a su vez fundó la ANC, Guardiola debió de inferir que era esa cámara quien le invitaba. O quizás...

En Montjuïc, el señorito Pep habló de un estado autoritario y represor refiríendose al estado español. Ese mismo señorito, hace un tiempo, habló de Qatar como de un país "abierto" y en donde se vive muy bien. Yo no he estado jamás en Qatar, pero me temo que allí se vive bien siempre que se cumplan esas tres condiciones: ser hombre, ser oriundo del país y ser rico. (Con "hombre" hablo de los seres que disponen de pene y testículos situados entre ambas piernas). Ya se sabe que nadie muerde la mano que le da de comer, pero resulta curioso recordar que al señorito Pep le ha dado de comer -abundantemente, generosamente- tanto Qatar como España, ya que fué durante muchos años jugador de la selección nacional de fútbol de España. La roja, la biempagá.

Con la mollera recalentada por ese sol ibérico e inclemente que funde incluso a los espectros, y ante las cuatro columnas/barras, Guardiola debió de olvidar que antes de los palacetes de la exposición universal en donde estaba hubo miles de barracas. Nadie está obligado a conocer la historia de su país, y quienes menos la conocen son, paradójicamente, los más patriotas: el nacionalismo es una forma del negacionismo histórico (o de la historia creativa, igual como la contabilidad creativa es el terreno de Convergència/PDeCat). ¿Sabe Guardiola que esa explanada, las cuatro columnas/barras y los palacetes los levantaron miles de charnegos explotados salvajemente por una oligarquía catalana puesta al servicio de un rey (Borbón) al que le invitaban, con obsesión genuflexa, a todos sus eventos?

El señorito Guardiola es un millonario que regresa un fin de semana a su patria para soltarles a los compatriotas que deben ser valientes y arriesgar el gaznate por la patria, por el petit país. Tiene gracia, eso. Tiene gracia que lo diga un antiguo jugador de la selección española, un tipo que cobra millones procedentes de los petrodólares salidos de una dictadura árabe. Cuando yo diga ¡ya! salgan ustedes de la trinchera y ataquen al enemigo, y yo me quedo aquí. Dándoles todo mi apoyo espiritual, por supuesto.

Dios mío, pobre José (Pep) Antich y pobre José (Pep) Guardiola. "Antic" significa "antiguo", y "Guardiola", "hucha". Les dijeron a los de la ANC y a los de Òmnium que debían esforzarse en ser más populares y más dicharacheros, que debían ampliar el independentismo por la izquierda, por lo social. Y ellos decidieron fichar a Guardiola, una decisión que lo explica todo sobre la idea que tienen los señoritos catalanes del pueblo: populacho futbolero, gente a la que se la puede engañar con un ídolo del fúmbol.

Si yo fuese periodista me preguntaría: ¿Guardiola vino a Barcelona por amor a la patria o se embolsó algo? Y en caso de que pillara algo (por ejemplo unos billetes de avión y unas noches de hotel y unas dietas complementarias, por las molestias) ¿le pagó la ANC o le pagó el Parlament? Lo digo porqué es él mismo quién cuenta que le ha invitado el Parlementet, y es probable que un tipo tan amante de la pasta como él no cometa errores en este asunto. La pela és la pela. Por eso se llama Hucha en la lengua de Góngora.

10 de juny 2017

Patria/Pàtria

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Un día de esos se estrena en Cataluña la película "Pàtria", que lleva el subtítulo esclarecedor: "La llegenda d'Otger Cataló i els 9 barons de la fama". Y debajo del subtítulo, el eslógan: "La primera pel·lícula èpica catalana de la història". Es cine para reforzar la imagen romántica de la patria de los catalanes, y se agradece que hayan incluído el término "leyenda" en el subtítulo, porqué en caso contrario más de uno saldría de la sala dispuesto a liarse a gorrazos contra uno de los pocos buzones de correos que nos quedan en este dichoso país.

Por lo que he leído sobre la peli, se trata de un remedo de Braveheart pero a la catalana, y yo diría -viendo algunas imágenes- que debe haber algo del Excalibur de John Boorman. Pero no la criticaré, ya que es incorrecto y feo hablar de algo que se desconoce.

El estreno de "Pàtria", la película, habrá coincidido en la historia con la publicación de "Patria", la novela de Fernando Aramburu, novelón que repasa las últimas décadas de la historia del País Vasco. Son dos formas distintas de usar el término "patria", y dos formas que tienen poco que ver.

A mi, la palabra "patria" me produce escalofríos, porqué es un término que resuena en mi cerebro en la voz de dictadores varios, des de Franco hasta Idi Amin Dadá. Y por ello solo concibo ese concepto como algo peligroso, asociado a la violencia que se ejerce en su nombre. Con "patria" me sucede algo parecido a lo que me pasa cuando escucho la palabra "Dios": se me vienen a la cabeza Torquemada, Ratzinger el papa con aspecto de Nosferatu o Chtulhu, el sanguinario dios del horror cósmico de mi bienquerido Lovecraft.

Cada uno debe establecer con la patria que le ha tocado una relación completamente personal, aunque no estoy nada seguro de que esta relación se establezca libremente, ya que su entorno familiar o cultural debe jugar un papel muy decisivo en el tipo de vínculo que establecemos. Antes había niños que, a las pocas horas de haber nacido, ya disponían una cuenta corriente abierta en La Caixa, y todavía hoy se lleva mucho afiliar al recién nacido en el Futbol Club Barcelona, siendo el carnet de socio del Barça el primer documento que acredita su existencia en el mundo real, su paso por el planeta Tierra. La relación que establecerán esos bebés cuando dejen de ser bebés y aprendan (si aprenden) a proyectar una mirada crítica sobre el entorno cultural que les recibió nunca será del todo libre respecto a La Caixa o al Barça. Algunos se reirán de ello, otros se sentirán orgullosos y lo exhibirán, otros crearán una rara indiferencia hacia lo que les tocó y algunos se preguntarán por el sentido de la vida mientras contemplan el carné del futbol o la libretita azul.

Tanto Dios como la patria me parecen conceptos antiguos, pero es obvio que voy muy equivocado en mi valoración. Me duele admitirlo pero es lo que hay: todavía hay gente que se lía a insultos, mamporrazos o bombazos para explicar su adhesión a una patria, a un Dios.

Nací en una casa de perdedores, en una familia que venía de perder una guerra y lo habia pagado con sangre, con dolor y con miseria. Mi padre y mi madre no se hubieran conocido en el caso de que uno de ellos -o los dos- hubieran pertenecido al bando vencedor, o hubieran salido indemnes de la guerra. La derrota es lo que les puso en contacto y yo soy eso, el producto de la unión de dos derrotados. Durante algunos años, los primeros, acepté y creí lo que ellos me contaban: que había una patria que había sometido a otra. Pero pasaron los años y descubrí que el problema no era una patria o la otra, si no la patria en general, el concepto, el patriotismo. Y más tarde descubrí que ellos no habían perdido una guerra entre dos patrias, si no una guerra entre dos clases sociales. Eso me pasó porqué quise leer, documentarme y pensar por mi cuenta. Después de ese proceso decidí que no sentía ningún amor por mi patria, por ninguna.

Descubrí que la patria solo era la máscara sucia bajo la que se ocultaba el proyecto de exterminar la lucha de la clase obrera por parte de una oligarquía que no entiende de patrias, ya que esa oligarquía era la misma en Cataluña que en Extremadura, y estaban perfecatmente aliadas. Como lo están hoy.

[Ahora me encuentro a alguien que -a través de las "redes sociales" me resume mi periplo y me diagnostica "autoodio" por no ser partidario de no se qué patria.]

Crecí rodeado de unas ideas que presagiaban, ingenuamente, erróneamente, un devenir de racionalidad, democracia, justicia y equidad. Un futuro en el que los viejos dioses y las viejas patrias no tendrían sentido ni lugar, o por lo menos no nos traerían problemas. Me creí la unidad de Europa, la igualdad de oportunidades mediante un sistema educativo potente, racional y laico, el internacionalismo, la bondad de la ONU, el éxito del pensamiento socialista, el triunfo de la cultura... y me imaginé a una humanidad interesada en ser mejor, que lee ensayo y literatura, que discute sobre literatura comparada, que cuida de sus paisajes naturales, que ha abandonado la codicia, que se embelesa con la Suite en Re menor de Bach y ante la pintura de Caravaggio, etc. Mis dotes de adivino son nulas, cero patatero.

Y sin embargo... voy a seguir creyendo y trabajando para acercarnos a lo que pienso. Sigo creyendo en la educación y en la prevención como únicas estrategias buenas para ser un poco mejores. No va a ser fácil ni voy a sentirme arropado por las mayorías ni por el poder, pero ese empeño sí me lleva a pensar en algo, en darle un cierto contenido a la vida ("sentido" sería demasiado), y voy a seguir escribiendo y leyendo y trabajando en la educación -si me dejan-, y por si acaso no iré a ver "Pàtria" pero igual me leo "Patria" un verano de esos. Creo que voy a seguir sin identificarme con ninguna patria territorial y a seguir soñando con patrias metafísicas, como la de los poetas malditos o la de los parias de la tierra y cosas así. Y seguiré pensando que, sentirse orgulloso del lugar en el que se ha nacido -eso siempre es un accidente, algo azaroso, fortuïto, sin necesidad alguna-, es lo mismo que sentirse orgulloso de haber nacido con dos orejas adheridas a la cabeza.

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9 de juny 2017

La cagaste, Karles

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Cuando Karles fue ascendido a presidente regional por la gracia de la Cup, le escribí una carta a través de este blog que se puede leer aquí y se que la carta le llegó (me lo dijo un pajarito). Es probable que no lo leyera: los de su estirpe son de leer poco y como mucho se leen en diagonal lo que les escriben los de su clase, la clase por arriba de la Diagonal. Cuando le escribí era un momento extraño de la política catalana, y entre que le había aupado al poder la más o menos anarcocomunista CUP y mi euforia por ver como Arturito Mas se iba para el desguace, pensé que con Karles nos podía ir mejor que con el octavo hijo de Pujol (perdón por la broma sobre Alien, el octavo pasajero). A Karles le escribí con una cierta esperanza de algo, aunque remota y no sé muy bien de qué. Por un instante, confié en que Karles podía albergar algun rastro de sensibilidad social a pesar de pertenecer al partido más dañino para con las clases bajas, y pensé que quizás era un tipo leído y formado, que quizás se había pasado algún rato en las páginas de Foucault, las de Hanna Arendt o las de cualquier teórico crítico, ni que sea el mediático Chomsky. Consta como periodista, aunque por lo visto solo lo es en calidad de autodidacta y -eso si- subvencionado.

Me equivoqué. Karles era un muñeco, un títere manejado por las mismas manos de siempre y además un tipo henchido de independentismo, de patriotismo a prueba de bombas. ¿Qué se podía esperar de un nacionalista nacido en la cuna del carlismo catalán, hijo de la menestralía nacionalista y pastelera?

Karles y yo nacimos con dos años de distancia y a no más de cien kilómetros. Sin embargo, visto des de aquí, me parece un tipo muy raro y muy lejano en tiempo y espacio, un personaje habitado -y a veces inflamado- por unas seguridades y unas certezas casi esperpénticas, como si pusiera mucho empeño por convertirse en personaje de Valle Inclán. Lo de Baumann le ha resbalado. Así como unos dos siglos de pensamiento político y social. Karles es como antiguo, como un ya quejumbroso déja vu. Cabe distinguir entre clásico y antiguo: lo suyo es antiguo. El antiguo es alguien que ya nació anticuado. Incluso cuando canta "Let it be" rascando una guitarra en la casita de Pilar Rahola de Cadaqués me recuerda a antiguos compañeros míos de cuando tenía 17 añitos, tipos a los que olvidé deprisa en cuánto tuve el criterio suficiente para entender que no me unía nada a ellos, a ese estilo de vida kumbayá, casteller, de travessa Matagalls-Montserrat, de conciertos de Llach, de missa jove, de chiruca rampante y barretina, el Virolai Vivent.

Tardé en rebelarme. Me ayudó a ello la lectura de los cuentos fantásticos de Cortázar, aunque eso suene a exabrupto. Cuando yo les soltaba a mis compañeros del tipo de Karles que había descubierto a un autor fabuloso llamado Cortázar (y luego Borges, y luego Vargas Llosa, Rulfo, etc) ellos me respondían:
-Però... aquests no són catalans!

Tardé algunos años en descubrir a Juan Marsé y en saber el antiguo deseo de Gabriel Ferrater por ser "como un charnego", vaya enigma. Y luego descubrí el maravilloso uso del bilingüismo de Pere Gimferrer, a quién llegué por "Fortuny". Y entonces descubrí que vivía (que vivo) en un país dominado por una élite de caciques rancios, muy ignorantes y muy lesivos, pero coreados por un gran número de catalanes sumisos y gentes deseosas de sentir que les mandan los suyos. Cataluña quiere cadenas, y sobretodo que sean cadenas muy catalanas.

Karles accedió al palauet prometiendo una legislatura cortita en el tiempo, de 18 meses justos, al cabo de los cuales prometía dejar al país independiente de España. Pero ya lo ven, ni lo uno, ni lo otro. Karles ha sido nuestra última decepción, otro inútil, otro señorito incapaz. Nos deja el anuncio de un referendo que no existirá y que se formula con una pregunta redactada en catalán antiguo, con ese plural mayestático "voleu que..." que tanto satisface a los de su región, a los de su clase, a los nostálgicos del país que no fué jamás. En el barrio en donde trabajo (que contiene más habitantes que Manlleu y Torelló juntos) la formulación de la pregunta va a generar un cachondeo fenomenal. No me lo pienso perder.

Karles la ha cagado. Ni tuvo ningún atisbo de sensibilidad social ni supo hacer lo que prometió. Eres un inútil y lo sabes, por eso estabas tan serio en el anuncio del referendo que en realidad es el anuncio de tu inanidad.

Hoy, más que en Puigdemont, pienso en el enigma de Ferrater cuando dijo lo de "quisiera ser como un charnego". Para no entender nada, para ni haber oído hablar ni de Karles ni del referendo, para estar pensando en otras cosas más de verdad, pobres catalanes de la barretina, els castellers i els timbalers i els diables i grallers. Qué triste es esa patria incluso sin ser patria, siendo nada.

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Me dirijo a Carles Puigdemont como "Karles" ya que su tuiter es KRLES, un tuiter algo trumpiano y bastante adolescente.


6 de juny 2017

Lleida ens roba: Tabarnia para los tabarneses

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Vamos a hacer un poco de ciencia ficción especulativa, a lo Philip K. Dick, y vamos a imaginar que Cataluña se ha independizado de España. Menos de un año después de la independencia, aparece un nuevo independentismo: el de una parte de la República catalana. Las comarcas ricas y progresistas de Cataluña (parte de la provincia de Barcelona y de la de Tarragona, y de ahí "Tabarnia") reclaman su derecho a decidir que no quieren pertenecer a la República Catalana. El primer síntoma es una campaña de aspecto espontáneo y popular que se presenta con el eslógan "Lleida ens roba". A continuación, un economista mediático presenta un documento que demuestra el expolio fiscal al que nos tienen sometidos los leridanos, que no dan un palo al agua y se llevan más dinero del que aportan a las arcas públicas: ¿en dónde se ha visto que los ricos subvencionen a los pobres?.

Las autoridades de la República Catalana tardan en reaccionar, y cuando lo hacen es tarde y lo hacen mal, como es la costumbre nacional. Pero claro, a ver quién es el guapo que, con el argumetario de Puigdemont, de Junqueras y de Forcadell en la mano, niega lo que expone la Plataforma popular para la Autonomía de Barcelona:
Como todo el mundo sabe, la provincia de Lleida es rural y atrasada, facha, pobre, inculta, corrupta, caciquil, escasamente democrática. Para más señas: Durán i Lleida, nació en idem, como Germà Gordó o Jordi Ausàs. Y lo que es peor, lo más esencial: Lleida aporta mucho menos a las arcas públicas de lo que recibe, motivo por el cual se puede afirmar que "Lleida ens roba" sin duda alguna. Tenemos derecho a independizarnos de las provincias de Lleida y de Girona (y de las comarcas de la parte de Tarragona que no aportan lo suficiente). Lleida es pobre y todo lo demás, y Girona es un bonito paisaje, pero sin futuro alguno: escasamente poblado, lleno de señoritos de la élite extractora, de vacas lecheras y de granjas de cerdos. 
Y por otra parte: Tabarnia puede que suene a nombre de país ficticio pero en realidad es una nación como cualquiera porqué sus habitantes comparten lengua y cultura, y porqué hubo un pasado medieval que les confiere un aspecto indudablemente nacional. Y hay un argumento irrebatible para creer que Tabarnia es un nación: sus ciudadanos sienten eso, que Tabarnia es un nación. ¿Hay algo más definitivo que el sentimiento de ser una nación para demostrar que se es una nación? 
[Todo el mundo aceptaría que, si un individuo cree que es Napoleón, no es Napoleón por más empeño que ponga en ello. Pero, por lo visto, si un grupo cree que forma una nación las cosas cambian y en ese caso sí son una nación.] 
Ya sabemos que la constitución de la República catalana no contemplará el derecho a la independencia de una parte de su territorio, ya que la soberanía reside en el conjunto del territorio, y sabemos que se negará el derecho a decidir sobre la secesión de esa parte, pero ese es un derecho que está por encima de cualquier constitución y que, en el momento menos pensado, habrá un incuestionable mandato democrático que nos llevará a exigir (si, exigir) que se nos reconozca como nación y sujeto político, y estamos seguros de que las instituciones europeas y la ONU nos avalarán, así como el comandante Spock -en nombre de la Confederación Intergaláctica. El Psoe apoyará la secesión tabarnesa, ya que Pedro Sánchez afirmó que "España es una nación de naciones" y Tabarnia es solo una más, aunque él, por entonces cuando lo afirmó, todavía no la conocía.
Como Tabarnia es rica, se permitirá crear embajadas en varios países, de modo que va a internacionalizar el conflicto, y creará un canal público de TV que dedicará las 24 horas del día a adoctrinarnos a todos sobre la bondad infinita del proceso secesionista tabarnés, y a poner verdes a los leridanos por su cutrez, y a los gerundenses por sus peinados ridículos y su puñetera manía de comer chucos colesterólicos o masacrar flores para decorar las calles, ese hábito insostenible. Será oportuno recordar que Josep Pla el franquista era gerundense, que a Walter Benjamin le detuvieron en esa ominosa provincia y a Lluís Companys también. Y que ni en Lleida ni en Girona hubo jamás ni un solo artista digno de renombre, y que su máxima aportación a la cultura universal fue comer esos asquerosos caracoles que se comen en Lleida (lo cual demuestra de nuevo que son una gente primitiva, con quienes no nos une ningún vínculo). No estaría mal mencionar la antigua emigración des de los campos leridanos hacia Barcelona, un movimiento de población que fue una invasión sutil, calculada con maldad diabólica, destinada a pervertirnos y a embrutecernos a los tabarneses, y para menoscabar nuestra lengua con su idioma de rúsctico ignorante e imperialista. 
Cabe puntualizar que la independencia de Tabarnia será un proceso simpático, presidido por las sonrisas incondicionales aunque quizás evanescentes, como la sonrisa del gato de Cheshire. Si una vez acometida la independencia tabarnesa algún leridano o algún gerundense quiere quedarse en la sonriente Tabarnia, será estimada su intención, y se estudiará caso por caso, teniendo. Se tendrá en cuenta la voluntad de reconecer la nación tabarnesa del sujeto, que deberá mostrar una sólida propensión a integrarse. Si usted es leridano y ejerce de funcionario en Tabarnia, sepa que deberá acatar sus leyes so pena de expediente disciplinario. Y si usted es un tabarnés de pura cepa imputado por corrupción en un juzgado de la República catalana, debe saber que, una vez promulgada la secesión de Tabarnia, usted será sobreseído y podrá llevarse una mochilica llena de billetes al paraíso fiscal que haya elegido: libertad ante todo. 
Tabarnia es sinónimo de libertad y de democracia. La República catalana, por el contrario, es un estado perverso y corrupto, de talante dictatorial, al estilo de Turquía. 
¡Tabarnia para los tabarneses! Y que se jodan los catalanes.

Epílogo
Como los gerundenses tienen un PIB algo más suculento que los leridanos, poco después de la independencia de Tabarnia -acogida como comunidad autónoma en España-, surge en Gerona una plataforma que reclama la secesión ("Lleida ens roba" otra vez) y pide ser anexionada a Andorra. Se cumple así el viejo sueño pujoliano de la Gran Andorra, versión celtibérica y nostrada de la Gran Alemania. En poco tiempo, la República Catalana adopta un aspecto decididamente kosovar, con capital en Balaguer y un empresario del sector porcino en la presidencia que manda emisarios -y palomas mensajeras- a Qatar y a Trump, para ver si suena la flauta y pilla algún petrodólar.